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Jorge Belandria en el arte tachirense

Néstor Melani-Orozco (*)

Había del vino la purificación del amor y desde el hermoso taller del pintor se divisó la plaza de «María del Carmen Ramírez», entre árboles gigantes y mangas despojándose de los jugosos frutos.  Es el sonido de Barrio Obrero, y el maestro salir a caminar con su traje violeta, más azul que un ensueño…

A Jorge Belandria  le vi niño. Exponiendo en la entonces Sala Mendoza del Salón de Lectura, cuando de albores Leonel Durán laboraba sobre una piedra el rostro de Miguel Ángel Buonarroti. Y de expresiones Belandria, más solemne que los credos que decía la Escuela de Bellas Artes de San Cristóbal, se iniciaba con sus mensajes de un ideario plástico. Original de los encantos divididos en la pureza consagrada a los dibujos.

Muy después, en su atelier de la Quinta avenida y de su formación en la Escuela de Arquitectura de una Universidad de los Andes.

Su calificación armoniosa del extraordinario dibujante y los sentidos del alma. En el viajero a los sueños y el poeta permitiendo los santuarios de majas hermosas como de “orandes” de esferales esotéricos para encontrar espacios siderales y armonizar en las barcas infinitas. Más de regresar a un clasicismo y atreverse a hablar con Velásquez, pintor de los reyes de España de cuatro siglos atrás, y en lo significativo el Museo del Prado, el aroma de las grandes metas y de la vida, para permitir al Cristo en   la confrontación de valores.  Encontrando en los rituales rusos la otra verdad del color y adivinar desde Goya, de Madrazo  y hasta de Michelena, el último valor  de ser pintor.

Irse muchacho a enfrentar los informalismos   de Guillermo Farías en la Galería Plaza y devolverle a los conjuros la sociedad de un mundo de colores.

Mas allí, en la escalera final de su taller, los Iconos de Leningrado cuando describen las soluciones proféticas y un mundo de mariposas verdes, blancas, rojas y moradas de su adorada York se desprenden de los lienzos para viajar a una noche del «Temanpa» en ciudad de México y encontrar la guitarra de Jesús Soto  y por fin revestirse en un lienzo dibujando a Cantinflas.

 Para saber de José Luis Cuevas, el nieto mexicano de una mujer de Pueblo Hondo, allá de La Grita de “Pepe” Melani, y besar en la boca a Frida Kahlo, aun en los celos de Diego Rivera. Entre la pureza del artista de San Cristóbal en los simbolismos de Andy  Wharol y New York  trajeado de Pollock o del abstencionista Monterwuel.

Ver por fin a Buenos Aires de LecPar y adivinar la poesía esta en Rituales en los recuerdos de Rafael Guerrero, en un salón de un sastre en La Popita, con las divinidades de Juanita Flores entre palomas blancas y la conjugación cinética de los estadios del Deportivo Táchira, donde se presentó armónico, óptico, escultor y mensajero.

No vi artista nuestro más cercano y afín de un Dios a Norman Rockwell, como lo entendí en Jorge Belandria…

Para  los tiempos, muy después,  la Galería Rafael  Ulasio Sandoval  del Salón del Ateneo más viejo de Venezuela, presenció la casa de Jorge,  como una novela de amor, entre la mesa del pan y el niño que cuarenta y siete años había dibujado la luna, escrito la sonata del credo de artistas y vislumbrado la pureza verdadera de una escuela, esta de dibujantes, de hacedores de los encantos como apareciendo en Francia para decidir con Man Ray y numerar los sonidos desde el «Imperio de la Luz» de Rene Magritte. Solución de amor del dibujo, del gran diseño. En la originalidad consagrada y en el valor del hombre artista recorriendo las formas desde lo incansable de Picasso, hasta del secreto realista de Nonell. Y entre versos irse al escenario de Raúl Sánchez, e invocar a Freddy Pereyra y unir la metáfora junto a “Pepe” Camargo para describir la esfera en lo inmenso de  Montenegro y la pertenencia  del alma que del retrato desde Loius Freud en las nieblas y los cuerpos de  Londres, con el torrente de encantos que sabe su casa hermosa y los sonidos del céfiro que vienen de los siglos eternos.

Un día de amor, Jorge Belandria hablará con los dioses del mármol y en las multitudes que llevó al Centro Cultural Tulio Febres Cordero de la adorada Mérida, donde describió uno a uno el calendario de sus años nacidos un día junto a la guitarra y debajo del cielo andino para caminar a los colores eternos de Durero y escribir un sueño, el de ser verdadero señor del dibujo…

Volví entre las armonías, y de viajes los misterios y de artistas; las ventanas y en los espejos contemplé el destino del pintor más elocuente que vino de San Cristóbal vestido de poeta…para llevar a Roma la caja con la barca de los marineros, como de Madrid la noche de Miguel Barceló entre la presencia de un Quijote portando las alabardas y del concierto en París con las bailarinas de Degas transformadas en bronce.

¡Para que vivan los siglos!

Eternamente.

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De mi libro:

LOS VIAJEROS DEL TIEMPO

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*Artista Plástico.
Historiador.
Cronista de La Grita.
Premio Internacional de Dibujo «Joan Miro» -1987. Barcelona. España.
Miembro de las Artes Catalanas.
Maestro Honorario.
Doctor en Arte
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