Opinión
La coartada de la “guerra asimétrica”
lunes 4 mayo, 2026
Antonio Sánchez Alarcón
“Guerra asimétrica” es una de esas expresiones que no explican: Amortiguan. Sirve para nombrar conflictos que incomodan a las categorías clásicas sin tener que revisarlas. Una etiqueta elegante para una realidad más áspera.
El problema es anterior al adjetivo. No toda violencia organizada es guerra. Y no toda desigualdad entre contendientes funda un tipo nuevo de guerra. Cuando se habla de asimetría, muchas veces se describe simplemente una diferencia de capacidades, no una transformación en la naturaleza del conflicto.
El ejemplo contemporáneo es el enfrentamiento entre Estados Unidos e Irán. Hay ataques directos, bombardeos, represalias, cierre de rutas estratégicas como el estrecho de Ormuz y miles de víctimas. Todo ello parecería encajar en la idea convencional de guerra. Sin embargo, al mismo tiempo, se mantiene un lenguaje ambiguo: Treguas que no terminan el conflicto, operaciones que no se reconocen como guerra, debates internos en Washington donde incluso se afirma que “no estamos en guerra”.
La contradicción no es menor: Hay hechos de guerra sin reconocimiento pleno de la guerra.
Es allí donde la noción de “asimetría” entra en escena. Permite sostener que estamos ante algo distinto, más difuso, menos formal. Pero esa supuesta novedad oculta una confusión más básica: La pérdida de definición de los sujetos y de los límites del conflicto.
Porque si algo caracteriza a una guerra en sentido estricto es precisamente la claridad —por brutal que sea— de quién combate, bajo qué forma política y con qué objetivos. Cuando esa claridad se disuelve en bloqueos económicos, sanciones, ataques indirectos y negociaciones simultáneas, lo que emerge no es una “guerra diferente”, sino una mezcla inestable de guerra, presión política y coerción económica.
En el caso de Estados Unidos e Irán, la asimetría es evidente en medios y capacidades. Pero eso no convierte el conflicto en una categoría nueva; más bien revela una tensión entre formas clásicas de guerra y prácticas contemporáneas que evitan asumir sus consecuencias jurídicas y políticas.
Llamarlo “asimétrico” es, en el fondo, una forma de no decidir qué es lo que realmente está ocurriendo.
Y esa indefinición tiene utilidad. Permite intervenir sin declarar guerra y resistir sin admitir derrota. Permite sostener un conflicto prolongado sin las obligaciones que tradicionalmente imponía la guerra.
Quizás convendría invertir la pregunta. No qué tiene de “asimétrica” esta guerra, sino qué tiene aún de guerra.
Porque en esa ambigüedad —más que en la desigualdad de fuerzas— es donde se juega la verdadera transformación del conflicto contemporáneo. Y también, por qué no decirlo, su más conveniente opacidad.
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