Opinión

La inseguridad es un fantasma que no desaparece: parte dos

5 de mayo de 2024

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Francisco Corsica

En el primer artículo fue trazado un panorama frío pero necesario: la inseguridad en Venezuela, esa sombra ominosa que acecha en cada esquina. Allí se desarrollaron aspectos y números alarmantes, sus tendencias preocupantes. Sin embargo, ahora cabe adentrarse en un terreno distinto. Este segundo capítulo no trata de números y estadísticas, sino de historias humanas palpables. Aquí, la inseguridad deja de ser un número para convertirse en esa realidad cotidiana que se resiste a desaparecer.

La inseguridad en Venezuela no solo afecta la tranquilidad del individuo, sino también el desarrollo económico del país. La falta de garantías de protección disuade a inversores y emprendedores de desarrollar sus negocios, frenando la creación de empleo y el necesario crecimiento empresarial. Además, el costo de la seguridad privada se convierte en una carga financiera insostenible para muchos negocios, desviando recursos que podrían destinarse a la innovación y la expansión.

Esta situación crea un círculo vicioso: a medida que la inseguridad persiste, la economía se estanca, generando desempleo y desesperanza. La falta de oportunidades aumenta la vulnerabilidad social, alimentando a su vez la delincuencia. Así, la inseguridad no solo perjudica el presente económico de Venezuela, sino que también compromete su futuro, perpetuando un ciclo de estancamiento y desigualdad.

Que las calles venezolanas sean peligrosas es, en última instancia, una manifestación de la falencia del Estado en su deber fundamental de garantizar la seguridad de sus ciudadanos. El Estado tiene la responsabilidad primordial de mantener el orden interno y proteger a sus habitantes de amenazas tanto internas como externas. La persistencia de la inseguridad revela una brecha significativa entre las expectativas de protección que tienen los ciudadanos y la capacidad real de las instituciones públicas para cumplir con su deber de resguardar su bienestar.

Volviendo al aspecto humano del problema, es crucial recordar que tanto el delincuente como la víctima son seres humanos. Si bien el delincuente puede cometer actos ilícitos impulsado por necesidades desesperadas, esto no justifica ni exime de responsabilidad sus acciones.

Por otro lado, la víctima sufre las consecuencias, viendo afectada su integridad física, emocional y económica. En los casos más extremos, su propia vida. Es fundamental reconocer el impacto profundo que estos eventos tienen en las personas y trabajar en la prevención del crimen para proteger a la sociedad vulnerable.

Todos los venezolanos, como cualquier comunidad, merecen vivir libres del terror psicológico impuesto por la delincuencia. Nadie debería temer por su seguridad al salir de casa o al realizar tareas cotidianas. La inseguridad no solo amenaza la integridad física, sino que también socava la paz mental y emocional de las personas, limitando su capacidad para desenvolverse plenamente en la sociedad. Es fundamental que se tomen medidas efectivas para erradicar este flagelo y devolverle a la población el derecho fundamental a sentirse segura en su entorno.

La delincuencia en Venezuela no discrimina ni respeta la juventud. Alarmantemente, muchos estudiantes de la educación media han sido víctimas de robos violentos durante varios años, enfrentándose a la amenaza constante de ser apuntados con armas. Este flagelo no solo roba pertenencias materiales, sino también la inocencia de una generación que debería estar enfocada en su formación académica y desarrollo personal. Es inconcebible que personas tan jóvenes ya estén expuestas a estos riesgos.

Es profundamente lamentable que las personas no puedan experimentar la tranquilidad en las calles de Venezuela y que el país no pueda ser un lugar completamente seguro para sus ciudadanos. Cada individuo debería tener el derecho fundamental de transitar por su entorno sin temor a ser víctima de la violencia y el crimen. Toda comparación es desagradable, pero no estaría mal tratar de equiparar los estándares de seguridad con aquellas sociedades que lideran los listados internacionales en esta materia.

Ni siquiera hace falta compararnos con ellos: es desgarrador contemplar cómo Venezuela, en algún momento, fue un país donde la seguridad reinaba, un lugar donde las personas podían dejar sus puertas abiertas sin temor a que algo les sucediera. Recordar ese pasado evoca una profunda sensación de pérdida y nostalgia por lo que alguna vez fue. Aunque también es un llamado fuerte y claro para recuperar lo perdido.

Mejorar las condiciones socioeconómicas de la población es fundamental para abordar una de las raíces del problema de la delincuencia en Venezuela. Muchas personas se ven empujadas a delinquir como resultado de la desigualdad, la falta de oportunidades y la precariedad económica. Al proporcionar un ambiente propicio para el desarrollo personal, se puede reducir significativamente la incidencia del crimen y construir una sociedad más justa y segura para todos.

En última instancia, la seguridad y la justicia son pilares fundamentales para el desarrollo humano y el bienestar colectivo. Es necesario que el Estado no solo se enfoque en combatir el crimen, sino también en abordar las causas subyacentes que lo fomentan. Además, se requiere la efectiva impartición de justicia, brindando protección a las víctimas y garantizando que los responsables rindan cuentas por sus acciones.

Visto así, es crucial una colaboración estrecha entre el gobierno y la sociedad, para enfrentar este desafío de manera efectiva. Juntos, debemos trabajar hacia la construcción de un país donde cada individuo pueda vivir libre de miedo y violencia, donde se promueva una cultura de paz y respeto mutuo. Solo mediante un compromiso conjunto y acciones concretas podremos transformar la realidad y construir un futuro más seguro y próspero para todos los venezolanos.

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