Opinión
La ULA: El fuego que rompe la niebla
lunes 31 agosto, 2026
Antonio Sánchez Alarcón
No tengo un título de la Universidad de Los Andes colgado en mi pared. Mi firma no aparece en ningún registro de notas del núcleo “Pedro Rincón Gutiérrez” en Paramillo, ni pasé mi juventud en sus pasillos o en su sede de La Concordia. Como miles en el Táchira, contemplo a la ULA desde la acera de enfrente: Desde el comercio, la agricultura o el oficio independiente.
Siento por ella el mismo indómito orgullo tachirense y la profunda preocupación que cualquier egresado. Por eso es imperativo que hablemos de la ULA Táchira. Con el devenir de los tiempos, se ha convertido en una institución que ya no se pertenece a sí misma, sino al alma colectiva de todo un pueblo.
Casi dos décadas de parálisis electoral nos acostumbraron a verla como una isla lejana. Se instaló la falsa creencia de que lo que ocurre dentro de sus linderos compete solo a quienes firman actas en las oficinas administrativas. Qué trágico error. Quienes así piensan ignoran la dimensión histórica de nuestra tierra, sus reliquias e instituciones.
Fue precisamente un rector de esta ilustre casa, el intelectual tachirense Ramón Vicente Casanova, quien tituló su obra cumbre con una frase que hoy resuena como un llamado a las armas del espíritu: Candelas en la niebla. Casanova entendía que el Táchira es una geografía signada por la bruma, tanto climática como política. Ante esa espesura que amenaza con sumirnos en el letargo, la universidad no es un simple conjunto de edificios; la ULA es el fuego sagrado que rompe la niebla. Es la potente luz civilizatoria que disipa en forma fulminante y refulgente la oscuridad del atraso, la ignorancia y la mediocridad.
La universidad pública no les pertenece a los burócratas; es el patrimonio civil y el escudo moral de la tachiraneidad. Cada vez que sus aulas se vacían o sus mentes más brillantes cruzan la frontera por la asfixia del entorno, no pierde un gremio: Es el Táchira entero el que se desangra y renuncia a su futuro.
Cualquier tachirense tiene el deber moral y filosófico de involucrarse en este debate. La ULA es el corazón que bombea vigor a un ecosistema educativo más amplio, integrado por otras valiosas instituciones públicas y privadas del estado. Su fortaleza impacta directamente la dignidad de todo el tejido social regional.
El próximo mes de octubre, la universidad irá a un proceso de elección de autoridades que trasciende lo académico; es un juicio histórico sobre nuestra supervivencia cultural. No se trata de una votación de pasillo; se trata de avivar la hoguera o dejar que la niebla nos devore.
La sociedad civil no puede quedarse mirando este combate desde la barrera de la indiferencia. El destino de la ULA es demasiado sagrado para dejarlo solo en manos de quienes la administran. Vayamos a octubre con la determinación de los pueblos que se niegan a morir en la penumbra. Reivindiquemos la razón existencial de la ULA Táchira para convertirse irreversiblemente en el fuego que rompe, de una vez y para siempre, la niebla.













