sábado 4 diciembre, 2021
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Las colas de la gasolina (parte IX)

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Liliam  Caraballo

Emma le contó que, cuando sus padres tenían catorce años de casados, él se enamoró de una joven cajera del banco Sofitasa. Durante varios meses estuvieron saliendo, hasta que doña Emilia se enteró y amenazó con el divorcio. Él terminó con la joven, pero unas semanas después ella lo llamó para decirle que estaba embarazada. Cuando la esposa lo supo, le exigió que abandonara su casa; sin embargo, meses más tarde se reconciliaron y ella le puso como condición que se desentendiera totalmente de la criatura. El hombre, cobardemente, abandonó a la madre embarazada.

Cuando la niña nació, el padre quiso acercarse, pero Zaida no lo permitió. Pudo conocer a Roxana cuando tenía dos años, antes de que Zaida se mudara a Puerto La Cruz. Dos años más tarde, ella se casó con un cumanés; lamentablemente, el matrimonio no funcionó y madre e hija regresaron a San Cristóbal, cuando la niña tenía seis años. El padre creyó durante toda su vida que seguían viviendo en oriente; antes de morir le suplicó a Emma que buscara a su hermana. Después que el viejo murió, ella estuvo en Puerto La Cruz, pero no obtuvo resultados.

— ¿Cómo es posible que papá fuera tan cobarde y poco hombre?—dijo Fernando con el rostro transfigurado por la rabia, mientras revisaba los papeles que su hermana acababa de entregarle.

—Fernando, tú no puedes imaginarte el sufrimiento de papá por haber abandonado a esa niña. Antes de morir me dejó el penoso encargo y me dijo que nunca descansaría en paz, si yo no la encontraba. En dos ocasiones volví a Puerto La Cruz. Incluso, contraté a un detective privado para que siguiera buscándola. Pero nada dio resultado

— ¡Qué ironías tiene la vida… yo estuve haciendo cola cuatro días con mi hermana! Y lo peor de todo es que me enamoré como un estúpido. Menos mal que ella me rechazó. Gracias a Dios, que me paró en seco cada vez que quise besarla—murmuró con amargura el joven.

—Tú no tienes la culpa de nada, Fernando. Lo que me extraña es que no te dieras cuenta del parecido. Cuando vi a Mariela y Roxana juntas, el corazón se me paró en seco. El parecido entre ellas es escalofriante. Después que le hice muchas preguntas y contrasté la información, quedé absolutamente convencida. —dijo Emma  conmovida.

— ¿Estas absolutamente segura?

—Sí.  Voy a mostrarte el cuaderno donde papá escribió, de su puño y letra, todos los datos para que yo la localizara.

Cuando Fernando vio la inconfundible letra de su padre, todas las dudas se borraron de su alma. Su rostro parecía de piedra, mientras su cerebro procesaba lo ocurrido entre él y Roxana; un escalofrío le recorrió el cuerpo cuando recordó que lo que más deseaba era besarla, porque le fascinaban aquellos labios tersos y carnosos.

— ¿Fernando, cómo crees tú que va a reaccionar Roxana cuando sepa la verdad?—preguntó angustiada.

—Comprenderá. Ella es una mujer sumamente inteligente—dijo finalmente, como saliendo de un sueño pesado y letárgico.

— Yo, por mi parte, estoy tranquila por haber cumplido la promesa que le hice a papá en su lecho de muerte.

Como colofón de esta historia bizarra, Roxana aceptó a sus hermanos sin reticencias porque su alma no conocía el rencor retroactivo. Todos estaban orgullosos de aquella hermana, inteligente, bella y cariñosa, que apareció de improviso.

Seguramente algún protagonista de la política venezolana, en el colmo del cinismo y el sarcasmo, dirá que esas colas sirvieron para unir familias, hacer amistades y conseguir pareja; evidentemente, nunca dirá que también fueron el escenario de muchas muertes por enfermedades súbitas o a manos del hampa. Nunca reconocerá las trastornos circulatorios, el estrés acumulado, los episodios de angustia, y los cuadros respiratorios que se presentaron por la exposición a la intemperie; mucho menos hablará de la contaminación ambiental por las heces y orina esparcidas en las calles; menos aún, el daño producido al sistema de inyección y al motor de los vehículos por la mala calidad del combustible, ni mucho menos mencionará las miles de horas/hombre de trabajo que perdió Venezuela, gracias a las colas de la gasolina.

En fin, este es un resumen novelado de la absurda odisea que vivimos los tachirenses hasta finales de julio de 2019. A partir de entonces, las cosas empeoraron y, paulatinamente, otros estados sintieron las consecuencias de la escasez de combustible. Mérida, Zulia, Barinas, Bolívar, Anzoátegui empezaron a sufrir el rigor de “Las colas de la gasolina”

—En Caracas y Valencia nunca se forman colas para la gasolina—solían decir algunos.

—A los gochos los tienen castigados por ser tan opositores—solían decir otros.

—Vamos a ver qué pasa cuando el régimen no pueda surtir de gasolina a Caracas— vaticinaban muchos. (Liliam  Caraballo)

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