miércoles 17 agosto, 2022
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Los rostros del Santo Cristo

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Néstor Melani


Me encontré con la voz de Ligia Esther Mogollón, amiga de siglos, arquitecta e historiadora, narrándome sobre su idea de recrear un libro con las imágenes del Santo Cristo de La Grita.

 “Señor de las Violetas”. En las obras de pintores, escultores, dibujantes, artistas, artesanos y fotógrafos.

La emoción cubrió las alegrías del alma y desde aquel instante volvieron las meditaciones, para celebrar esta hermosa propuesta de una hija de la ciudad «Atenas del Táchira».

Amor de la lluvia con rosas de un poemario…

…En el pequeño salón, en la ciudad merideña de Ejido, encontré un rostro del Cristo. Como venido de los dibujantes barrocos, clásico entre veladuras y la nostalgia de 1897. Casi como el divino de Berenice, «La Verónica», o el existente en la catedral de Toledo, en España, en el Santo espolio del Greco.

Al describirlo poseía la firma de Doménico Melani  Lorenzi, el abuelo de mi padre, “Pepe” Melani. Era la casa de Orlando Duque. Desde allí me fui porque Mérida esperaba el enaltecimiento de los ecos del tiempo y en la sacristía del Palacio Episcopal existía un Cristo franciscano de La Grita, tallado por Rafael Pino Farías. El maestro. Artista y arquitecto reconstructor de la iglesia matriz del Espíritu Santo y constructor del colegio seminario del Sagrado Corazón de Jesús de Monseñor Jáuregui de La Grita. Bajo los planos que San Juan Bosco le ordenara al reverendo Murialdo en Turín para el levita patriarca de la educación andina. 

Dato hermoso encontrado de una carta del viejo arquitecto. Fueron momentos de contemplación, porque en lo más alto de la iglesia de Chiguará estaba la otra imagen redentora del madero de la Circasia de los Andes.

Lo entendí entre las palabras de los abuelos y la santidad de Valeria vieja y hermosa en la calle de la parada bordando los fustanes, «el Sharon de Oriente» del simbolismo barroco de La Grita.

O del crucifijo de la iglesia del humilladero de Pamplona en un viaje junto a la maravillosa Fanny Zulay Rojas, la antropóloga, allí en la sacristía, donde un Jesús en la cruz, exacto al Señor de los milagros de La Grita, permanecía oculto.  Fueron tantas las búsquedas para definir las palabras y la inmensa escuela. Hasta llegar a mis vitrales, donde realicé la connotación histórica del Santo Cristo del 1610 en la tradición  cultural de nuestra amada comarca de los sueños. 

 Por esto, en lo sagrado y divino y en la hermosa idea de nuestra arquitecta Ligia Esther Mogollón, es enaltecedor entre caminos, peregrinos, artistas, fotógrafos, dibujantes y sobre todo el imaginario popular de la obra  escultórica policromada venida de los planteamientos artísticos de la colonia y asentada al convento monasterio de Santa Clara, quien permitió cuatro siglos para la eternidad.  Como voces y poetas. Con la esencia de ver de amor a los evangelizadores, más la refundación de la «única ciudad que nació siendo ciudad» como lo dijo: Ramón J. Velásquez aquella noche de tertulia,  recordando a Isaura y las letras de La Grita en los testimonios de la fe al santísimo Cristo.

  En los comuneros de 1779. Y saber de la carta de Antonio Nariño. Padre de la libertad de Colombia.  Perseguido y oculto en aquella tierra del Cristo de los Páramos. Para saber que en la firma del Acta de Adhesión a la independencia de Venezuela, los gritenses firmaron frente al Santo Cristo, ese 11 de octubre de 1811.

  Entender  la grandeza del Libertador de América en 1813, en la ermita del Llano de la Cruz  imploró   a la majestuosa escultura, con su Estado Mayor y el reverendo Fernando José García. En promesa, prometiéndole la independencia de América. Descripción que narra Jáuregui y Rafael María Rosales lo certifica de aquel momento majestuoso de la patria en uno de sus libros. Acentuado en muchos y verdaderos  historiadores…

En los Rostros del Cristo de La Grita, en 1913, Emilio Constantino Guerrero recreó la historia religiosa y la público en «El Cojo Ilustrado» de Caracas, antes de su libro: «El Táchira, físico, político e ilustrado», versión romántica y hermosa.

Un día de los viajes se percibió al Señor de Los Milagros de Lima, estaba allí la escuela del Cuzco. Y la afinidad escultórica a nuestro divino madero. Y de los caminos en Monserrat de Catalunya, el Cristo del barroco de Mijaran en las raíces venidas de Normandía, con la fidedigna forma del hombre en la cruz de nuestra hermosa Grita.

Pero vinieron las raíces originarias. Y el manierismo entre la fe evangelizadora y los lenguajes primitivos de los aborígenes. Como imagen tallada y en escayola policromada a los estilos de Andalucía o Valencia, quien muchos tiempos después purificó el escultor Zalcilloy, venidas en los viajeros franciscanos, con un concepto primitivo entre el gótico a los símbolos barrocos y cristianos. Del silencio y el amor con la cruz como credo del Gólgota rezado en las escrituras, pero en 1610, el 28 de febrero, la Ciudad del Espíritu Santo sufre un terremoto. De allí el testimonio del callejón llamado de San Francisco. Ya en 1582,  la  escuela de oficios y arte de Orellana había enaltecido con retablos y evangelización, lo describe Nucette  Sardi al  ingresar a la Academia de Bellas Artes de San Fernando en Madrid. Y de esta memoria logramos comprender cómo Fray Francisco, alumno de Orellana, al presenciar tanta tragedia, del terremoto, ofrece labrar de los cedros y nogal un crucifijo para proteger a la ciudadela de los andinos de los temblores. Y retirado en la Abadía de Tadea, decide crear una imagen divina. Propone los siglos, la escuela religiosa y los estadios escultóricos de la edad del Giotto. Firme en su forma, entre lo ingenuo y clásico talla un Cristo, Dios en la tierra. Pero entre sus tormentos de escultor no logra concebir su rostro y, cansado, se rinde en el taller. Soñando, percibe ver a mensajeros del cielo venir a construir el rostro nazareno.

Y en el amanecer de aquel 14 de marzo de 1610, la divina providencia le concede al fraile contemplar finalizada su escultura. Era el milagro de «Jesús de Tadea», leyenda que se vino de virtudes en la comuna desde el indio hasta el español. Y Emilio Constantino recreó por su amor al rostro del imaginario colectivo de aquella Humogría de raíces cuicas y mayas.

Bolívar compara su rostro con el Cristo de Lepanto, y millones de fieles llevan su rostro, su gemido desde adentro de la pasión y desde unos ojos que esperan un día abrirse al mundo de aquellas montañas consagradas al espacio infinito de la cima del Púlpito.

Porque en lo más sublime Jesús Manuel Jáuregui imploró al rostro de los nativos, el 6 de agosto de 1883. Quien al recibir la Parroquia Catedral del Espíritu Santo manda a bajar el Cristo hermoso desde la capilla del convento hasta la iglesia matriz, y declaró ese día la vigilia de amor. “Día de la Transfiguración del Señor”.  Y  sobre su oratoria del Colegio Seminario siempre mantuvo la corona de espinos que le colocaron los frailes franciscanos entre violetas y rosas blancas.

Testimonios que se asentaron en el libro de gobierno. Como de su rostro, José Gregorio Hernández, muy joven, oró a sus pies y en su sacerdocio de Galeno pidió al madero la consagración de la verdad.

Un día, en el despacho de Mons. Nelson Arellano Roa, hablamos de tantas reminiscencias de la ciudad de La Grita. La capital antigua de los tachirenses.  Me mostró los bocetos del maestro Marcos León Nariño sobre el rostro del Cristo. Del chivato de los fieles viejos de la Circasia antigua, como lo llamaron los abuelos.

 El de la palabra cuando invocó al profeta antiguo para legarnos el “Padre Nuestro”.

Y entre imágenes realizadas por los niños: Jesús de Tadea posee tres potencias, llamas de fuego. Luces eternas y de madero, los besos de cuatrocientos años que La Grita ha percibido, ha implorando y ha llevado en sus venas.

 En la hora santa hasta el camino de la romería más grande de los Andes.

Y sus rostros son los milagros, desde el amor de «Lucía», hasta la canción del cantor. En las letras de los poetas. Y en la pureza de las noches de estrellas.

Teodoro Gutiérrez Calderón hace de su verso una oración al Cristo del Llano de La Cruz. Y de majadero se habla a los encantos del Quijote y la poderosa espiritualidad en los millones de rostros.

Para volver y hacer meditación por nuestros artistas. En los ojos de la eternidad y los sepias antiguos como de los dibujantes enaltecieron la ceremonia de todas las bendiciones. De la fotografía de Secundino Lázaro, hasta el más humilde retratista.

Desde El Fraile, alumno de Orellana. En los pecados hermosos de “Pepe” Melani llorando la cúpula sefardita. De Mariño, señor del clasismo, del aroma de Yepes, de la armonía en Belski increyente, pero adorador. De Luna Ostos, ingenuo y santo. Y de los miles de colores con cristos viejos y cristos nuevos, como rezos de un poeta invocando las puertas del cielo.

Porque existe en la comarca de la niebla un Cristo pintado por las manos, de muchos tiempos y del clamor de la humanidad con el color nazareno de las campanas, de Dios eterno. Y es  saber que es nuestro Cristo la muestra viva y existente de la primera escuela de arte de Venezuela.

Voy a finalizar esta remembranza, en un momento de la poesía de Ángel Ciro Guerrero, en sus «Caminos de Sangre», desde su «Nueva Semilla»… quien dibujó con agua del invierno en los sentidos de hablar con el hacedor e ilustrar los espacios que le concedió el corazón…

«Ciudad del Cristo labrado por Francisco.

Teniendo de ayudantes a celestiales seres.

Cuna del indio, libertad en un grito.

Columna de los Andes, en realidad tú eres»…

Y en lo sagrado, sublime para recordarnos en su declaración y reafirmación como valor patrimonial e histórico de nuestra nación en la palabra del pueblo y el testimonio de grandes valores…

Para que sea un día en la verdad, la palabra en lo más sublime de todas  las ilustraciones…

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(*)Cronista de La Grita.

Narrador. Artista Plástico.

Premio Internacional de Dibujo «Joan Miró»1987. Barcelona España.

Maestro Honorario.

Doctor en Arte.

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Para el Libro:

DE LA GRITA AL CIELO.

Escritos en la cuarentena.

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