Opinión

Mi madre:  Presencia eterna 

12 de mayo de 2024

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Ramón J Velásquez 

 En su esposa -mi madre-, mi padre tuvo la inmensa fortuna de encontrar comprensión y fe en los mismos valores. Igual fortaleza. Ella también dedicó cincuenta años a formar generaciones. Ella también era humilde de corazón. Ella tampoco entendió el lenguaje de la vanidad, ni tuvo otra moneda para pagar que la del bien.

                                                                                                                                                                          Una vida marcada por el reloj de las aromas 

Regina Mujica de Velásquez, mi madre es presencia eterna. En sus consejos. En su enseñanza. En su ejemplo. Fue mi maestra. Maestra y madre… Madre y maestra tierna y firme a la vez. Una mujer sencilla y educada. Físicamente se parecía a mi hija Regina. Era alta, quizá un poco menos que mi hija. Usaba anteojos y trabajaba mucho, en todo. 

 En mi casa se vivía una vida sencilla como mi madre. Temprano comenzaba su labor de cada día. Temprano en las noches la oía rezar. En las tardes, la veía a veces sembrar su jardín. Sembraba en él matas de flores blancas, de gran perfume… esas rosas grandes, las que llamaban en San Cristóbal, “Rosas de las Nieves”, que eran de una blanqueza… Si se pudiera decir así, con una sola palabra, blancura y belleza. Una blancura increíble. Era un blanco total. 

Florecían y lo verde se escondía ante aquella blancura. Esa rosa en flor duraba casi una semana. Eran esas rosas, flores extranjeras, cultivadas por los alemanes, que las sembraban en sus quintas. Las llamadas quintas de los alemanes y de tachirenses que se unieron a los alemanes para construir una San Cristóbal más arriba, de lo que era entonces la ciudad, arriba por donde estaba el Liceo Simón Bolívar. En esas alturas florecían esas rosas en los jardines de las quintas alemanas. 

 También sembraba mi madre, otras rosas más pequeñas que forman ramilletes. Muy bellas, y que aromaban tanto como los malabares, esos malabares hermosísimos, que también llaman gardenias. Esas flores perfumaban toda la casa después de las seis de la tarde. Mi madre decía cuando en el jardín y los corredores se sentía el aroma del malabar:   _Ya deben ser las seis de la tarde_.     Y más tarde en la noche, ella sabía la hora, porque eran las rosas blancas, las que marcaban con su perfume las siete de la noche.    

Había una tercera mata, que ella cuidaba con esmero y también era de sutil perfume: El jazmín. Unos jazmines que se abrían lentamente al atardecer, y que en la noche tenían un gran perfume, distinto al de los malabares.  Así que en mi casa, puede decirse, que las horas las marcaba el reloj de las aromas del jardín de mi madre. 

Mi madre Regina Mujica de Velásquez, es en mi vida presencia eterna. 

Presencia eterna en el jardín del recuerdo. Aroma constante…

 Fue mi maestra.

Regina de Velásquez, mi madre, fue mi maestra. Con eso me ayudó mucho. Toda la vida. Me enseñaba y me ayudaba a comprender lo que aprendía. Me enseñaba y sus lecciones eran un complemento de la escuela, porque aunque ella estaba en sus tareas con sus alumnos de los grados superiores, vivía en una constante vigilancia de mis progresos. Como decimos en el Táchira: Estaba pendiente. Revisaba mis tareas, mis cuadernos, mis lecturas, mis libros. Me decía como hacerlo. Me explicaba. Estudiaba conmigo, de tal manera que en la mayor parte de las ocasiones, pues yo tenía más información, estaba más preparado que el resto de mis compañeros de clase. 

Fue una ventaja ser hijo único y que además mi madre fuera mi maestra. Digo que fue una ventaja. Sí, una gran ventaja. Muchas ventajas y una desventaja ser hijo único. Para ser justo, muchas, muchas las ventajas y una sola desventaja: los padres extreman su cariño, su vigilancia, su deseo que no le pase nada al hijo. Entonces eso crea también en el niño una situación, una tensión porque se siente en constante cuidado:   _no se caiga, no corra, no haga…   Claro, los padres concentran todo su amor, todo su afecto, toda la atención en el hijo único. 

 De mi madre y maestra aprendí la buena educación. Lecciones de buena educación, de amabilidad, de discreción, de bondad, de responsabilidad, de humildad y silencio. 

 Me enseñó del silencio como protección ante el peligro. Me enseñó a escuchar en silencio. 

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