viernes 7 octubre, 2022
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Pandemia: un tiempo de humanidad y fe | Una lectura creyente de la realidad

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Pbro. Jhonny A. Zambrano Montoya


En el 2020 nos tocó la puerta la pandemia COVID-19. Luego de encontrarme con experiencias y circunstancias donde me he visto tocado, he podido comprobar lo frágiles y vulnerables que somos. Ante ello, una enseñanza personal que me deja este momento de nuestra historia es la vulnerabilidad del ser humano.

En los diferentes canales de comunicación nos bombardean a diario formación, información y desinformación sobre el tema. Hemos escuchado las diversas lecturas ofrecidas: una lectura sanitaria que no ha llevado a saber más de pandemia que antes; una lectura política donde se habla de lo que se debe y no se debe hacer, con un toque partidista de favor o en contra; una lectura económica que la presenta como una amenaza de precariedad y grandes consecuencias en el mundo económico. Pero en estas líneas deseo presentar una lectura cristiana gracias a la gran reflexión que vengo siguiendo de un gran sociólogo y teólogo, J.M. Rodríguez Olaizola. Ciertamente no nace de un gran conocimiento del hecho, sino de presentar en orden algunas cosas que he venido oyendo, reflexionando y compartiendo con otros.

 

¿Qué es una lectura creyente?

Es una mirada de fe en las luces y sombras de un acontecimiento humano. La pandemia podemos presentarla hasta ahora en tres momentos en nuestra vivencia subjetiva (2020): De marzo-mayo apareció el miedo, la sorpresa, el mirar alrededor y no ver salida, ¿qué está pasando? De junio-septiembre fue un tiempo más animoso. De septiembre-diciembre dio la sensación de que esto estaba acabando de empezar, apareciendo la tristeza y la angustia nuevamente.

En este momento tengo la oportunidad de prestar un servicio sanitario en la Diócesis de Roma; allí, en medio de la vulnerabilidad he encontrado tantas veces esta interrogante: ¿Dónde está Dios en todo esto? Y yo me uno a ellos preguntándome: ¿Qué nos está diciendo esta circunstancia frente a nuestra vida de fe, de comunidad, de seguidor de Jesús, de la misión a vivir en el mundo donde Dios nos quiere?, ¿cómo posicionamos y enfrentamos desde la fe esto que vivimos saliendo a flote nuestra vulnerabilidad? Para responder propongo el siguiente camino.

 

  1. ¿Dónde está Dios en la pandemia?

Esta realidad que vivimos nos ayuda a descubrir un Dios que no nos ha engañado respecto a la enfermedad y los límites humanos que ella saca a flote, es decir, ella forma parte de la vida con todas sus consecuencias, pues no hay nada nuevo en que haya vida y haya muerte. Ahora, esto puede parecer un poco duro, pero veamos:

En primer lugar, hemos comenzado a ver a Dios como un refugio que nos ayuda a percibir y vivir la realidad con otros ojos (los de la fe), desde nuestro ser limitado y vulnerable, aceptando nuestros límites, uno de ellos la muerte.

En un segundo momento, vemos a Dios como creador que no invita a recrear con él. Aquí entra en juego la ciencia y todos aquellos hombres y mujeres que han recibido el don de la investigación y la medicina, para dar propuestas e iniciar caminos de solución. Es la capacidad para hacer el bien y que ese bien ayude a todos, el bien común.

En un tercer lugar, Dios está en el que sufre, en el que escucha, en aquel que consuela y acompaña. Pensemos en tantos agentes sanitarios que han colocado sus manos para servir en una comunidad, logrando crear solidaridad, que luego se va fecundando en fraternidad. Dios está en tantos sacerdotes, religiosos y laicos que con su entrega vocacional sirven de engranaje para que comunidades enteras se solidaricen y vivan la fraternidad ante el vulnerable, mostrando la mejor cara, aquella que porta una mirada de esperanza. Por tanto, la fraternidad nace de esa conciencia de sabernos iguales.

 

  1. Es una oportunidad para AGRADECER

En la actualidad estamos envueltos de una exigencia constante, que la podemos definir como aquella necesidad de querer tener más y, ahora mismo, el fenómeno de la inmediatez. Es reflejo de colocar mi voluntad por encima de los demás, lo cual puede producir en algunos casos insatisfacción, dejando de lado la gran capacidad de agradecer y aprovechar cada momento, persona y circunstancia de nuestra vida. Frente a este escenario es necesario que aparezca LA GRATITUD, que es comprender la bendición de aquello a lo que no le dábamos importancia. Menciono algunas ideas que nos pueden ayudar a pensar:

a) La vida no la tenemos garantizada, en un momento se nos puede ir.

b) Las cosas a las que les restábamos importancia y ahora que no están les reconocemos su valor: libertad de movimiento, la ternura de la cercanía y los gestos, hablar con el cuerpo, el acceso a las personas, el ocio social (salidas de recreación), descansar y pasar ratos con nuestros amigos, familiares y hermanos de comunidades parroquiales.

c) El no poder celebrar la fe con presencia en la Eucaristía y recibir a Jesús, privados del culto habitual. Debemos agradecer la creatividad pastoral para acercar a través de la mass media a cada hogar y comunidad la palabra y presencia del Señor.

d) El trabajo que tenemos o tuvimos, que nos sirve de sustento.

e) Las personas que forman parte de nuestra historia, con los cuales no somos conscientes de los vínculos que formamos, diría el Papa “corazones que se dejan completar” (FT 89), hay vidas que completan las nuestras.

f) La tranquilidad en la vida, con la posibilidad de dar un paseo, reunirnos, compartir y vivir la amistad social.

g) El testimonio de servicio que hemos visto, y que no eran considerados claves para la vida, como por ejemplo el del personal sanitario.

h) La conciencia de la muerte, vivimos en una cultura que busca ocultarla, pero debemos recordar que somos finitos, tenemos límites y somos vulnerables. Esto devuelve a la vida una perspectiva discerniendo lo que es importante e imprescindible.

 

  1. Es una experiencia que nos lleva a la CONVERSIÓN

La iniciamos con la conciencia de pedir perdón con la conciencia de vida no aprovechada, de las acciones hirientes, de los silencios cómplices, de los egoísmos, de la realidad de pecado: falta de amor en lo que vivimos y hacemos. Falta reconocer lo que no se ha hecho bien, todos tenemos pies de barro, estar consciente me lleva a mirar al Señor y decirle en qué necesito crecer para creer.

Es necesario aprender a ver el mundo y leerlo pidiendo perdón, desde las formas en que podamos contribuir, ya no encerrados en egoísmos de visiones y proyectos individualistas, sino permitiéndonos mirar alrededor y ver quiénes están en las márgenes y necesitan ser incorporados para hacer comunidad y crecer en solidaridad y fraternidad, dejando de lado la indiferencia, descarte y beneficios grupales y no colectivos.

 

  1. No tener vergüenza de PEDIR

Una practica muy asidua en nuestra vida es la petición, de modo especial en nuestra relación con el Señor. Es interesante destacar que pedir no es solo pensar que se nos dará aquello que pedimos. Jesús nos enseña en su oración en Getsemaní dos momentos. Un primero, donde pide al Padre que pase la prueba, allí le expresa su deseo, muestra su vulnerabilidad, le coloca nombre a lo que siente, expresa ese volverse a Dios desde el total abandono. Un segundo momento, cuando pide que se haga la voluntad del Padre, que bien reconoce es más amplia que la expresada en su petición. La voluntad de Dios es aquella que busca nuestro bien, para que crezcamos y maduremos en nuestra vida personal y comunitaria, aún cuando en algunos momentos no logramos comprender del todo, pero en el tiempo al echar mirada atrás lo podemos valorar.

Ahora en este pedir, frente a la Pandemia que estamos atravesando, creo que son necesarias algunas peticiones que Fratelli tutti nos refleja:

a) Amar más allá de las periferias.

b) Aprender a relacionarnos como hermanos.

c) Buscar y creer en una verdad universal.

d) Promover el bien moral y común donde se recuperen los valores de la vida.

e) Repensar la doctrina social de la Iglesia en vista a los más frágiles y vulnerables.

De igual manera, también entre los clamores de muchos, podemos pedir:

a) Que se acabe esto pronto.

b) Que la vacuna surja efecto.

c) Que nuestros seres queridos estén bien.

d) Que podamos vernos pronto.

e) Pedir por personas, historias y circunstancias concretas.

f) Que sigan surgiendo líderes comprometidos con el bien común, como el personal sanitario de nuestro país.

g) Pedir paciencia ante la tentación de la inmediatez.

Creo que la pandemia nos está ayudando a vivir el LARGO PLAZO, del cual nos estábamos olvidando por la aceleración en que vivimos, y que es vital para hacer nuestros procesos más fecundos. El largo plazo ayuda a ver la vida de una forma más sólida.

 

  1. ¿Saldremos mejores de esta situación?

Una primera cosa que podemos decir, es que se nos está ofreciendo una oportunidad de conversión para crecer, es decir, es la oportunidad para acercarnos a la mejor visión de lo que podamos llegar a ser. Para esto podemos repensar nuestros estilos de vida, nuestras relaciones, la organización de nuestra sociedad y el sentido profundo de nuestra propia existencia, en otras palabras, hacer un examen de nuestra vida.

A nivel social creo que es necesario una rehabilitación y auxilio de nuestra sociedad herida, por denigrar sus principios fundamentales: dignidad humana y elementos para el bien común. Es necesario un camino para el reencuentro donde asumamos con conciencia de corresponsabilidad nuestro rol en la sociedad, la familia, la Iglesia… y aportando lo mejor que tenemos desde lo que el buen Dios nos ha dotado por medio del entendimiento y la voluntad humana.

Es necesario cambios de hábitos. Hoy en día no es suficiente la resiliencia, no podemos pensar que tenemos que resistir para volver a donde estábamos. No, debemos ver en qué hemos crecido y hacia dónde buscamos ir, luego de todo esto que estamos viviendo.

 

  1. ¿Qué lecciones me está dejando la pandemia?

a) Que debo dedicar tiempo a las personas que quiero, ya que nuestro tiempo es limitado.

b) Que la vida tiene un punto de intemperie donde no hay defensas suficientes por más seguros que nos creamos: no todo en la vida puede ser seguridad. La intemperie se convierte en un lugar de encuentro.

c) Las ideologías prescinden de largos plazos, pero luego los largos plazos se ríen de las ideologías.

d) Somos más ricos de lo que pensábamos. No instalarse en la queja, más bien agradecer.

e) La crisis hace salir de nosotros lo mejor que tenemos para enfrentarla, hay que aprovecharlo.

f) Aquí es más importante hacer que decir.

g) No son cifras, son personas. Debemos humanizar las situaciones, la lectura que hacemos de lo que sucede no puede quedarse en datos, son rostros, circunstancias e historias que necesitan escucha, consuelo y acompañamiento.

h) La tiranía de la agenda: es la tentación de querer seguir haciendo lo que veníamos haciendo; hay que hacer una nueva lectura, tenemos una página en blanco para repensar.

i) Qué importante es una llamada telefónica, que dice más que un WhatsApp.

j) Tener cuidado con el miedo, para que no se convierta en el único motivo por el cual hacemos las cosas.

k) Añadir buen humor y esperanza, no cedamos al desaliento.

 

Por tanto, este tiempo es un tiempo de humanidad y fe. Es un tiempo de esperanza. Es importante reconocer y agradecer, yo diría colocar aquí el foco de nuestra atención. Buscar hacer un camino juntos, donde el Señor nos ayude a construir un mundo mejor.

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