Opinión

Pasión por la Vida

25 de marzo de 2024

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Julieta Cantos

Consciencia y cambio climático

Debo reconocer que, si bien siempre me he sentido comprometida con la naturaleza, no es sino desde hace más de una década que he tenido consciencia real en relación con los movimientos ecologistas y con el manejo e impacto que produce la humanidad en el planeta, por su incapacidad de ver a la Tierra como un organismo vivo, un sistema dinámico y autorregulado. O sea, el aleteo de la mariposa… lo que se interviene por aquí, revienta por allá.

Estas reflexiones las vengo plasmando en mis artículos desde el 2020, y ante la impotencia de lo que estamos viviendo en torno al cambio climático, las retomo de nuevo hoy.

El cambio climático es, indudablemente, una de las consecuencias más inquietantes de la explotación irracional de los recursos -tanto naturales como humanos- que se haya instalado en la sociedad actual, al punto que desde grandes corporaciones hasta movimientos ecológicos de base, individual o colectivamente, expresan con temor los trastornos que está ocasionando. Sin embargo, el deseo de arrasar, concentrar, acaparar, de gobiernos, empresas y personas es de tal magnitud que bloquean el grillito de la consciencia para acallar aquello que pudiera generar acciones que salven nuestro planeta…y las soluciones que generan casi siempre van orientadas a sus problemas particulares.

Son muchas las conferencias y grupos que están “construyendo un movimiento global para solucionar la crisis climática”, pero para lograrlo se necesitan acciones colectivas globales.

Lo cierto es que un futuro global solo será posible si la humanidad se organiza, y  la realidad es que nada puede detener en estos momentos el cambio climático, lo cual plantea serios desafíos, derrotas, pero también apertura de posibilidades.

En el caso concreto del Táchira, que es nuestra ancla, para no divagar sin rumbo, podemos percibir que aún tenemos inmensos recursos hídricos, extensas áreas, todavía arborizadas, pero lo que ocurre en el mundo nos afecta, así como lo que ocurre en nuestro continente, en nuestro país, en nuestra región, en nuestra ciudad.

Eso de proponer una acción colectiva de concientización, o acciones individuales para la concientización colectiva, no es fácil y supone desgaste, rabias, alegrías, y otras muchas emociones no precisamente racionales.

En estos últimos meses nos hemos visto afectados directamente por la sequía implacable que ha mermado brutalmente nuestras fuentes de agua, acrecentándose en las últimas semanas. Sin embargo, aún así nos cuesta tomar actitudes responsables en relación con el uso racional y el racionamiento del agua.

Por otro lado, si revisamos las condiciones de la represa Leonardo Ruiz Pineda, popularmente conocida como Uribante-Caparo, la visión no deja de ser angustiante.

Según datos tomados de Wikipedia, la represa, que fue construida entre 1980 y 1990, sobre el pueblo de Potosí (uno de los cinco pueblos que fueron inundados intencionalmente), es un complejo de 4 presas que da origen a tres embalses, que ocupan aproximadamente 2.000 hectáreas, alimentándose de los ríos Uribante, Doradas, Caparo y Camburito, cuya capacidad instalada sería de 1.260 MW, muy superior a lo que requería todo el estado Táchira y zonas aledañas. El proyecto completo esperaba generar el 3 % del total nacional de energía hidroeléctrica. De sus tres embalses: San Agatón, Uribante o La Honda, con una capacidad instalada de 300 MW, está funcionando. Borde Seco-La Vueltosa, cuya capacidad instalada sería de 540 MW con tres turbinas, no estaba operativa al cumplirse las fechas del proyecto. Entró en operaciones parcialmente en el 2012 con la activación de la máquina 1. En 2014 se activa la número 2 y en el 2020 se logra sincronizar el software de la máquina 3. No está claro su porcentaje de operatividad al día de hoy.

Las Cuevas o La Colorada (solo en fase de proyecto el embalse y la central), para una capacidad de 460 MW.

La intención de la consulta a Wikipedia era precisar datos de fechas, capacidad instalada y funcionamiento, pero lo que realmente quisiera describir es lo que en aquella época significó este proyecto para la Región del Suroeste Andino, concretamente para el Táchira, en relación con expectativas de desarrollo, en cuanto a tierras a ser incorporadas por riego para la actividad agropecuaria; potencialidades del sector turismo, nacional e internacional; ingresos de divisas por la posibilidad cierta de vender energía hidroeléctrica a Colombia; pero, sobre todo, romper la dependencia del abastecimiento eléctrico de los sistemas nacionales, entre ellos el Guri.

Cuarenta  años más tarde podemos decir que muy poco se cumplió. Pasamos por todas las etapas, denunciadas además en su momento, por la prensa regional y nacional: mala administración, corrupción en el manejo de los dineros para la conclusión y puesta en marcha de todo el complejo, el exceso de sedimentación de nuestras montañas, la falta de mantenimiento permanente, hasta el momento actual inclusive, incorporando recientemente la aplicación de sanciones que dificultan el acceso de repuestos y soporte tecnológico. Además, no se previó algo que es una realidad casi cotidiana: el mal manejo de los recursos naturales, la falta de previsión y conservación de los afluentes, sus vertientes y cabeceras. En tiempos de sequía no se llega a los niveles necesarios de agua para su funcionamiento. Adicionalmente, el aumento indiscriminado del consumo de energía hace que se cumplan los tres riesgos de los que habla Bansart: el riesgo energético, por agotamiento de los recursos naturales por causa de la sobre-explotación; el riesgo climático, por los diversos desarreglos como el recalentamiento debido al mal uso de la energía, y el riesgo ecológico, por contaminación, pérdida de biodiversidad, empobrecimiento de las tierras agrarias, deforestación, desertificación, estrés hídrico, agotamiento de las reservas de agua, etc. Todo ello debido al uso, abuso y mal uso de las fuentes energéticas.

Por ello, planteo que se debe partir del compromiso con lo eco-social. Mi gran crítica es que mientras sigamos desarrollando megaproyectos, desconectados de la realidad social, ecológica, productiva, a escala seguiremos construyendo elefantes blancos de grandes inversiones, mayores presupuestos y muchas manos queriendo su parte, con la secuela de desequilibrios inmensos. Si en lugar de centralizar en una enorme represa -que interviene, modifica y afecta, por sus dimensiones al medio ambiente-, hacemos cientos de miles de pequeñas represas locales, estaremos fomentando el desarrollo económico, y social de manera más integrada y, por ende, vinculados a nuestra realidad ecológica. Que en cada comunidad, municipio, estado, se desarrollen diversas fuentes de energía, sin depender de los residuos fósiles; entonces, seremos menos vulnerables, tendremos menor dependencia tecnológica, seremos más productivos, más felices

y estaremos incorporados a nuestro medio.

A lo largo de los años, en Venezuela se ha dependido básicamente de dos fuentes: el petróleo y la hidroeléctrica. La primera, la más contaminante, pero, por mucho, la más barata, tiene dos grandes inconvenientes operativos: su extracción y procesamiento es de orden nacional (PDVSA), y su distribución depende de decisiones político-operativas nacionales. Su procesamiento —por ejemplo,

en gasolina— depende de insumos y tecnologías extranjeras. Todo esto ha llevado a una progresiva parálisis en las decisiones y diseños regionales y locales, olvidando la importancia de la participación creativa, consensuada del poder popular, del poder ciudadano, de la generación de propuestas acordes con la realidad de cada región. No se puede pretender cambios si seguimos con los mismos esquemas de producción y de manejo y utilización de las fuentes de energía.

Hasta ahora solo se ha replicado, reproducido sin generar modelos diferentes de sociedad. Debemos hacer un uso racional, inteligente (SABIO), solidario y ecológico de las energías. Todos somos responsables y mi propósito es que esto se entienda.

Quiero cerrar con lo que podría ser una idea: La búsqueda de una mayor autonomía energética para las ciudades, pueblos y caseríos de nuestro estado.

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