martes 24 noviembre, 2020
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Repelencias 325

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Carlos  Orozco


Le habían amarrado una enorme cadena en una pata a la pobre mula. Era coja debido a que había metido su pata izquierda en un pote de pintura vacío y eso le dañó el tendón principal. Los zagaletones del pueblo le pusieron unos trapos y cobijas viejas en sus extremidades para que no hiciera ruido al caminar. Apenas se escuchaba el arrastrar de la cadena a altas horas de la noche. La oscurana arropaba las calles solitarias a esas horas y no faltaba el cristiano que asegurara la presencia diabólica en aquellos ruidos escalofriantes. Más de un rosario se rezó en el pueblo al escuchar el arrastre maldito de la noche. La mula pastaba en las ruinas del hospital viejo que colindaba con el campo deportivo. Había engordado y, si no fuera por el problema de su pata, se podría decir que era feliz entre esas paredes de tierra pisada y pipas de tártago por doquier. Nadie supo qué ocurrió con la mula coja. No volvió a aparecer por la comarca. Cuentan que una tardecita apareció un burro de pestañas largas, cejas pobladas y mirada pasional. Uno no sabe lo que es el destino de todos.

Ay, Chile. Tanto va el cántaro al agua, hasta que por fin revienta.

Nadie supo en la policía por qué empezó el pleito. Lo cierto era que el hombre que puso la denuncia casi no podía respirar. -Me pegó por mal puesto, sargento. El totazo que le dio Encarnación en el mero centro de la espalda lo dejó privado y si no es porque Eulogio lo sacudió con fuerza, se queda ahí, resollando como un perro correteado, buscando aire en aquella madrugada de trasnocho y cantos repetidos. -Quién lo manda, sargento. Llegó y preguntó si teníamos un michito para el frio y yo le ofrecí de la carterita que habíamos comprado entre todos. Encarnación intentaba explicar lo sopón que había sido Juan mandarino al tragarse todo el líquido que había en la botellita. -Traigan una botella grande de calentao y todo el mundo para la casa, sentenció el encargado de la comandancia. Hay frio, señores. -Me pegó por mal puesto, repetía Juan mandarino.

De las cosas hermosas que disfrutamos en un viaje a La Grita es la bajada que hacemos desde El Cobre hasta La Quinta, a eso de las 4 de la tarde. Los sembradíos más lindos del mundo a la vera de la carretera. Lo mismo sentimos cuando descendemos desde Boca de Monte hasta Pregonero, a la misma hora. Son regalos de Dios para probarnos su existencia, paisanos.

Carlos Orozco Carrero

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