lunes 29 noviembre, 2021
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Repelencias 335

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Carlos Orozco Carrero

Estas ´verondas´ por los pueblos nuestros nos dan un fresco acomodo espiritual para continuar con este paso suave por los vericuetos de la vida. Amigos,  familiares y el apodo gritado hasta por los niños de la comarca, lo hacen sentir a uno que está en su elemento. Me gusta en exceso reconocerme en mis paisanos de siempre, con los cuentos de siempre y los afectos de siempre…

Llegó el Tour de Francia. La prueba ciclística por etapas más importante del mundo nos agarra tempranito, con una cafecito entre arepas tostadas, caldito de papas, un aguacate en cosecha abundante y hasta un toletico de queso ahumado para entrarle al sillón de la emociones. Creo que van unos 7 pedalistas de nuestra tierra latina a echarle corazón, pierna y pulmones, a ver si logramos un podio primero este año.

Las primeras imágenes del monstruo de la represa ya las enviaron a un laboratorio en el Tecnológico de Monterrey. Hay mucha duda y preocupación por esto. Dicen los integrantes de la comisión que investiga el caso que debe ser que ya desarrolló la madre del dragón tragón  que siempre habita en nuestros llanos venezolanos. Creo que las mentiras se agigantan más en esta historia.

Carlos Ramones, laureado atleta venezolano y mejor amigo, me entregó su colección de revistas para entrarle al recuerdo de Memín, Supermán, Héroes del Oeste, Santo, Juan sin miedo y hasta los tomos gorditos de Marcial Lafuente. De ahí esta formación popular en lectura, escritura y ortografía para sorpresa de los muchachos de hoy. “…La bala perforó el centro de la frente del cuatrero, dejando un orificio que se confundía con sus ojos…”

El habitáculo ardió en llamas esa noche. Todo se redujo a cenizas y el cadáver del viejo empeñador de la cuadra despedía humo todavía. Solamente un oscuro saco de vestir quedaba colgado en la puntilla que había clavado el anciano en un horcón ardiente, y amenazaba con caer sobre la viuda llorona. De repente, el sastre de ojos rojos y penetrantes, entró como un rayo entre los escombros y recogió el paltó negro. Comentan en la cuadra que nadie conoce el origen del incendio. Apenas atinan a decir que el empeñador intentaba quitarse el saco desesperadamente y gritaba que lo estaba quemando por dentro. –Allá va el sastre, con el paltó del finado y una sonrisa diabólica entre sus dientes, susurraron los vecinos.

   

  

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