viernes 3 diciembre, 2021
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Repelencias 345

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Carlos Orozco Carrero


Todo marchaba al compás de la dicha y del amor, como dijo el tercio aquel. De repente, un trompicón entre ellas y todo se desparramó por el piso reluciente del enorme espacio asignado para la importante reunión de los hijos de La Ermita y sus solidarios amigos.  La emoción del anfitrión al tener en su hogar a tanta gente apreciada por él y su familia, hizo que, en un movimiento brusco de muñeca, las pipas de las maracas volaran por todo el patio y dejaran los pasajes y joropos sin la percusión obligatoria en los ritmos criollos. -Mañana yo recojo las pipas, dijo José Mario, maraquero de postín y protagonista del accidente. – No, amiguito. A mí me las paga completicas, replicó Miguelito Servitá, mientras intentaba catar un kerosene genuino para el gusto de los invitados. La Ermita se está poniendo bonita.

Eso del puente sobre La Chivata es cuento viejo, señores. Desde antes de los años 80 se ha advertido sobre el peligro que significa para todos los habitantes de la zona de Las Vegas el abandono del mantenimiento a los cauces que nutren el Torbes y que han dado muestras de su ferocidad en ciertas épocas del año. Mucha gente acomodó casas, talleres y tantas construcciones sin respetar las crecidas acostumbradas del río. Recordemos que el agua no se le mete a la gente. Es la gente la que se le mete al agua.  Mucho cuidado, amigos.

-Siguen apareciendo señales de la presencia de seres de otros mundos por estos lados, dijo el viejo Ambrosio después de regresar de un viaje que hizo hasta Bailadores en días pasados. Jura y asegura que vio una nave posada en un plan que hay más abajito del ´callejón del diablo´. Sí, bajando del Delgadito la vi, con sus luces amarillas, rojas y azules, en círculos. -Ese viejo está loco, comenta Cosme. Esa era la ambulancia que estaba accidentada, y no se quiso detener para ayudar.   

Se escuchaba en aquella rocola una ranchera de trago amargo y varonil para acomodar silletas alrededor de una mesa manchada de supia y cunches. La bola saltó dando brincos, producto de un punzón traicionero y fue a caer sobre la cabeza de aquel hombre con cara de pocos amigos. Algo de sangre salió de la adolorida testa y un silencio arropó el local. Todos observaron la reacción inmediata del desafortunado individuo. El vecino que había realizado la atrevida jugada intentaba disculparse en voz baja. No quería que el dueño del bar El Tolima se diera cuenta de que había sido por un intento de punzón y esto es muy peligroso para la integridad del paño verde que cubre la piedra de la mesa. Lo cierto es que el receptor del bolazo ni se inmutó por el acontecimiento. Apenas agarró la bola, salió a la calle y la lanzó con todas sus fuerzas sobre unos bambúes que crecieron hacía años en el rincón que está diagonal al taller de Emiro Moncada. Un destello, producto del paso relampagueante de la bola frente al bombillo que alumbra el lugar, fue lo único que los vecinos vieron antes de que se perdiera en la oscuridad de la noche, rumbo a la vega del río Uribante. El herido miró el pañuelo y vio que la sangre no salía más. Se fue tranquilo, calle arriba, hasta perderse por el caminito que lleva a la piedra del molino, antes de cruzar para la subida del cementerio. En la cuadra de abajo, el alboroto entre el propietario del billar, del bar, de la gallera, de la funeraria, de la carpintería y de la venta de rabadilla rellena y el jugador, amenazaba con convertirse en pleito de cuchilla plateada. Después les cuento el resto, cariños.      

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