Tabula rasa (tercera parte)

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Una mañana, la madre  vio a su ex alumno caminando por el pasillo central de la SN, detrás de Pedro Estrada, y se acercó atropelladamente. Los escoltas la empujaron, ofendiéndola para amedrentarla, mientras el paisano la miraba despectivamente, desconociendo a la mujer que le enseñara las primeras letras, y le inculcara los valores que guiaron su juventud. La maestra se le acercó más, gritando su nombre y suplicando ayuda, él la apartó violentamente haciéndola trastabillar de manera que cayó de bruces sobre el piso resplandeciente, mientras se sacudía las manos,  alejándose sin hacer el menor gesto de compasión.

A los pocos días la familia se enteró, a través de los informantes de la resistencia, que Fernando y Arturo estaban detenidos en un calabozo de la Seguridad Nacional, sometidos a las escalofriantes torturas documentadas posteriormente por los sobrevivientes de la dictadura. Lo más triste fue el peregrinar de los familiares para dar con el paradero de los muchachos, ya que nunca fueron fichados, reportados y, mucho menos, reconocido su arresto por algún cuerpo policial.

Es fácil comprender el dolor que invadió a la familia; empero, resulta edificante rendir un tributo a estos jóvenes tachirenses, quienes junto a cientos de víctimas del régimen, fomentaron la base social insurreccional que terminaría por derrocar a uno de los regímenes más implacables de nuestra historia.

Agotados todos sus recursos, doña Adela y sus hijos decidieron regresar al Táchira. El día anterior el hijo vio en la avenida Baralt el Oldsmovile negro en el cual solía trasladarse Pedro Estrada. El corazón le dio un vuelco cuando reconoció a su paisano sentado en el asiento delantero derecho. Como un loco se abalanzó sobre el coche y el conductor debió frenar bruscamente para evitar atropellarlo. El muchacho  tocó el vidrio de la puerta para llamar la atención de quien creía su amigo, sin embargo, el pasajero del asiento trasero, el mismísimo Pedro Estrada, le ordenó al conductor seguir adelante. Subrepticiamente, el copiloto bajó el vidrio, saludó fríamente a su coterráneo y lo conminó a esperarlo en las afueras del palacio, esa misma tarde.

El joven esperó pacientemente en el sitio indicado, desde las doce hasta las seis. Estaba preparando su retirada cuando la voz de un niño le sorprendió sobremanera.

—Un señor lo está esperando en la plaza O´leary, en la fuente. Me dijo que le dijera que vaya rápido y solo.

Desaforadamente recorrió las pocas cuadras que lo separaban de la plaza. Efectivamente, sentado en una banca leyendo la prensa estaba el hombre con quien él y sus hermanos compartieron juegos infantiles y sueños juveniles en una apacible andinidad que ahora parecía muy lejana. Lo saludó amigablemente pese a que el secuaz estaba armado y acompañado de un hombre con cara de matón. Durante varios minutos recordaron los momentos compartidos en la plaza Bolívar cuando  practicaban los más “atrevidos” piropos para galantear a las muchachas a la salida de la misa de cinco. Charlaron hasta que el joven pudo encarar el asunto que tanto le interesaba, apenas el otro le dio el primer chance.

— y ¿qué me lo trajo a usted por Caracas?

—Bueno, es que Fernando y Arturo se vinieron hace dos meses y cómo no tuvimos más noticias de ellos, vinimos a buscarlos.

— ¿Y que vinieron a hacer esos confiscados aquí?

—Pues, mire paisano, dígame que ellos vinieron a averiguar cómo va lo del nombramiento de directora de mamá, porque hace un año  estamos esperando que la llamen, pero nada de nada.

—ahhh, carajo—dijo burlonamente el otro—… ¿y dónde cree usted que puedan estar esos muchachos?

—Pues, no sabemos, pero los familiares que tenemos aquí nos dijeron que parece que la Seguridad Nacional los agarró en La Candelaria, hace como dos semanas y después no supieron nada mas de ellos.

— ¿Y quién me le contó eso? porque que yo sepa a los que detiene la Seguridad Nacional es por cosas de política. ¿No será que esos pendejos se metieron en la “conspiradera”?

— ¡No, que va a creer usted, paisanito¡ Ellos vivieron a lo que yo le dije.

—Entonces… ¿dónde se habrán metido esos confiscados? ¿Y usted que quiere que yo haga?

-—Pedro, yo le voy a decir la verdad porque estamos muy asustados —dijo mientras bajaba el tono de la voz hasta hacerlo un susurro—. A nosotros nos dijeron que hace un mes a los muchachos los agarró la Seguridad; que se los llevaron para los calabozos y los están torturando. Nosotros les perdimos el rastro. No hemos podido averiguar dónde están ahorita, ni siquiera si están vivos o muertos. Ayúdenos a encontrarlos, por lo que usted más quiera—. Suplicó con el rostro surcado de lágrimas

El gesto de su interlocutor aterrorizó al joven porque supo que acababa de confirmar sus sospechas. Si sus hermanos aún estaban con vida se habría perdido toda esperanza, porque el hombre de confianza de Pedro Estrada ya estaba seguro que aquellos jóvenes conspiraban contra el régimen.

— ¿Y quién me les informó de esas cosas?

—Bueno…son cosas que se oyen en la calle,

—Mire, paisano no me crea tan pendejo. Que yo sepa la Seguridad sólo detiene a los conspiradores, ahí no se tortura a nadie y mucho menos se sacan listas de muertos. Esas cosas las inventan los malparidos que quieren tumbar a mi general. Si esos zoquetes se metieron en la conspiradera, no me pida ayuda y agradezca que no lo mande a detener a usted aquí mismo. Así que piérdase antes que me arrepienta, so pendejo.

Después de esta conversación la incertidumbre asoló a los familiares; pero no se resignaron, viviendo en un limbo entre la esperanza y la desesperación, hasta seis años después cuando recuperaron los restos

Doña Adela Labrador, viuda de Arciniega, brillante maestra de primaria quien durante cuarenta años contribuyó a la formación de nuevas generaciones, empezó a menguar y, como las flores en los floreros, poco a poco perdió brillo, color y cuerpo. El resto de la familia, aunque trató de reponerse a la desgracia, jamás volvió a ser la misma. Al cabo de un año, la casa materna parecía un convento, silente y frío. 

 

Liliam Caraballo