Tabula Rasa (VI parte)

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Su sorpresa fue mayúscula cuando al entrar a la casa vio a su hijo menor en la cocina.

—Mamá, nos dieron la tarde libre porque a las cinco la Junta de Gobierno va a dar un mensaje a la nación y quieren que todos lo escuchemos— dijo el joven distraídamente.

—Qué bueno, mijito, vamos a prender el radio — sus manos temblaban al sintonizar la estación de radio.

—Por cierto, estuve tratando de entrar al cuarto de los chécheres y no pude.

—No mijito, es que yo cambié la cerradura porque la otra llave se me traspapeló.

— ¿Y no puso la nueva en el llavero?

—Pues, mire que no, mijito, pero hoy mismo la pongo.

—Mamá, quiero sacar la guitarra de Fernando, porque se me metió que puedo aprender a tocarla como él.

—Bueno, mañana le dejo la llave nueva en el llavero, porque ahorita ya ni me acuerdo dónde diantres la puse.

—Está bien, mamá, pero no se le olvide.

Finalizado el mensaje a la nación, el joven cenó, pero no se marchó a la plaza, como lo hacía cada viernes, desde que alcanzó la mayoría de edad. Doña Adela rezó todas las oraciones que sabía para que su hijo saliese y el fugitivo pudiese marchar. Ninguna de las dos cosas ocurrió. A la mañana siguiente se vio obligada a poner la llave en el llavero. Después de pensarlo detenidamente, hizo algo que solamente podría llevar a cabo una mujer muy valiente. Con el arrojo que caracteriza a las mujeres de la montaña, sacó los trajes de su difunto esposo del enorme escaparate de tres cuerpos y trasladó allí al hombre del cuarto de los chécheres. Contraviniendo sus costumbres y rompiendo sus más estrictas normas de moral, aceptó que otro varón, que no fuese su esposo, durmiera en su cuarto, la viera en ropa de cama y usara su baño privado.

Durante cinco días, el fugitivo permaneció acurrucado en aquel escaparate, que solo abandonaba para hacer sus necesidades fisiológicas, dos o tres veces al día. Resultaba improbable que alguien pudiese verlo, ya que siendo una mujer viuda, doña Adela mantenía la puerta de su cuarto cerrada con llave. Quizá lo más desquiciante de esta historia, considerando los cánones de moralidad que guiaban a la sociedad de ese tiempo, es que el hombre terminó durmiendo en la cama matrimonial porque las fracturas en sus costillas le provocaban tan insoportable dolor que no dejaba de quejarse, aun dormido. Su compasión la impulsó a acostarlo en su cama y ella acabó durmiendo en un colchón cerca de la puerta.

La agonía llegó al clímax, una noche, seis días después, cerca de las diez, cuando una comisión policial se presentó para capturar a un esbirro de la SN que, según una investigación pormenorizada y con datos aportados por los vecinos, estaba escondido en el cuarto de los chécheres, sin que la familia lo supiese. Los policías revisaron el cuartico, pero se marcharon profundamente decepcionados.

Esa madrugada, Pedro Eleazar Durán, natural de La Grita, alumno de doña Adela, culpable de la delación y muerte de dos de sus hijos, escapó de las manos de la justicia, llevando consigo suficiente dinero, ropa y alimentos. Según una versión, murió a los ochenta años en la bella ciudad de Cali; otra versión dice que fue atrapado en Ureña, dos días después, juzgado y condenado a 30 años de prisión.

Como nada en esta vida permanece oculto bajo el sol, siendo una anciana de cabello blanco cercana a los noventa, doña Adela relataba con asombrosa lucidez cómo escondió por casi dos meses a Pedro Durán, hombre de confianza de Pedro Estrada, cuando llegó a La Grita buscando ayuda de sus familiares.

Según le relató el prófugo, la noche del 23 de enero de 1958, ante los acontecimientos desatados en las calles de Caracas, él comprendió dos cosas: que estaba en la lista de los más buscados, no por la importancia de su cargo sino por su saña sanguinaria, y que no estaba en la lista de los escogidos por Pedro Estrada para otorgarles salvoconducto y, posteriormente, sacarlos del país. Cerca de las tres de la madrugada logró llegar a su apartamento en Bello Monte, juntó todo el dinero que pudo y salió a hurtadillas del edificio. A la media cuadra fue alcanzado por la turba que vigilaba su residencia y golpeado salvajemente, hasta creerlo muerto.

Liliam Caraballo