miércoles 21 octubre, 2020
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Valentín Hernández

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Néstor Melani


El viejo soñó con abrir una puerta tallada donde ángeles armonizaran en sus laterales para convertir aquel lugar en una muestra de devociones y un día de amor llegar hasta el cielo. Más porque Capacho vestía de fiesta los domingos con dos leones de hierro y bronce francés en el hermoso lugar del pueblo a la ceremonia del mercado.

Me narró como hizo de otras manifestaciones: las puertas de la catedral de Independencia y este digno trabajo le aportó una beca para estudiar escultura en España.

Y en su viaje después a Granada  para verse en los símbolos escultóricos de Zalcillo, el imaginario de Andalucía. Vuelta hermosa porque allì las escuelas antiguas hablaban de Dios a través de los retablos. Mostrando la Massana catalana y los hechos vividos en el Prado en Madrid; donde embebía  de la gran escultura desde Cánovas hasta Francisco de Lorenzo.

 Su viaje a Francia para ver a August Rodin y más su puerta del Infierno. La obra de Madrazo y los misterios del arte italiano.

  Ya Elbano Méndez Osuna había afirmado con una escuela de Bellas Artes para San Cristóbal, mientras desfilaban alumnos y nuevos profesores, entre una política ignorante de las culturas y un manifiesto de concebir la nueva academia tachirense de las artes.

Más tarde Valentín Hernández, después de ser director de Educación y Cultura del estado, asume la mentora de tan anhelada institución. Elbano Méndez se marcha de San Cristóbal, casi derrotado. Y la nueva escuela, la quinta Academia de Artes, iniciaba la maravillosa época de oro.

«Hablo de Quinta Escuela» porque: La de Orellana en La Grita,1580. La Académica de Marcos León Mariño, de 1913, conjuntamente con Rafael Pino Farías en la Escuela Bustamante de La Ermita, y la prodigiosa de los Artesanos en Capacho, regalo del general Medina de 1945. Más la cantera de Pepe Melani en la Atenas del Táchira, con medio siglo de ensueños.

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 Entonces Valentín Hernández Useche se hace director de la Escuela de San Cristóbal, idea de Arturo Croce Orozco y fundación de Méndez Osuna.

Convirtiéndose en una ligera época dorada, donde florecieron metas y maestros muy importantes. Mientras el viejo escultor me narraba aquellos acontecimientos caminábamos por su casa, entre dibujos y óleos, como pertenencias a los testimonios venidos de la escuela mexicana, no de Rivera, pero sí simbolismo de Alfaro Siqueiros, casi primitivos, pero propuestas de un deseo entre lo social y poético, el médico tachirense, ahora alicantino Farnesio Molina, nos sirvió de fotógrafo. Llegamos al taller, una gigantesca forma de un gran tronco parecía hacer venir un rostro inmenso desde los formones y las gubias, de un hombre moribundo; hermosa inacabada talla. El maestro sonrió detrás de los cristales de  sus lentes, casi de la época de los años 50. Recordé sus clases de «Dibujo de Estatua», más sus propuestas como escultor, la magnificencia de las patrimoniales puertas de Capacho en su independencia, donde la luna le enseñó la pureza del corazón.

Valentín recordó la carta de Hugo Baptista, presentándome cuando yo era un adolescente, vinieron los recuerdos y sus ilusiones de ser muralista, sus esculturas y hasta la pieza de Antonio Rómulo Costa, regalo para Seboruco.

Las geometrías académicas y la virtud de su escuela, «hoy sin propuestas». Vimos imágenes de sus pasos políticos y el magisterio educacional. Mientras se invocaba el sentimiento del futuro, hablamos hasta de Manuel Osorio Velasco y las calidades y cualidades de Jacobo Stiman, el mayor académico fauvista que vino a San Cristóbal, para ese momento jubilado y perdido en la lontananza de Cúcuta. El también  testimonio de Juan Ferrero Roig.

De los miles de alumnos hechos artistas y de los valores nuevos.

Volvimos a estos recuerdos,  ayer pasé por el Liceo Alberto Adriani, carrera ocho. Y sus puertas, que son símbolos patrimoniales. Tallas alegóricas para lo que sería verdaderamente una escuela artesanal. Aquel portón inmenso, como “La Puerta del Paraíso”.  Agonizando,  y ni los historiadores, ni sus gestores culturales, ni políticos, se detienen para defender el patrimonio antiguo agonizante de la ciudad capital del Táchira, la segunda fundamental de los tachirenses.

Por esto y por Dios de un cristo agonizante, recordé al maestro Valentín Hernández.

Volaron hojas secas de los árboles entre un cielo de amor oculto… Desde un inmenso cedro  contemplaba y desdibujada la figura de un rostro, o de un guerrero. Entre lo poético e infinito. Entre el alma y las cosas que vivió el corazón.

 Porque después de los testimonios, la escuela dejó semillas y habló de los paisajes, se vistió del maestro y planificó las ceremonias.

Un día volví, después de treinta años, y el Museo de Belkis Candiales le ofrendaba un homenaje. Con discursos y pintores. Con aromas de las esculturas y sobre la eternidad un libro de recuerdos.

Han pasado los tiempos y la Escuela de Bellas Artes, hoy  con su nombre, decretos de Ronald Blanco La Cruz. «Valentín Hernández», quien necesita su sede propia para emerger de los silencios y convertirse en respuestas en una universidad de la cultura. Que lleve y sienta la dignidad de un maestro y la virtud pedagógica para hacer verdaderos artistas,  escultores, grabadores, pintores y grandes dibujantes…

 Porque aún viven los recuerdos… y sobre las hojas amarillas esperan las verdades.

* Narrador. Cronista. Artista Plástico. Dramaturgo.

Premio Internacional de Dibujo «Joan Miró» 1987. Barcelona España.

Maestro Honorario.

Doctor en Arte.

Néstor Melani Orozco

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