Opinión
¿Veinte años más?
lunes 14 septiembre, 2026
Antonio Sánchez Alarcón
El tiempo suele ser un juez incómodo para las instituciones. No escucha excusas ni se impresiona con discursos: termina comparando promesas con resultados. En el caso de la Universidad de Los Andes en el Táchira, ese juicio ya no puede seguir aplazándose.
El sistema universitario regional atraviesa desde hace años enormes dificultades: presupuestos insuficientes, pérdida de talento humano, deterioro de la infraestructura y serias limitaciones para sostener la actividad académica. Precisamente por eso las universidades necesitan dirección, imaginación y capacidad para renovarse. Administrar la escasez puede ser una obligación; convertirla en método de gobierno es otra cosa.
Dentro de ese panorama, la ULA-Táchira arrastra una anomalía difícil de justificar: casi dos décadas sin una verdadera renovación de sus liderazgos. Se ha querido presentar esa prolongada permanencia como prueba de resiliencia institucional. Pero conviene distinguir. La universidad ha resistido, ciertamente, aunque ese mérito pertenece sobre todo a sus profesores, estudiantes, empleados y obreros, quienes han mantenido viva la institución en circunstancias extraordinariamente adversas.
La supervivencia no puede confundirse con eficiencia.
Basta recorrer su sede en Paramillo para comprender que el problema no pertenece al terreno de la retórica. El deterioro acumulado obliga a formular una pregunta elemental: ¿Qué puede hacerse ahora, durante un nuevo período de cinco años, que no pudo planificarse, gestionarse o ejecutarse durante casi veinte?
La pregunta no es maliciosa. Es administrativa. Y también profundamente universitaria.
Las instituciones académicas existen, entre otras razones, para someter las ideas y los resultados al examen crítico. Sería paradójico que una universidad enseñara pensamiento crítico en sus aulas y renunciara a aplicarlo sobre su propia conducción.
Además, el problema trasciende los límites de la ULA. La educación superior del Táchira constituye un ecosistema. Sus universidades deben establecer alianzas, compartir investigaciones, vincularse con el sector productivo y participar conjuntamente en la solución de los problemas regionales. Una ULA dinámica fortalece al Táchira; una ULA detenida en el tiempo termina comprometiendo oportunidades que pertenecen a todos.
Por eso el proceso electoral universitario que se abre no debería convertirse en un concurso de antigüedad ni en un homenaje a la permanencia. Las elecciones existen para evaluar gestiones, contrastar proyectos y permitir la renovación. De otro modo serían una ceremonia destinada a confirmar lo existente: una curiosa democracia donde todo se mueve para que nada cambie.
En ese contexto se inscribe la propuesta de “Unidos por el Cambio”, encabezada por el profesor Douglas Barboza y construida desde la docencia, la actividad gremial y la vida cotidiana de la universidad. Su candidatura representa la posibilidad de abrir una etapa distinta, en la cual defender la institución no signifique únicamente conservar sus edificios abiertos, sino devolverle capacidad de crecimiento, influencia regional y excelencia académica.
Nadie sensato puede prometer que un cambio de autoridades resolverá por arte de magia la crisis financiera de la universidad venezolana. El asunto es más elemental: frente a circunstancias extraordinarias hacen falta nuevas respuestas, nuevos equipos y nuevas formas de gestión.
Veinte años ofrecen tiempo suficiente para demostrar una visión y también para evaluar sus resultados.
Ahora corresponde a la comunidad universitaria decidir si prolonga un ciclo agotado o abre otro.
Porque las instituciones también envejecen. Y cuando quienes las conducen confunden permanencia con estabilidad, corresponde a sus comunidades recordarles que ninguna autoridad es eterna.












