Gustavo Villamizar Durán

 

En Venezuela, como en casi todos los países del planeta, la educación está siendo cuestionada a la luz de criterios referentes a su calidad, estos de muy diverso tipo. Los más, sobre todo en las naciones llamadas desarrolladas, provenientes de exigencias del mercado de trabajo y por supuesto, del sector empresarial que aspira a una profundización de los saberes concernientes a la formación de una mano de obra altamente calificada. Sin embargo, la cosa resulta por demás difícil en la sociedad del conocimiento, en la que la reproducción de este se ha reducido a lapsos impensados hasta hace muy poco y su carácter casi fugaz, establece procesos fatigantes de formación permanente como condición mínima para conservar la condición de utilidad para la empresa y el mercado laboral.

Esta explosión del conocimiento y las  casi inagotables vías por donde circula, ha desvencijado el otrora sólido aparato escolar, arrancándole la condición de monopolio del saber y su administración, que mantuvo junto al libro de texto  hasta hace apenas unas décadas. En estas circunstancias, la mirada social se dirige injustamente hacia el docente, haciéndole cargo de cuanta falencia se advierta en la formación de sus ciudadanos. Son innumerables  los denuestos lanzados contra los educadores y la escuela, por no saber y enseñar todo lo que se requiere para concurrir con éxito en medios tan competidos como la empresa y los colectivos sociales en general. En consecuencia, desde los más diversos ámbitos, surgen propuestas de reformas de los modelos educativos, innovaciones educativas y también, de procesos de transformación de la educación y la escuela. Pero igualmente, han aparecido no pocas iniciativas que aúpan opciones desescolarizadas, como las de educación en la casa que ha promovido, desde hace años, la actual  Secretaria de Educación del gobierno norteamericano.

Frente a estas realidades, en el caso específico de Venezuela, el gobierno bolivariano ha intentado una diversidad de opciones, la mayoría de ellas fracasadas y otras tibiamente establecidas sin efectos contundentes. A juzgar por las respuestas y propuestas que se produjeron durante la Consulta Nacional por la Calidad Educativa, aplicada por el ministerio del ramo en el año escolar 2014-2015, boicoteada por el sector opositor del gremio magisterial, es posible hallar, entre muchas causas de las debilidades de nuestro sistema escolar, una que no asoma explícitamente, pero sin duda está presente con asiduidad: la indecisión o resistencia del docente a romper con la rutina cotidiana de la escuela y por supuesto, su apego al “así aprendí” como rémora insalvable para intentar los cambios requeridos con urgencia por los discentes y los tiempos que transcurren. De tal suerte que sin ser la única, es necesario hallar el origen de tal anomalía para procurar su superación.

Al respecto, buscando las explicaciones debidas a lo antes planteado, el profesor César Villarroel (UCV), a inicios de los años 90 del siglo anterior, presentó un interesante trabajo titulado “La Ausencia de la Pedagogía en las Escuelas de Educación”, el cual tuvimos la oportunidad de conversar por horas con el estimado educador e igualmente, consumimos unas cuantas tazas de café con el panita Antonio Arellano, mientras abordábamos el tema. Y es que, entre los años 80 y 90 del siglo pasado se produjeron sendas reformas curriculares en casi todas las Escuelas de Educación del país, caracterizadas en su totalidad por lo que pudiéramos llamar un vaciamiento pedagógico en su concepción y la aplicación del plan de estudios, de tal suerte que ante la ausencia de los saberes fundamentales, básicos, radicales, en la formación de los docentes, dicho proceso comenzó a tornarse más en entrenamiento en un proceso de mero hacer, consistente en aplicación de técnicas y procedimientos, junto a la planificación de jornadas y actividades preestablecidas, puntuales, inflexibles e inmodificables, lo cual convierte al docente en un simple hacedor, aplicador, “baquiano en la travesía”, condenado a administrar la repetición y por supuesto, totalmente alejado  del carácter intelectual de la profesión.

Es necesario, urgente, retornar a la pedagogía como área del conocimiento fundamental en la formación del educador. Ignorar la teoría educativa, el pensamiento educativo de los clásicos, la filosofía e historia de la educación, los aportes de los grandes pedagogos, el estudio de los modelos educativos y los paradigmas desde los cuales se formularon, los movimientos educativos en la historia planetaria, saber de dónde viene la escuela y qué ha sido de su trayectoria, son componentes infaltables de una formación sólida desde la cual brote un educador que supere la condición de operario a la que se le ha limitado y alcance la de diseñador, constructor, guía de procesos y búsquedas, conectados con la realidad presente y sus requerimientos, expresados a diario  en la múltiples exigencias de los discentes.