Colas violentan y limitan los espacios públicos

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Las colas se han adueñado de calles y aceras, y su ordenamiento es a voluntad de quienes en ellas se ubican. (Foto/Tulia Buriticá)
Las colas se han adueñado de calles y aceras, y su ordenamiento es a voluntad de quienes en ellas se ubican. (Foto/Tulia Buriticá)

Dentro de los derechos que la crisis que vive el país ha violentado sin aviso, disculpas o paliativos, la libre movilización por los espacios públicos ha sido uno de los que más sensiblemente nos ha tocado a todos, ante la proliferación de colas, especialmente las de personas que se arman fuera de los bancos, supermercados, y las de vehículos en cercanías de las estaciones de servicio.

Siempre se piensa en el quien debe calarse horas y horas a la espera de recibir una atención; considerándoselo como el principal afectado por el problema de las colas; pero también los habitantes del entorno de ese problema reciben su cuota perniciosa.

No faltará quien considere que vivir cerca de donde se formen las colas puede ser una ventaja porque se agarra los primeros lugares, o puede ejercer sus propios emprendimientos como venta de puestos, vigilancia de vehículos, venta de comida o chucherías, alquiler de baños y teléfonos, en fin, puede aplicar aquello de “al mal tiempo buena cara”. No obstante, no salir con libertad del hogar, no disponer del garaje particular como es debido, o cerrar brechas a la prosperidad de su negocio, no hace que el asunto sea visto con buenos ojos por muchos.

Este problema casi que han sufrido en silencio muchas comunidades, en parte por cierta “comprensión” del origen del mismo, y en parte, porque cuando se ha recurrido a la autoridad en busca de solución, si hay respuesta, la misma resulta insatisfactoria. Los propietarios de supermercados y estaciones de servicio han tratado de tomar cartas en el asunto, especialmente cuando sus vecinos los recriminan agriamente o incluso los denuncian, pero poco pueden aportar más allá de los límites de sus establecimientos.

Contaminación ambiental y sónica traen las colas de las gasolineras. (Foto/Tulia Buriticá)

El problema en San Cristóbal, por ejemplo, ya va para una década, cuando se formaban para conseguir a precios solidarios los productos de la canasta básica, cuando los bolsillos de los venezolanos comenzaban a experimentar los latigazos de la inflación. Hoy en día esas colas en supermercados, tiendas y bodegas prácticamente han pasado a la historia, pues esas mercancías por las que un consumidor, generalmente porfiadas amas de casa, no tenía problemas en permanecer bajo sol y agua, expuestos al sereno y la contaminación ambiental, ya han sido excluidas del presupuesto familiar, o se paga a precios elevados en abastecimientos autorizados, o incluso en efectivo solamente,  pesos y dólares al comercio informal, al cual, y sin ningún tipo de control, se ha montado en muchos hogares.

Esos mismos vecinos obligadamente se han tenido que convertir en espectadores de las trifulcas que se arman en las aglomeraciones para contrarrestar la viveza, cuando no en pugilistas al por la fuerza, luego de  haberse agotado el recurso de los ruegos y la cortesía, intentan salir de sus hogares, estacionar sus vehículos,  impedir el deterioro de sus inmuebles, liberar un área para la recreación familiar, e incluso protegerse del vandalismo que les ronda. En programa de ese show de nuestra decadencia como sociedad y país, se incluye los protagonizados por quienes el hambre o la poca resistencia corporal los ha desvanecido –fallecimientos se han reportado-, o alborotados “desconciertos”, que no hacen sino sembrar el stress al colarse en los  hogares, afectando en especial a los infantes, los ancianos y quienes por patología e incapacidad médica no pueden abandonar sus casas.

Las colas en sí misma representan una agresión visual, una señal negativa del progreso de una ciudad, un contagio del desconsuelo de esos rostros a ratos cansados, a ratos irónicos, a ratos irritados.

Posterior a la extinción de las concentraciones, sus huellas persisten en forma de basura, y hasta en ciertas ocasiones, deyecciones, porque si al menos la urbanidad imperase su impacto sería menor.

Freddy Omar Durán

 

Colas de vehículos

Las colas de vehículos traen otro mal: la contaminación ambiental, y con ella los riesgos para la salud en general. Los gases producto de la combustión de los hidrocarburos se enquistan en el aire, y se confunden con los malos olores de las basuras, que llevan en la calle días sin ser recogidas. Ya las colas han dejado de ser contingencia, y se afianzan, y aún así siguen pasando por debajo de la mesa de las legislaciones, y su control ha sido eminentemente policial, con la carga conflictiva que conlleva.