domingo 3 julio, 2022
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Con mucha resignación y sin abatimiento los vecinos se adaptan a la cuarentena

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Humberto Contreras

A nadie le gusta estar encerrado, así sea en su propia casa, sin más opciones que asomarse a la ventana. Cuando se puede. Y si ese encierro es casi obligado, pues es peor. Pero en estos tiempos que vivimos, ese aislamiento es parte de las medidas que nos pueden salvar la vida y la de nuestros seres queridos o cercanos, por lo que se hace casi obligatorio.

Durante un aislamiento, el cerebro puede ser afectado, si no conseguimos la forma de mantenerlo entretenido, trabajando, o sea, haciendo lo que debe hacer. Y esa afectación la de muestra en sensaciones, actitudes, o actuaciones, que no son normales en el comportamiento habitual persona y que pudieran alterar las relaciones interpersonales con los demás miembros de la familia.

Cada persona puede ser influida de manera particular. Para evitar eso, hay muchas maneras de lograrlo. Por ello, para conocer un poco cómo están pasando la cuarentena algunas familias vecinas entre sí  en un sector de Palo Gordo, en qué se ocupan mientras pasan las horas una tras otra, las visitamos para conversar con ellas.

Cada persona con quien se hablamos, muestra su preocupación por la situación. Pensando cuánto tiempo estaremos en esta condición. Se preguntan cómo se hará en un futuro aparentemente cercano para comprar alimentos, para pagar las deudas que tenemos, en fin, producir los ingresos que nos permiten, mes a mes, saldar nuestros compromisos de vida.

Ayudando en casa y haciendo mecánica

Guillermo Hevia se dedica habitualmente a hacer transporte con un camión volteo. Vive con su esposa y una hija, pero tienen un hijo que emigró. Se fue a Chile. Guillermo también tiene una moto, con la cual se desplaza en estos días para las diligencias impostergables,  como comprar alimentos, o realizar algún trabajito cerca.

Con 56 años no recuerda una situación peor que esta, pero sin embargo, hay que hacerle frente. Nada de echarse a llorar o a lamentarse. Yo hago trabajitos de mecánica. A Guillermo lo conseguimos justamente al lado de su moto. Precisamente, nos dice, estoy haciendo la instalación de la batería, que conseguí nueva y en una oferta. Igual le meto mano al camión, y ayudo a quien pueda.

En casa me ocupo de ayudar a mi esposa en las labores del hogar. Básicamente asear, limpiar, ocupar el tiempo en algo útil. En estos días entre varios vecinos, limpiamos la vereda y nos entretuvimos un rato en eso. Siempre hay algo que hacer, siempre se consigue qué hacer, si uno piensa.

Mi señora por supuesto igual labora en casa, un poco lento, porque tiene problemas de columna, pero hace. Vemos televisión, noticias muy poco, porque “eso es demasiado terror”. Ya sabemos que la situación es preocupante. Así que para nosotros, primero Dios que nos ayude a salir de esto pronto.

Siempre hay algo que hacer

Doña Beatriz y su esposo Francisco se ocupan aseando los alrededores de su casa. Rezan mucho y casi no ven noticias. Es mejor, dicen (Foto/Tulia Buriticá).

Beatriz Navarro y su esposo Francisco Mora, a quien los vecinos llaman amistosamente Kiko, son una pareja ya con “juventud acumulada”, dice ella riendo. Viven solos, pues su hija se fue hace rato a Estados Unidos. Ella, junto con él, no pierde tiempo, laboran en conjunto, o por separado, según las necesidades de la casa.

Cuando los visitamos, ella estaba lavando y limpiando el frente de su casa. Y Kiko, podando la cerca vegetal. Beatriz dice que la cuarentena no les ha producido efectos negativos. Ella sale por las mañanas a la cercana zona comercial, a hacer algunas compras, según vaya habiendo, pues su esposo es un jubilado de Cantv que hace trabajos free lance de electricidad y de telefonía en hogares.

Y ella tiene varias distracciones: Ahora, dice, estoy tejiendo unas barbuchas para mi nieta. También pinto telas, ahora estoy pintando un mantel. Y la distracción es el celular y la televisión. Pero en tv no vemos noticias. Solo películas o programas de distracción.

También ellos le dedican tiempo a escuchar la Palabra. Eso es muy reconfortante, dice. Todas las noches rezamos el Rosario y eso nos mantiene tranquilos, dijo.

Sin transporte y sin gasolina se redujeron los ingresos

José Gregorio Colmenares es un jubilado del Departamento de Mantenimiento Especializado de Corpoelec. Con su esposa Linda Graciela Méndez, son una pareja trabajadora. Están criando un bebé de meses, pero tienen otro niño. Cuentan que tenían un negocito de venta de pasteles cerca del Terminal. Pastelitos, chicha, café, malta, etc.

Uno se rebuscarse, dice José Gregorio, porque con el sueldo de un jubilado no se logra nada. Además de la venta de pasteles, él reparaba aires acondicionado domésticos, entre otras cosas, pero con esta situación, la cosa cambió. Tuvieron que cerrar la venta por razones obvias. Y con la situación del transporte, no hay facilidad para desplazarse por la ciudad para hacer los trabajitos.

Así que ahora regulamos la papa, comiendo de a poquitos, con restricciones. “Hasta estoy utilizando pañales de tela para el bebé, intercede Graciela, porque los desechables… ¡ni pensar! El carro está varado porque no tiene gasolina.

De hecho, afrontan una situación especial, dado que la tía de Graciela, con 67 años, es paciente de hemodiálisis. José Gregorio es quien le hacía el transporte, tres veces por semana, porque en la bomba Rodelca tenían prioridad para este tipo de pacientes. Pero se acabó. Y ahora en la bomba frente al Gimnasio no quieren surtirles. Solo para los de tratados con quimio y radio. Dializados no. A la señora  la llevan en moto, pero es muy riesgoso porque ella se marea y ha estado a punto de caerse del vehículo.

Dentro de todo, sin embargo, el matrimonio se distrae. A veces peleamos, dice -y se ríen ambos-, pero enseguida nos reconciliamos. José Gregorio ayuda en la cocina, pues le gusta cocinar, y en el aseo de la casa, sacar la basura y otros menesteres. Vemos televisión, cuando la luz lo permite. Poca noticia, y rezamos todas las noches.

Comparte con su hijo y su madre postrada

Marina Rojas es jovial y superactiva. Siempre tengo que hacer. Ella atiende a su mamá postrada en cama, ayudada por su hijo (Foto/Tulia Buriticá).

Yo no me aburro. Tengo qué hacer y lo hago, dice muy activa Marina Rojas Palomino. Me distraigo mucho examinando de nuevo cosas que tengo acá en la casa, haciendo la comida y otros oficios del hogar. Escucho música o me meto en Facebook a curiosear con mis contactos.

Con 70 años, ella vive con su madre, de 92, quien está postrada en cama luego de haber sufrido una caída que le fracturó el fémur derecho y le afectó la cadera. Ella no puede caminar, y Marina es quien está pendiente de su mamá.

Generalmente viven ambas solas. Es decir, desde hace tiempo, pues su hijo y los nietos se fueron a Bucaramanga, donde se radicó. Pero quiso el destino que Bernardo decidiera venir a visitar a su madre y a su abuela, y pasar unos días con ellas. Y aquí lo agarró la cuarentena. El comparte con ellas, y la ayuda a sobrellevar los días. Aprendió a hacer pan en Colombia, y acá hace el de consumir en casa. Eso lo entretiene.

–También veo películas para distraerme, dice Marina muy jovial, y videos de distintas labores como pintura y floristería, artes que estudió en una academia. Además, es noctámbula pues se duerme después de la una de la madrugada, aunque despierta temprano. Dice ser hipertensa pero se siente bien de salud, y como ya está acostumbrada a estar en casa, estos días no le han pegado mucho. Le gusta ver noticias, pero todo se lo encomienda a Dios, porque no se saca nada con preocuparse. Solo importa estar bien y en santa paz con el mundo.

 

 

 

 

 

 

 

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