Convertidos en una babel económica mercados del Terminal de La Concordia

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Cada día la fruta se está constituyendo en una exquisitez para la mesa del tachirense que depende de un salario mínimo. (Foto/Tulia Buriticá)

 

Al salir a la caza de los mejores precios de los productos básicos de la canasta básica en el Táchira, uno se da cuenta que ni el nombre actual de la moneda, ni el que le corresponderá dentro de unos días corresponden a la realidad.

Ni es fuerte porque su extrema debilidad no le hace ni cosquillas a la robusta hiperinflación, ni será soberano cuando ya muchas cosas cada día más se cotizan en pesos y en dólares.

En este sentido, los alrededores del Terminal de Pasajeros, en La Concordia, dentro de lo que incluiríamos por supuesto el Mercado de los Pequeños Comerciantes se ha convertido en una babel económica pues cuando te dicen un precio no sabes en que “lenguaje” está dicho.

¿En bolívares o en pesos? ¿En bolívar soberano o fuerte? ¿En efectivo o en punto? ¿A crédito o a contado? Y como no es mucha la ayuda del tendero, el comprador por lo general debe repreguntar antes de llevarse una desagradable sorpresa.

Hay quienes han estado llamando  a ese sector de la ciudad “La Pequeña Cúcuta”, y eso se debe en parte tanto a la oferta de productos colombianos que allí se hace, como el tipo de moneda que esta prevaleciendo para realizarse los intercambios.

Lo que a la larga eso está trayendo es una mezcolanza de precios que agarra desprevenido a la billetera más enclenque, pues a esto hay que sumarle que ya la inflación pega zancadas día a día, y si esto no se frena, hora tras hora.

Pasar por un mercado popular, por las ventas callejeras, o por  los establecimientos comerciales representa casi navegar en mundos distintos, y quien se sabe la ruta, y tiene el recurso para hacerlo, puede ganar enorme ahorro.

Desde los Pequeños Comerciantes las diferencias son sensibles.

Sin punto el arroz partido se puede conseguir a un millón quinientos mil bolívares –cierto eufemismo ha reprimido la palabra “millón” o tal vez sea una actualización en “soberanos”-, y por punto esos mismos productos se elevan a los seis millones, pisándole los talones al salario mínimo.

Igual brecha para la zanahoria que los Pequeños Comerciantes en efectivo se oferta en 500 mil bolívares y en efectivo dos millones, aunque “pateando” la calle la puedes conseguir hasta en 200 mil bolívares.

Hasta para una “tética” de condimentos hay que tener en el bolsillo entre 300 y 400 mil.

Otro tanto ocurre con las frutas que están oscilando entre los dos y tres millones por kilo si es con punto: con esa misma cantidad y en efectivo el comprador podría adquirir entre ocho y diez kilos. Lo mismo aplica para la yuca y la papá, aunque estas dependen de la calidad que prefiera el cliente.

Intentos de orden

En la “Pequeña Cúcuta” la harina, el arroz y el azúcar es ofrecida por personas que van a pie, y que han preferido no quedarse en un punto fijo, por si hay que pegar la huída.

La venden en combo o individual, pidiendo por unidad entre mil quinientos y dos mil pesos, o “para su mayor economía”, tres en cinco mil pesos. Mucho de ese producto en su etiqueta aparece “hecho en Venezuela”, por lo que no cabe añadirle a su precio supuestos costes de importación.

Recientemente las autoridades han intentado espantar el “bachaquerismo” de la zona, el cual se ha instalado muy cerca de los tradicionales carretilleros que ofrecen frutas y verduras.

Aunque las redadas han estado en el  orden del día, los informales se espantan unos días, hasta que se les pasa el susto y regresan.

Una de las medidas ha sido limitar los días de trabajo de jueves a lunes al mediodía a los puestos ubicados en los alrededores del Terminal de Pasajeros, a los cuales también se les ha exigido aceptar billetes de 100 mil y 500 mil. Tal restricción tendría entre otro de sus objetivos, desahogar el tránsito automotor que por allí circula, y que en las horas llega al total colapso. Esa medida sería concomitante a otra que busca limitar a la vía por detrás del Terminal de Pasajeros a un solo sentido.

Quienes allí trabajan no se oponen a los controles necesarios a la actividad comercial callejera; pero eso sí que la ley sea para todos y no para unos pocos. De otra parte consideran que reducir su horario de trabajo, afecta su economía, ya que ellos tienen que comer todos los días y solo se les permite ser productivos menos de cuatro días.

Freddy Omar Durán