viernes 28 enero, 2022
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Duele a familiares y amigos no poder acompañar a sus deudos en los velorios ni en los sepelios

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Nancy Porras


Afecta a los tachirenses no poder cumplir con esa costumbre religiosa de acompañar a los
familiares y amigos en los velorios y entierros. La mirada de muchos se apaga al conocer la noticia de alguien que dejó huella en sus vidas, pero este sentimiento se reprime porque no hay forma de hacer acto de presencia para dar un abrazo de consuelo a los dolientes.

Este ambiente se siente más en los pueblos, donde la noticia del fallecimiento de una
persona se corre en cuestión de minutos y, antes, se recibía como respuesta: esta noche
voy al velorio o mañana los acompaño en el entierro.

Así ocurría en Guásimos.Pero la necesidad de quedarse en casa por evitar el contagio viral, ha frustrado toda intención de asistir a un velorio, la misa o el sepelio.

En ocho días han fallecido tres matronas de Palmira, todas muy queridas no solo por su
familia sino por el pueblo en general. Dos acariciaron más de los noventa años y la tercera estaba cerca de cumplirlos.

Solos en el velorio

A la primera, sus hijos y familiares más cercanos la velaron casi en silencio. Comentaban que en todo momento del velorio cumplido en su casa, rondaban el lugar los efectivos de seguridad para evitar la concentración de personas y así proteger a todos los palmirenses del nuevo coronavirus.

Tampoco celebran misa de cuerpo presente, eucaristía a la que la gente acostumbra
mucho asistir, pero hoy todos los templos están cerrados. Recordó Gerardo Guerrero, vecino de Palmira, que en otros momentos, la iglesia hubiese estado completamente llena, porque era una señora muy conocida y respetada, pero este virus impidió el acercamiento humano en estos momentos de dolor.

Ahora los velorios y entierros se ven solos. Apenas están los familiares más cercanos, y
esto angustia porque uno quiere estar presente y decirle a los dolientes: aquí estoy
acompañándolo en la pérdida física de su ser querido.

Muchos se quedaron sin asistir, otros se arriesgaron y acompañaron a sus familiares o
amigos y otros rezando de sus casas pedían por el alma que dejó este mundo terrenal.

Muchos no pudieron acompañar

¡Se murió la señora Hilda de Ramírez! Tenía 104 años. Me quedé con el sentimiento de no
poderla acompañar, era una gran señora, trabajó toda su vida y fue conocida por las
familias fundadoras del municipio.

Acompañó a su esposo Eloy Ramírez en una bodeguita, “Mis recuerdos”, en la calle dos
con carrera cinco, a una cuadra de la plaza Bolívar, tiempos en que fue conocida por
muchas personas.Uno de sus hijos mayores, dijo que siempre todos la llamaron mami, sus hijos, nietos, bisnietos y tataranietos.

En su casa donde crió y formó sus hijos, no faltó el olor a leña, fogón que durante la mayor parte de su vida, no dejó apagar. Argumentaba que le gustaba tener agua calentando para cualquier cosa.

Nunca se quedó sola. Siempre sus hijos estuvieron atentos a su mami, con amor y
constancia la cuidaron y hoy están tranquilos, porque Dios le dio la bendición de disfrutar
de su progenitora por muchos años y aceptan con resignación que ya no está en este
mundo acompañándolos. Fue velada en la casa de habitación de una de sus hijas mayores.

Matrona que se fue el domingo

Este domingo falleció otra matrona de Palmira. Trabajó muchos años como ecónoma del grupo Monseñor Sanmiguel en Palmira, bastión de su familia, orgullo de todos los que compartieron días de su vida con ella, disciplinada, responsable, humana, católica, siempre con su mano extendida para quien se acercó a pedirle ayuda, madre ejemplar.

Hizo su vida en la calle Los Alegres, espacio muy conocido por todos los que habitan en el
municipio Guásimos. Allí levantó sus hijos, con esfuerzo junto a su esposo.

Este domingo se marchó. En el velorio estuvo acompañada físicamente por pocos
familiares y amigos, soledad causada por la cuarentena.

No obstante, muchos acompañaron a sus familiares con oraciones aceptando la voluntad de Dios desde su casa.
Fue velada en casa, y luego cerca de las dos de la tarde, llevada al cementerio bajo los
cantos de una docente jubilada también muy conocida. Pero las calles estaban vacías.
Pocos acompañaron el cortejo fúnebre.

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