sábado 16 octubre, 2021
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En el barrio Lourdes se pasea la nostalgia

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Siendo uno de los sectores más tradicionales de San Cristóbal, el barrio Lourdes desea recuperar la prestancia de otros años, como uno de los puntos más animados de la Feria de San Sebastián y lugar de residencia de gran parte de la clase obrera que contribuyó a la modernización de la ciudad

Freddy Omar Durán

En su entramado de viviendas, calzadas y escalinatas, el barrio Lourdes encierra el alma de pueblo de San Cristóbal.

Durante casi todo el año, la vida transcurría, más o menos como en cualquier sector popular de San Cristóbal; sin embargo, en los días feriales se envolvía en una sola fiesta que, más que motivo de incomodidad entre sus pobladores, ha sido de orgullo.

No en vano, el templete Antonio Aragón no solo es uno de los más antiguos, sino prácticamente el único que permanece vigente –solo interrumpido por la pandemia- y su emplazamiento actual va camino a su medio siglo de existencia.

Y eso ha sido así, comentó Pedro Pablo Mora, otrora miembro de la junta de acción comunal, por la constancia y orden de los organizadores del evento y, por supuesto, por la presencia de una figura primordial, cuyas honras fúnebres, a principios de este año, fueron celebradas en el mismo sitio que ayudó a consolidar: Mercedes Moreno.

En San Cristóbal, cada barrio contaba con su templete, pero poco a poco cada uno fue desapareciendo, al constituirse en el dolor de cabeza de las autoridades de seguridad e higiene, y en sus funciones de enfermero por los años ochenta, en el Hospital Central, el señor Mora tuvo que ver cómo llegaban heridos provenientes de aquellos descontrolados festejos.

—Era uno de los templetes donde había seguridad,  y eso que nos tildaban de ser un barrio con mala fama. Siempre recibía la colaboración de la prefectura Pedro María Morantes. Tenía renombre y fama: yo tenía familia en Los Llanos, en Abejales, y lo primero que me preguntaban al llegar, en tiempos de feria, era: “¿dónde quedaba el templete Antonio Aragón? Había templetes en la Unidad Vecinal, en La Castra, en el barrio El Carmen; pero eran mal administrados porque no cumplían, como sí se ha hecho aquí, con los permisos de higiene, del Ministerio del Ambiente, entre otros— afirmó el señor Mora.

Una de las que fue testigo, en su juventud, del crecimiento y auge del templete, fue la señora Ana Jesusa Barrientos Gámez, el cual inicialmente tuvo varios puntos de encuentro, hasta que se consolidó en la carrera 18 y se levantó su actual emplazamiento, que recibió el nombre de un famoso comentarista taurino español, invitado especial para las transmisiones radiales de las corridas, Antonio Aragón, y que incluso allá se despidió del público sancristobalense, debido a sus problemas de visión.

—Este barrio era muy lindo, y todavía es bonito. Aquí venían gobernadores y alcaldes, incluso estuvo el expresidente Carlos Andrés Pérez, y también los toreros. La soberana de San Sebastián venía a coronar a la del barrio. Cuando el templete era bueno, mi papá engrasaba un cochino, lo soltaba y el que lo agarraba se quedaba con el animal. Hacíamos carreras de perros, de costal. Aquí hasta se amanecía. Allí se presentó la Billo’s, Orlando y su Combo, Darío Gómez, relató la famosa Chucha.

El empeño de la comunidad del barrio Lourdes es que esa tradición no se pierda, y se termine la suspensión a la que la obligó la pandemia

—Pero todo eso vuelve, con el favor de mi Dios; estamos realizando gestiones para la próxima feria, así sea solo un fin de semana. Tal vez vuelvan esos tiempos en que durábamos hasta el amanecer, se mantenía lleno de gente por más de cinco cuadras, y todos gozábamos de manera muy sana. Incluso había un museo con maquetas de la plaza Venezuela, la plaza de toros, trajes de toreros y otros objetos antiguos, afirmó Ana Jesusa.

Años de consolidación

Con una población de alrededor de 200 familias, el perímetro del barrio Lourdes va de la carrera 17 hasta la carrera 21, y por el Norte, desde la calle 8 hasta la calle 4; por el Sur colinda con los sectores José Gregorio Hernández, Cristo Rey y La Guacara. Si bien se le conoció como Cantarranas, se dice que luego de una procesión por el lugar, encabezada por monseñor Fernández Feo, este, al ver una capillita, que hoy en día se mantiene, con la imagen de la Virgen de Lourdes, sugirió el cambio de nombre.

Es un barrio que cuenta con muchos libros vivientes, como el caso del señor Luis Alberto Sánchez, de 73 años, quien allí nació y ha visto a la zona crecer desde un predio de ranchos de barro, bahareque y lata, hasta casas de bloque, algunas de varias plantas.

—El barrio debe tener un poco más de 80 años. Esto antes se llamaba “Cantarranas” porque había muchas ranas, que se criaban en la quebrada La Potrera y los charcos que formaban las múltiples nacientes que había por acá. Era un barrio despejado, sin asfaltar; las casas eran cajones, con muchos caminos entre el monte, y se cultivaban, especialmente, naranjales y caña de azúcar. Siempre ha sido un barrio muy tranquilo; uno que otro en malos pasos, pero eso ya ha pasado— afirmó Sánchez.

Jugar con cometas, y en medio de las inmensas piedras dispersas por doquier, era la principal entretención de los niños, chapoteando en barriales y bañándose en el afluente.

Eran  tiempos en que no existían los más elementales servicios de agua y luz. Eso, poco a poco, se fue consolidando, aunque sería entre los años setenta y ochenta cuando el barrio Lourdes alcanzaría obras de infraestructura importantes, como el embaulamiento de la quebrada La Potrera, las diversas escalinatas, muros de contención, los arcos festivos por la carrera 18, la pavimentación de las vías, entre otros.

Esa lucha comunal aún continúa, pese a las actuales circunstancias del país, y de esta manera se la logrado rehabilitar el templete a través de la Gobernación del Estado y mejorar el alumbrado público, por intermedio del Protectorado del Táchira.

A través de la alcaldía, la brega ha sido por el aseo público, que, como explicó Pedro Pablo Mora, ya pasa con mayor frecuencia y baja a ciertos sectores empinados, donde a los vecinos solo les quedaba “hacerle la cacería” al camión compactador. Fue deficiente un tiempo, al punto de constituirse en un problema de impacto ambiental, pues ya se estaba tomando el final del embaulamiento de La Potrera, como vertedero.

—Aquí se lograron muchos cambios con la junta de vecinos, en la que participaban los finados, Pedro Mogollón, Mercedes Camacho, Cantalicio Ruiz, pero mucha gente desagradecida decía a nuestras espaldas que “ellos no hacen nada”. El último problema lo tuvimos con la gente del aseo urbano, que no quería bajar por la carrera 19, pero luego nos enteramos que algunas personas eran las que impedían bajar el vehículo porque traía malos olores; pero a los que criticaban sí les era más fácil ir a tirar la basura en la quebrada— agregó Mora.

Un punto preocupante para los habitantes del barrio Lourdes lo constituye el transporte público, sobre todo cuando una parte importante de su población la integran personas de la tercera edad y/o con discapacidad motora y visual, que le cuesta subir del centro o subir a Barrio Obrero, por la escalinata metálica, la más reciente.

—La buseta de la línea Barrio Sucre, que normalmente pasaba por aquí, ya no pasa. Tampoco la que subía por  la calle 4, desde La Guacara. Ese problema está desde la crisis del transporte urbano, que casi desaparece desde el año 2016— denunció Mora.

Lugar mágico

El caudal cristalino en el que se reunían las lavanderas de la quebrada La Potrera, ya no es visible, pues ha sido embaulado en dos etapas, aunque faltaría una tercera para conectarse con el túnel por el que desemboca a la quebrada La Bermeja.

De las nacientes, una sigue prestando sus buenos oficios en tiempos de sequía, e inclusive a la Gobernación del Estado se ha elevado la inquietud de aprovisionarla del sistema de tuberías adecuado, para que siga siendo de utilidad al sector.

Pero si ese paisaje rural prácticamente ha desaparecido, el halo mágico del tiempo de los arrieros no. Todavía hay gente que habla de cosas mágicas que ocurren allí, envueltas en leyendas, como aquella de que el diablo estuvo bailando en el templete.

—Nosotros, a las 7 de la tarde ya estábamos en nuestras casas. Nos decían: “métanse adentro, que se les va aparecer el Silbón”. Una noche, cuando era niña, y con unos amigos -usted sabe que a esa edad uno inventa mucho-, nos fuimos por allá a caminar, cuando escuchamos ese tropel de un caballo que bajaba mandado y era el Silbón. Más nunca nos atrevimos a salir tan tarde— sostuvo la señora Ana Jesusa.

Alguien que habitó por un tiempo una de las pensiones más famosas del lugar, propiedad asimismo del dueño de una de las bodegas más grandes del barrio, y hombre de excéntricas costumbres, relató lo siguiente:

—Una vez estaba con mi padrastro y mi mamá, estábamos jugando ludo, a la una de la madrugada. Escuchamos por la radio unas risas horribles y nos fuimos a dormir, y escuchaba cadenas y todo eso—confesó un antiguo residente, que prefirió no revelar su identidad.

Pero al señor Luis Alberto Sánchez, más que asustarle los espantos, le asusta la soledad de las casas que alguna vez fueron ampliadas para albergar grandes familias, en las que muchos de sus integrantes han preferido migrar en busca de mejores oportunidades.

—En los actuales momentos que estamos viviendo hay mucha gente que se ha ido, que ha migrado a otros países, no sabemos si volverán o no volverán. Aquí se han ido los hijos y se han llevado a sus padres; pero otros aún los esperan. Hay casas donde vivirán dos o tres personas, máximo, y ahí vivían hasta 10 personas. Ellos hacían bulla en las calles, y ahora uno siente más el silencio— soltó con un dejo de nostalgia Sánchez.

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