lunes 6 julio, 2020
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En riesgo producción de papa en el Táchira

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Gersy Sánchez es ingeniero agrónomo. Sus padres fueron agricultores y él siguió sus pasos en este mundo que le es tan familiar. A la fecha, ya cumple 22 años como productor de papa. Su finca está ubicada en Valle Plateado, zona en la cuenca del río Uribante, en la carretera que conduce de La Grita a Pregonero.


Norma Pérez

De ser un próspero productor, ahora se debate en la incertidumbre de una crisis que apenas le permite subsistir. Como él, cientos de agricultores ven desaparecer ante sus ojos los cultivos, con la impotencia de no poder hacer nada.

“En mi caso, que sembraba 10 hectáreas de papa, ahora solo siembro tres o cuatro, si acaso”, manifiesta con tristeza, pues, al igual que él, son muchos los afectados. Algunos cambiaron de rubro; otros abandonaron la tierra, y un puñado persiste en continuar.

Los factores que atentan contra la otrora prosperidad son el alto costo de los insumos, la ausencia de semilla certificada, falta de combustible para movilizar las cosechas, y la inexistencia de un respaldo oficial. Todo se suma para poner en riesgo la producción de un alimento primordial en la mesa de los venezolanos.

“La crisis que se vive en el país, la falta de insumos y fertilizantes, hicieron salir del mercado a los grandes productores de papa y han disminuido la siembra al mínimo de los que aún persistimos. Por el tema recursos nos quedamos sin la cartera agrícola que nos ayudaba. En el año 2017 pasó algo muy importante, pues la cartera agrícola siempre se destinaba al sector ganadero en su mayoría y ese año se dividió, en un 40 % al sector ganadero más fuerte económicamente y 60 % a la parte vegetal, que fue una ayuda pero duró muy poco; después volvimos a quedar a la deriva”, explica.

Tierra bendita

 

De acuerdo con las cifras que aporta Gersy Sánchez, el municipio Jáuregui durante años cubrió gran parte de los requerimientos alimentarios del país, pues las estadísticas de los organismos oficiales indican que hace aproximadamente ocho años se producía el 30 por ciento de la papa y la zanahoria de todo el estado Táchira, convirtiéndola en zona altamente productiva.

Dice que esa es una tierra bendita por poseer dos condiciones primordiales: son fincas planas, donde se pueden hacer algunas labores con maquinaria, y se cuenta con la cuenca del río Uribante, valioso recurso hídrico.

Pero actualmente, después de realizar unos estudios de costos, constató que una hectárea de papa está alrededor de siete mil dólares; “muy costoso para nosotros, pues para sembrar diez hectáreas de papa se necesitarían 70 mil dólares, que es una cantidad muy grande. Por lo tanto, no es fácil”.

La última importación de semilla de la variedad “granola”, la que más se consume en el país, se hizo en el 2014, por lo que son siete años sin semilla certificada. Si se compara con los rendimientos en Colombia, con la papa blanca, alrededor de 30 toneladas, y aquí de 8 a 12 toneladas, la desventaja es enorme. “Por eso nos cuesta tanto producir, porque los rendimientos son muy bajos. El año pasado, en el ciclo 2019-2020, cada saco de papa de 60 kilos a puerta de finca salía en 85 mil pesos y lo vendíamos a 80 mil pesos, por debajo del costo, lo que significa una pérdida de trabajo y de capital”.

Como ejemplo, señala que producir una hectárea de arroz cuesta 1.800 dólares, mientras una hectárea de papa tiene un costo siete mil dólares, debido a los insumos, que son sumamente caros, pues deben traerse de Colombia porque en Venezuela no se consiguen.

“Todo está dolarizado, 50 kilos de fertilizantes en 30 dólares o 250 mil pesos. El 100 % de las labores son manuales, con seres humanos, porque la topografía en las zonas altas no permite la mecanización, y una gran parte del dinero es para pagar un obrero, cuyo salario está entre 20 y 25 mil pesos diarios, donde se incluye la comida, porque ellos necesitan 4 mil calorías por el trabajo tan fuerte y la altura. Casi un kilo de alimento en el almuerzo, porque el esfuerzo físico es tremendo”.

A esto hay que agregar que en fertilizantes se invierte de un 15 a 18 por ciento del presupuesto, por los altos costos y la escasez que hay en el país, así como el gasto de combustible para desplazarse hasta las fincas, el cual es difícil de conseguir: “. Yo gasto treinta litros en ir y venir hasta la finca; entonces, nos toca repagar en la calle, si queremos trabajar. La producción se fue a la economía informal; gasolina, fertilizantes, la semilla, entonces, es mucho más costoso. La ayuda estatal hacia el sector agrícola de los Andes es nula, y estamos totalmente desprotegidos, trabajando con las uñas”.

En el panorama poco alentador también surgen otros problemas, como es el cierre de la Bolsa Agrícola de La Grita, donde semanalmente se comercializan los diferentes rubros. En esto momentos, los productores se reúnen en una plaza, pero para Sánchez esto es contraproducente, debido a que es un espacio reducido y sin techo, en esta época de invierno. Además, el consumo ha caído y cuando van a negociar a la Bolsa Agrícola, los precios están muy bajos y no se cubren los costos de producción.

Inminente paralización

Gersy Sánchez considera que entre un 60 y 70 por ciento del sector agrícola está paralizado en los rubros de páramo, como son la papa, zanahoria y cebolla. Sobre esto influyen muchos factores, cosechas perdidas, el aspecto económico, climatológico, la mano de obra colombiana; muchos se regresaron con la crisis del país y los páramos quedaron despoblados.

“Hay un gran número de fincas abandonadas, sobre todo las más alejadas, con carreteras en mal estado, y sin recursos para hacerlas producir. Si no hay una cartera agrícola que impulse al sector, se generará un caos en la siembra y cosecha de hortalizas. Hubo momentos estelares en el 2010, que llegamos a 350 mil toneladas anuales, y casi cubrimos todo el requerimiento nacional”.

Aun así, Gersy Sánchez y los productores de Jáuregui siguen abriendo los surcos para continuar con la labor que aprendieron de sus antepasados. Dice que seguirá “guapeando”, pero de continuar sin poder cubrir los costos, cada día habrá menos agricultores y, por ende, menos comida en el plato y la mesa de los venezolanos.

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