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Madrugar para rendir 6 horas de luz

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 A las 3:10 de la madrugada la alarma del celular de Sonia Guerrero se activa. Y entonces, de este se desprende el único destello que como un relámpago rompe la oscuridad del cuarto, de la calle, pues aún no se ha restablecido el servicio eléctrico.

Afuera cae una lluvia leve. No obstante, Sonia sabe que ha llovido fuerte en algunos tramos de la noche. Hace frío. Pero la docente apenas tiene oportunidad de disfrutar de aquel instante, que como una máquina del tiempo, la lleva a su infancia, en su natal Pregonero, y a aquellas madrugadas en las que el frío era tal, que incluso se podía oler.

De pronto, de golpe, la realidad la invade y la hace caer en la cuenta de que no tienen gas y que deben cocinar con leña, pero ha llovido y tal vez la leña esté mojada. Se incorpora, dando gracias a Dios por el nuevo día, a pesar de todo.

Al poco rato, la lluvia amainó por completo. Iluminándose con la linterna del celular, se asoma al traspatio de la casa, para comprobar que, en efecto, algunas ramas y trozos de leña –muy pocos- sobrevivieron al diluvio. Ya entonces, siente los pasos de su esposo, quien también con el rayito de luz que nace de su móvil, se dirige al garaje en donde, extrañamente, Romeo aún duerme.

Debajo de aquel cielo, aún encapotado, los vecinos del sector José Félix Rivas de San Rafael de El Piñal, en el municipio Fernández Feo, en el sur del estado Táchira, comienzan la faena. Deben aprovechar las seis horas de luz que se supone han de tener hasta las nueve de la mañana. Se escuchan llantos de niños, un automóvil que se enciende a lo lejos, la voz de la vecina de Sonia que llama a su hijo para que se levante y termine una tarea.

Mientras abre la nevera, que lleva días sin congelar del todo, reflexiona en que la energía eléctrica debía de llegar a las 3:00 de la mañana y nada. Y es que tal y como lo comenta la profesora de Castellano y Literatura de la Escuela Técnica Agropecuaria de Fe y Alegría de Naranjales, esta realidad parece una novela de García Márquez, en la que se usa la técnica de la caja china, en donde un relato nace de otro: «Bien, en nuestra Venezuela actual un problema origina otros, y así vamos, como una casa con goteras, donde tapas una, y en la próxima lluvia surgen otras, hasta que el techo parece un colador», comenta la docente.

Son casi las cinco de la mañana. La energía eléctrica aún brilla por su ausencia y Sonia le comenta a su esposo que su hija debe enviar ese día un resumen al WhatsApp de un profesor. 

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Para ello, se hace preciso navegar en Internet, pero los datos fallan, prácticamente, no funcionan. La crisis eléctrica que azota al país es un obstáculo más para docentes, representantes y alumnos, a quienes se les vino encima, junto con la pandemia de la COVID-19, la educación virtual y a distancia. 

Frente a esta escena que suele repetirse, sobre todo, en estas semanas en las que se han registrado fallas también en las plataformas de Movilnet y Movistar, han recurrido a un vecino que ofrece Wifi colombiano. «Un gasto más, un golpe más en pesitos, que a veces no se puede pagar», apunta.

A las seis y media de la mañana se restituye el servicio eléctrico. El marido de Sonia corre a conectar la motobomba, pero el agua no sube al tanque. Tal vez, aún no han abierto la llave de paso, se dice a sí mismo.

Entre tanto, Sonia se dirige deprisa al cuarto. Debe aprovechar la energía eléctrica para cargar los celulares y el power bank. Luego, pasa por la habitación de sus hijos. Los despierta. Les dice que se paren rápido, para que aprovechen la luz y terminen las tareas.

Finalmente, saca la masa de harina de la nevera, enciende la cocina eléctrica para hacer café, y siente un nudo en la garganta, al recordar que apenas llegó la luz, se escucharon algunos aplausos y exclamaciones. «Por Dios no nos debemos acostumbrar; no nos debemos acostumbrar», dice.

Raúl Márquez

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