POR Daniel Pabón


Una noche del año 1999 llamaron a Mario Moronta a presentarse en la Nunciatura Apostólica de la Santa Sede en Caracas. Contaba entonces 50 años de vida; los últimos tres y medio, siendo cabeza de la Diócesis de Los Teques, en Miranda. Pero los planes del papa Juan Pablo II eran otros. El nuncio apostólico le comunicó que había sido designado Obispo de San Cristóbal.

Hacía un año ya que, también una noche, se había apagado el corazón de Marco Tulio Ramírez Roa, el titular de esa mitra desde el año 1984. La sede vacante la cubría Baltazar Porras, entonces arzobispo metropolitano de la vecina Mérida. Cuando le preguntaron si estaba dispuesto a aceptar el relevo, Moronta reafirmó su total disponibilidad y obediencia.

Se había planteado tomar posesión lo más pronto posible, pero el recién elegido presidente Hugo Chávez estaba de gira internacional por varias semanas, lo que retrasó el plácet del Gobierno. La Iglesia acordó, luego de recibirlo, que darían a conocer el nombramiento el miércoles 14 de abril de 1999.

Con fecha de ese día, mes y año, el Diario Católico imprimió en portada el comunicado de la Nunciatura Apostólica que hacía oficial la buena nueva. Una comisión del clero de San Cristóbal conformada por los monseñores Raúl Méndez Moncada, Nelson Arellano Roa y Vicente Rivera Mora, junto al presbítero Otto Cárdenas Colmenares, lo visitó la semana siguiente para saludarlo y transmitirle el entusiasmo del pueblo del Táchira.

Entusiasmo, precisamente, no sintieron el presbiterio y la feligresía de Los Teques. Moronta estaba terminando la restauración de la catedral y se disponía a diseñar el plan diocesano de pastoral. Para colmo, su mamá había enfermado de gravedad. Al flamante obispo electo, sacerdote desde el 19 de abril de 1975, no le resultaba fácil tener que alejarse más de 800 kilómetros de ella.

Aunque esa distancia la acortaron los dos padres y el hijo el 19 de agosto de 1999, el día que llegaron a vivir a la Ciudad Cordial, ella expiró apenas ocho días después, el 27 de agosto.

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Un peregrino entre peregrinos

Nativo de Caracas, como precisa la biografía de su Twitter, Mario del Valle Moronta Rodríguez quería insertarse desde el principio en los montes y valles andinos. Sabía que el Santo Cristo y Nuestra Señora de Consolación eran los dos íconos fundamentales en la vida de fe y de la Iglesia de este pueblo. Por eso pidió iniciar su peregrinación en La Grita y Táriba, antes de entrar por vía terrestre a San Cristóbal, como una manera de ofrecer al Rostro Sereno y a María del Táchira su ministerio episcopal. Así lo hizo, desde El Delgadito y Pueblo Hondo Encima hasta la plaza Juan Maldonado.

El 18 de junio de 1999, durante la toma de posesión, acompañado por el hoy cardenal Porras. (Archivo)

El 18 de junio de 1999, día viernes, tomó posesión de la Diócesis de San Cristóbal. Obispo, del latín episcŏpus, traduce ‘inspector’, ‘supervisor’. No fue ese el tono de aquella homilía, en la que más bien dijo que venía al Táchira “con la conciencia del sacerdote pastor que debe conocer a sus ovejas y, ante todo, dejarse conocer por ellas”.

Dos décadas más tarde, al repaso de aquella proclama, Moronta renueva que ese ha sido su objetivo y que sigue tratando de cumplirlo:

—Nunca me he sentido extraño en esta tierra. Aunque nací en Caracas y trabajé principalmente en el estado Miranda, cuando llegué a esta Diócesis venía con la intencionalidad de hacerme tachirense con los tachirenses. He intentado hacerlo y es mi compromiso continuar haciéndolo —se confiesa el hombre de 70 años.

Hace 20, al celebrar por primera vez las fiestas de ambos patronos regionales, tomó contacto con una realidad que aprecia por hermosa: la de los peregrinos. Con el tiempo motivó una mejor organización pastoral para la participación en ambas manifestaciones de religiosidad propias de los tachirenses. Con la ayuda de los sacerdotes y de muchos laicos, ha sido motor e impulso de estas masivas peregrinaciones que ahora distinguen al Táchira ante el mundo.

Para muchos, son su obra. Pero él, sin embargo, zanja con modestia que ya existían y que más bien son obra del Espíritu. Lo que ha tratado de hacer, considera, es servir a tantos peregrinos, permitiéndoles recibir una mejor atención espiritual y pastoral.

—Hoy por hoy, la respuesta sigue siendo maravillosa. Pero creo, de verdad, que el responsable de este crecimiento es el Espíritu Santo, quien actúa en cada uno de nosotros. —insiste, al también considerar que el Santo Cristo de La Grita y la Virgen de la Consolación de Táriba, de los cuales se reconoce devoto, son los íconos que iluminan el camino de la fe y de la Iglesia local. Su Iglesia local.

Las cruces destacan en su despacho de la Curia. (Archivo/Diario La Nación)

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Ese camino andado

Próxima a cumplir 97 años, la Diócesis de San Cristóbal encuentra en Mario Moronta a su quinto jerarca. Empezó la obra el valenciano Tomás Antonio Sanmiguel (1922-1937), hoy Siervo de Dios y en ruta a la santidad. La continuó el güaireño Rafael Arias Blanco, entre 1939 y 1952, promotor de un Seminario Mayor. Le siguió el capitalino Alejandro Fernández Feo, quien ocupó 32 años -el que más, hasta ahora- la Curia. Y lo sucedió Ramírez Roa, el de Cordero, único tachirense de nacimiento que ha alcanzado esta dignidad en su propia tierra. Otros 14 paisanos fueron o son superiores, desde en Barcelona hasta en el Congo y Gabón.

Con la ayuda de los sacerdotes y de los laicos de las diversas parroquias, Moronta comenzó las visitas pastorales y los encuentros con los diversos grupos. Con modestia, asegura que ha caminado todos los caminos del Táchira.

En 7.305 días de ministerio episcopal ha aprendido a ser “gocho” y a amar esta tierra, a su gente, a su presbiterio, a sus tradiciones. Le gustan los pastelitos sabrosos y la pisca andina y, aunque no es muy fanático del fútbol, se considera hincha del Deportivo Táchira.

Trata, eso sí, de identificarse con las alegrías y las esperanzas, así como con las angustias y dificultades que sufren los tachirenses. Y exponerlo con verbo claro en homilías y declaraciones de prensa le ha valido descalificaciones, con subidas de volumen en los últimos años, desde las voces del poder.

Varios son los hitos en lo que va de obispado de Moronta. La realización del II Sínodo (junta del clero) de la Diócesis, instrumento para la renovación de la Iglesia. El fortalecimiento del Seminario, con un nuevo Proyecto Educativo acorde a las exigencias de la hora actual. La formación de los laicos, con el Consejo Diocesano de Laicos, los consejos pastorales y económicos parroquiales y el Plan de Pastoral.

También, la consolidación de la Universidad Católica del Táchira con su moderno parque universitario y el haber conseguido el reconocimiento oficial, por parte de la Santa Sede, como Universidad Católica, con todo lo que ello implica. Y el esfuerzo por fortalecer el presbiterio, con una formación permanente y el acompañamiento que debe tener con ellos.

—Hemos ido haciendo camino —balancea. Esto ha implicado, claro, hacer esfuerzos para estar en las sendas de la cotidianidad.

Moronta le dio la bendición al papa Francisco en nombre del pueblo venezolano durante la Visita Ad Limina de septiembre de 2018. (Cortesía/CEV)

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La senda por venir

Nos la jugamos con la gente —sentencia, con firmeza. Por eso, además de las visitas todo el año a las comunidades, de las tomas de posición en apoyo a quienes lo requieren, particularmente a los más sufridos, en todas partes a donde va, incluida la Conferencia Episcopal Venezolana, de la cual es ahora primer vicepresidente, trata de hablar del Táchira, con sus riquezas y dificultades.

Riquezas, como la fe de la gente, el Seminario y los sacerdotes, que el prelado considera “regalos hermosos” que ha sabido colocar entre sus prioridades. Dificultades, como toda la obra que viene haciendo a favor de la frontera. No le resulta fácil, pues observa muchas incomprensiones. Pero afirma que está con la gente y con el pueblo: “Nunca me he arrepentido de sentirme miembro del pueblo”.

Este martes, 18 de junio de 2019, 20 años después, tendrá misa de acción de gracias bajo la reliquia de la Consolación, en la basílica de Táriba. Y a partir de mañana, empezará a escribir su tercera década como pastor de los más de un millón de católicos tachirenses.

Mario Moronta proyecta más impulso a la renovación de la Iglesia y al compromiso solidario con todos los hombres y mujeres del Táchira y de la frontera con Colombia. Desde esa mirada, buscará seguir animando a todos.

Hay muchas cosas por hacer, dice una vez. Sueña en un futuro cercano con la Facultad de Teología; que la UCAT pueda tener nuevas divisiones académicas. Está promocionando el Diaconado Permanente y espera que puedan hacerlo realidad con ocasión de los 100 años de la Diócesis de San Cristóbal, en el año 2022.

Hay muchas cosas por hacer, insiste por segunda vez. Desea que lleguen a su culminación los siete procesos de beatificación iniciados desde su Curia y que podamos tener acá beatos y santos del Táchira. Quiere seguir haciendo que su presbiterio siga fortaleciéndose, como el Seminario, como la vida consagrada, como el laicado.

Hay muchas cosas por hacer, repite por tercera vez. Pero, en medio de ellas, lo que más quiere es poder ser fiel a Dios y al servicio a todos, sin excepción. Su lema episcopal es su continuo desafío: servidor y testigo.