domingo 29 noviembre, 2020
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Sin teléfono y con racionamiento de 12 horas prepara clases virtuales 

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Siempre quiso ser educadora. Estudiar educación para ser igual a sus mejores docentes y así ayudar al desarrollo de su entorno y del país. Tuvo la oportunidad de estudiar licenciatura en Educación, mención Arte, lo que le permitiría desarrollar además su perfil como bailarina y promotora cultural. Desde hace tres años inició su viaje como docente en el turbio mar de la educación venezolana.


Por Raúl Márquez

Desde el año 2017, Andrea Malena Quintana Garzón iniciaba su periplo como educadora en las aulas de la Escuela Técnica Agropecuaria Fe y Alegría «Pbro. Rubén Darío Mora», de Naranjales, en el municipio Fernández Feo. En plena crisis económica y de los servicios públicos, así como de desabastecimiento de alimentos, comenzó a realizar su sueño.

—Uno estudia porque quiere legar a sus hijos un futuro mejor. Un mundo de oportunidades. Por eso, a pesar del gran esfuerzo que significa educar hoy en Venezuela, sigo adelante, por supuesto, exigiendo a los entes ministeriales nos brinden un salario digno y las condiciones tecnológicas necesarias—subraya.

Relata desde la sala de su casa, ubicada en San Rafael de El Piñal, tras atender a un niño —comenzó a dar clases dirigidas para ayudarse—, que desde el mes de julio su teléfono celular colapsó y que para terminar las actividades del año pasado contó con el apoyo de unas compañeras que recibían las tareas de sus alumnos y luego se las hacían llegar en un pendrive.

–– En este momento es una de mis preocupaciones: cómo iniciar las actividades online sin equipo celular. La idea era adquirir por lo menos uno barato, antes de comenzar clases, pero con esta situación es difícil y la prioridad es la alimentación de mis hijos––, aduce mientras un aguacero se desata en “la puerta del llano”.

Camina una hora para llegar al colegio

Pese al panorama de los últimos meses, cuya crisis se ha agudizado con la llegada del nuevo coronavirus, reitera en la idea de seguir adelante con su trabajo, con un sueldo que no alcanza para nada y el hecho de caminar, por lo menos, una hora diaria para llegar al colegio donde labora.

–– Mi historia es una de las miles que vivimos los docentes en Venezuela. Pero en el caso de los maestros y profesores del Táchira y, específicamente, de Fernández Feo, enfrentamos un racionamiento eléctrico de doce horas diarias, acompañado por fallas en las telecomunicaciones e Internet, que hacen aún más difícil el cumplimiento de nuestro trabajo– expone la docente.

Cada fin de semana, junto con su esposo —también docente—, coloca una mesa frente a su casa, donde ofrece empanadas y pasteles a vecinos y transeúntes. «No podemos quedarnos en el aparato. Hay que rebuscarse los pesitos, eso sí, de manera honesta y sin afectar a nadie».

Otra preocupación que la invade, en estos días previos al primer encuentro con sus estudiantes, es no contar con los equipos completos de bioseguridad. «Algo que me atormenta es que la próxima semana vamos a recibir a los alumnos y, tanto ellos como nosotros, no contamos con suficientes implementos para evitar contagiarnos del nuevo coronavirus. Eso realmente me preocupa», puntualiza, con mirada seria.

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