martes 15 septiembre, 2020
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Sobrevivir con una pensión entre pinceles y poemas 

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El arte en general no solo se concibe para exaltar la belleza, también es un medio idóneo para ironizar sobre el tiempo que nos ha tocado vivir, para abordar, de manera crítica y cruda, una realidad que no siempre respeta al ser humano, aseveró, mientras ordenaba sobre una mesa una serie de afiches, a los que se ha dedicado en estas semanas de cuarentena.


Raúl Márquez 

Alfredo Enrique Araque Rincón vive en Los Manguitos, una pequeña población del municipio Fernández Feo. De sus 66 años de vida, comenta que ha dedicado 44 a la pintura.

«Valga resaltar que en los últimos meses también he escrito poemas y ensayos, inspirados en pasajes de la literatura griega», subraya. Cabellos grises, alborotados, ojos temblorosos debajo de unos cristales que sostiene con una especie de liga detrás de la cabeza, como si fuese una visera, porque las varillas de los lentes se le dañaron y no ha podido arreglarlas.

Suele despertar de madrugada con imágenes literarias crepitando en su cabeza o con algún paisaje trazado en su imaginación, pero no puede levantarse a comenzar a trabajar en ello, porque en esos momentos no cuenta con electricidad.

Y de este modo, se van repitiendo los días, con algunas obras inacabadas o que dejan de ser, no solo por los prolongados cortes eléctricos, sino por la escasez de agua, de gas, y el tener que salirle al ruedo a una realidad que, a su juicio, en muchos casos, sobrepasa cualquier ficción.

«Esta situación que padecemos parece sacada de una novela de terror, donde caemos a un pozo sin fin y a pesar de ello seguimos y nos reinventamos, y así vamos. Por eso pinto y escribo, para desahogarme», puntualiza.

La sala de la casa donde vive Araque Rincón hace las veces de taller. Paisajes en tempera, figuras y atardeceres llaneros, un Don Quijote trazado con chimó; artesanías cuya materia prima son huesos de ganado, se hallan desperdigados sobre repisas, en el suelo, colgados en las paredes.

Luego de mostrarme parte de su producción, señala que hace meses impartía clases de dibujo a un grupo de niños y adolescentes en San Rafael de El Piñal. Entonces solía caminar unos cuarenta minutos de ida y otros cuarenta de vuelta, entre su casa y el sitio en cuestión, para, de este modo, ahorrar el dinero del pasaje. Además, comenta que almorzaba en un comedor social que funciona en la parroquia San Rafael Arcángel, pero con la llegada de la pandemia no pudo seguir atendiéndolos.

Relata, por otra parte, que antes de la cuarentena, caminaba de madrugada con dirección a la sede del Banco Bicentenario, con el propósito de cobrar la pensión. Que ha sido su única entrada económica fija en los últimos años.

«Es duro lo que vivimos los viejitos para retirar nuestras pensiones en Fernández Feo. A las cuatro de la madrugada, se encuentra a los abuelitos recostados a las paredes o dormidos en las aceras, cual si se tratara de unos vagabundos o borrachitos», ríe con ironía.

Siente decepción ante la inoperancia de quienes gobiernan y prometieron tantas cosas a los pensionados, para luego tratarlos como unos inútiles.

«No se trata de que nos den un bono, que en medio de todo, sirve para algo, sino que nos ofrezcan las condiciones para seguir produciendo, para morir con dignidad», afirma, preparando el fogón para cocinar la cena.

Prepara exposición

En cuanto a su participación en actividades culturales, ha dictado talleres, compartiendo su experiencia y conocimiento con niños y jóvenes. En este particular, asegura que hay madera y potencial en muchos de sus alumnos.

«A pesar de la situación crítica, de las fallas en los servicios públicos, y de lo caro de los materiales, hay un buen grupo de jóvenes talentos en nuestras comunidades. Ojalá sigan adelante y no se decepcionen. De hecho, quiero organizar una actividad cultural para dar a onocer sus trabajos».

Subraya que en este mundo dominado por lo superfluo, es necesario sembrar la semilla de la búsqueda cultural y de valores humanos en las nuevas generaciones, para erradicar el egoísmo y la corrupción.

«La cultura es una herramienta política, de dimensiones inescrutables. Y pese a todo, es necesario seguir cultivándola» puntualiza, en medio del humo que brota del fogón que arde en el traspatio y que invade toda la casa.

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