Supermercados se han convertido en museos repletos de productos

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Montañas de harina precocida esperan por consumidores que no se deciden en comprarla. (Foto/ Marlyn Pernía)

La época de las amanecidas y las respectivas colas de transnochados para adquirir a precios regulados ciertos productos de la canasta básica ha desaparecido. Tal vez sea el indicativo  del nuevo rumbo que la economía venezolana ha tomado.

Ahora los bachaqueros andan en cuatro y dos ruedas, perfilando negocios más lucrativos como el de la gasolina, con miras ya no de obtener bolívares sino dólares y pesos a como dé lugar.

Igualmente el paisaje desolador de años recientes de anaqueles solitarios o rellenos de confitería y pasapalos, u otras fruslerías ha dado paso a una abundancia de productos por los cuales antes los consumidores eran capaces hasta de caer en una lucha a muerte.

En esta economía que no solo nos suministra provisiones sino que nos “entretiene” –entretenimiento macabro, por cierto- los supermercados en la actualidad, en la apreciación de muchos, parecen museos donde el mirar y el no tocar impera.

La harina, la pasta, la leche, la mayonesa, el arroz, el aceite, hasta la salsa de tomate, nos hacían tomar la heroica decisión de madrugar para hacer cola, exponer la seguridad y la salud en ellas, e incluso, en transformarnos en las fieras que nunca pensamos íbamos a ser para confrontar al bachaquero, al empleado del supermercado, al funcionario policial y hasta el mismo gerente del establecimiento si es posible.

Una situación de alrededor de una década, más aún, si alguien va a recordar este década en el Táchira, y gran parte de Venezuela, debería llamarla la “década de las colas”. Todo empezó con los infantes, con los recién nacidos, para los cuales la leche escaseaba. Una situación similar se vivía en los supermercados oficiales, en los cuales el decir era que quien allá hacía cola era porque quería o porque realmente la pobreza no le permitía nada más, ya que los supermercados privados lo ofrecían todo a precios, digamos altos, pero aún así ajustable a cualquier salario por mínimo que fuese.

Después el problema fue con la harina de maíz, el azúcar, la margarina, los artículos de limpieza, el arroz la mayonesa, y el aceite, hasta la sal estuvo al borde de la extinción, en un momento determinado. Calarte una cola de hasta un día completo en principio podía permitirte adquirir un combo de productos escasos; pero luego se redujo a uno solo, de tal manera, que según el parecer particular, la cola merecía o no merecía la cola.

Y con esas colas vino el negocio del bachaquerismo cuyo potencial mercado estaba ubicado en territorio colombiano, y luego se ubicó en el propio país, donde a punta de especulación, el venezolano se aprovechaba del venezolano, donde los que por múltiples razones no se podían dar el lujo de  perder momentos preciosos de su vida a cambio de tres pacas. Las colas se contagiaron de tan mala fama, que a quien veían en esos menesteres, lo miraban con sospecha; más o menos como hoy ocurre con la gasolina.

Supermercados con ofertas

Hoy los supermercados intentan con ofertas atraer a los clientes, pero sus ofertas no pueden remontar un costo de la vida que se acelera sin freno. Es así como vemos, que carnes y verduras, que pueden ser pagados por punto, se encuentran en precios relativamente más altos que si se pagan en efectivo; pero no al doble de diferencia como en meses pasados.

Esos mismos productos por los cuales la gente se abalanzaba como depredadores sobre su presa, se estrellaban los clientes entre sí y hasta entre ellos mismos se rapaban de las manos, o hurtaban subrepticiamente, hoy forman montañas y montañas, por la cuales muchos pasan de lado, sin que pareciera que existieran. Teniendo en cuenta que el salario mínimo va por los 40 mil bolívares, un cálculo al voleo, que apenas alcanza para cuatro o cinco de esos productos al detal, olvidando carnes, verduras, artículos de higiene personal, etc etc…

Hoy en día la moda es comprar en Cúcuta, donde afirmar si es más económico o no es una pregunta muy relativa, que depende del cambio del día, y la misma carestía por la que esa ciudad atraviesa, producto precisamente de los compradores en masas que allá llegan.  Lo cierto, es que muchos aprovechan que les llegó la remesa, para hacer de una vez el mercado, sin tener que pasar por el trance de convertir dólares, euros y pesos en bolívares.