jueves 2 febrero, 2023
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Con maestría, los diestros se entregan en la fiesta brava

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Es la cuarta tarde de sangre sol y arena en el coso de Pueblo Nuevo en pleno desarrollo de la XVIII Feria Internacional de San Sebastián, enero de 1982; sale el segundo astado, “Cantaor” del hierro Torrestrella, de preciosa estampa, al que Tomás Campuzano capeó con apego a las estrictas normas del arte, con la pañosa en todos los registros y con faena completa de largas tandas de naturales que elevaron la temperatura de los aficionados.

Suena la música, el diestro andaluz sigue entregado y el animal, noble bravo, de mucha casta y trapío toma la muleta y sigue sin derrotes, en el camino que le muestra en el aire del arte el torero. Los olés se atropellan en todas las gargantas y salen a volar los pañuelos blancos en petición de indulto. La exigencia es aceptada.

Empieza el paseíllo para dar inicio a otra cita de la fiesta brava.

Vuelve para el cuarto animal de la tarde El Niño de la Capea y se enfrenta a “Listillo” armando la escandalera con la magnífica faena, y nuevamente la autoridad reconoce al astado de Torrestrella para que vaya a mugir nuevamente a los prados.

Cierra el venezolano Morenito de Maracay con “Tunante”, al que le hace salir a flote todas las condiciones para que sea devuelto el animal vivo a los corrales.

La concurrencia parece atornillada a sus localidades. Tres toros indultados, ocho orejas, seis de las cuales simbólicas. Se dieron en los desmedidos del entusiasmo tres rabos simbólicos que no solo rubricaron una tarde de luz y esplendor, sino que hizo saltar los teletipos de las agencias internacionales de noticias para dar a conocer el acontecimiento taurino a nivel mundial, surgido tras dieciocho años después de haberse iniciado la fiesta brava en el Táchira, que se puso en la retina de los amantes de este festejo tan complicado, tan criticado, pero tan concurrido desde que los españoles colonizaron América.

Ese fue un año en donde la miel de los éxitos era saboreada: El ruso Ramazan Galialetnikov era el campeón de la Vuelta al Táchira en Bicicleta; la brasilera Eliana Pitmann se presentaba en el Hotel El Tamá; Yadelci Omaña era la Reina de la Feria, y la fiesta la había organizado Iraima Ruiz de Guerrero, presidenta del Concejo Municipal de San Cristóbal.

Tal fue la euforia del suceso, que la empresa de Hugo Domingo Molina ofreció un “souvenir” por ese memorable viernes 22 de enero con los señores de la torería: El Niño de la Capea, Tomás Campuzano, ambos españoles, y el venezolano José Nelo “Morenito de Maracay” que pasaron a la historia de la tauromaquia mundial.

No ha habido repetición de esta gesta en el coso que hoy lleva el nombre de Hugo Domingo Molina, el hombre que no solo trabajó por el engrandecimiento de la Feria, sino por el prestigio de sus actividades.

No ha habido repetición de una tarde taurina tan formidable, pero los tres indultos en una misma tarde han quedado sellados para toda la vida, en donde el trinomio: toreros, ganado y público, alucinaron con algarabía este tipo de celebración milenaria.

Para este viernes 27, en ese mismo lugar se espera otra corrida con los grandes José Garrido, Andrés Roca Rey de Perú y el crédito venezolano Jesús Enrique Colombo.

Víctor Matos

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