Crónica de una periodista en la frontera: Lo más peligroso, la cobertura en Venezuela

1752
A la salida de San Cristóbal la Guardia Nacional impidió el paso de los vehículos que se desplazaban hacia San Antonio del Táchira. (Foto Carolina González)

La meta estaba del otro lado de la frontera. Milagros y Thais, su mamá, viajaban como voluntarias para colaborar en el pase de la ayuda humanitaria desde Colombia a Venezuela. Aunque las tareas eran distintas, había un objetivo común: Llegar a Tienditas. La cobertura de la jornada de ingreso a Venezuela de la ayuda humanitaria en la que ellas serían voluntarias era la tarea.

El punto de coincidencia fue la buseta que partió el viernes 22 de febrero desde el terminal del Big Low, en Valencia. Las vivencias fueron las mismas: Una concentración de vecinos en la autopista del Sur, en Tocuyito, al parecer en apoyo a Guaidó. Tres alcabalas de la Policía Nacional Bolivariana en Cojedes que retrasaron el viaje en  al menos dos horas. En todas había la misma petición: Bajen los hombres con sus maletas.

Cerca de las 6:00 de la mañana del sábado 23, a la salida de San Cristóbal una alcabala de la Guardia Nacional impedía el paso. “Las busetas no pueden seguir, todos a caminar”. La protesta de la gente motivó la primera represión del día. Al menos 10 bombas lacrimógenas en pocos segundos obligaron a mujeres con niños en brazos y otros caminando, ancianos y a todos los pasajeros a iniciar a pie un trayecto que en carro tarda dos horas.

A la salida de San Cristóbal la Guardia Nacional impidió el paso de los vehículos que se desplazaban hacia San Antonio del Táchira. (Foto Carolina González)

“El que quiera llegar que camine”

Desde distintas unidades comenzó a bajar la gente y a formar un grupo que a cada momento aumentaba en número. La solidaridad comenzó a aparecer. Un camión ofreció el primer “empujón”. Luego una buseta que atravesó Capacho hasta que otra alcabala de la GN obligó a desalojarla. La orden era que los vehículos no pasaran. “El que quiera llegar que camine”.

Desde San Cristóbal, grupos de vecinos se organizaron para alquilar unidades para el traslado hasta la frontera. Ellos habían logrado burlar las alcabalas hasta ese momento.  No sin resistencia, algunos consintieron en trasladar a algunos peatones, no muchos, la mayoría siguió caminando. A bordo, la mamá que se quedó sola con su esposo porque sus hijos debieron emigrar, argumentaba las razones de su presencia. No se ocultaban las lágrimas cuando recordaba que es solo por teléfono como puede comunicarse con sus hijos en Perú y en España. La falta de oportunidades en Venezuela los obligó a marcharse.

El recorrido a pie incluyó caseríos, zonas empinadas, algunas con escaleras, que demandaron un mayor esfuerzo físico. Esto, sin embargo, no fue impedimento para seguir.

El acoso de los colectivos

Pasadas las 12 del mediodía llegó la caravana a San Antonio del Táchira. La meta, el puente Simón Bolívar, estaba cerca. Pero en la mente de los seguidores del gobierno estaba el empeño por evitarlo. En sus acciones también.

El hostigamiento de los colectivos se hizo presente durante todo el paso por San Antonio. El cruce a la izquierda en la redoma de San Antonio para tomar vía hacia el puente no fue posible. Encapuchados armados lo impidieron. Ya antes habían lanzado lo que varios definieron como morteros. También pasaban en moto entre las cerca de 500 personas que ya integraban una colorida y alegre marcha.

 

Los colectivos se apostaron en distintos puntos de San Antonio para impedir el tránsito de los manifestantes. (Foto Carolina González)

La decisión fue seguir vía Ureña, hasta llegar al puente de Tienditas. El recorrido de unos 13 kilómetros se inició con empeño, la meta estaba cerca. En el camino, los habitantes obsequiaban agua para tomar y hasta una manguera apareció para refrescar a quienes en ese momento ya tenían unas 7 horas caminando.

 

Las camionetas último modelo

Los caminantes divisaron una avioneta que descendía en el aeropuerto Juan Vicente Gómez. Apenas aterrizó comenzaron a salir de las instalaciones numerosas camionetas último modelo, cuyos ocupantes exhibían armas largas y cortas con las que hacían disparos al aire.

Sin inmutarse la marcha siguió. En lo que sería la última curva antes de llegar al puente de Tienditas apareció un pelotón de uniformados. Dos ballenas y al menos 50 hombres trajeados de GN, disparaban lacrimógenas y perdigones de manera inmisericorde.

De su lado salieron grupos de motorizados encapuchados y armados, disparando al aire hacia el sitio donde estaba la concentración. En principio la marcha se dispersó. Las granadas parecían nuevas, el gas pimienta picaba con mucha fuerza.

Milagros y Thais tomaron rumbo desconocido. Esquivando el gas y los perdigones llegaron a un pueblo donde los habitantes las ayudaron a cruzar una de las trochas.

La persecución a los presentes, y en especial a los periodistas, fue extrema. Pasar desapercibida era la mejor opción para mantener un poco de seguridad durante la cobertura en un escenario de conflicto extremo como este.

El monte como refugio

El monte era el mejor refugio. Con insistencia, los colectivos atravesaban la carretera que conduce a Ureña. Mostraban sus armas y la decisión de utilizarlas. “En la defensa del gobierno no hay nada que nos detenga”. La convicción de que estos sujetos tienen “licencia para matar con total impunidad” reinó en el ambiente. Salir del monte en ese momento no era una opción. Caravanas de motos con sujetos vestidos de militares también recorrían la vía.

Los heridos comenzaron a aparecer, se contaron al menos siete. Un joven detenido y por obra de Dios liberado por los militares, se unió a quienes retornaban.

Unas dos horas más tarde comenzaron a desandar el camino los últimos integrantes de la caravana que inició su recorrido a las 6:00 de la mañana a la salida de San Cristóbal. Ya sabían que los GN y colectivos habían quemado la ayuda humanitaria que intentó cruzar por el puente Francisco de Paula Santander, en los límites con Ureña. De los asistentes nadie se esperó una reacción así. En el fondo tenían la esperanza de que los militares entendieran que esas medicinas y alimentos beneficiarían, incluso, a sus familiares. Esto no ocurrió.

De regreso a la redoma de San Antonio, cerca de las 6:00 de la tarde, un recorrido por la vía que conduce al puente Simón Bolívar mostró la realidad en esa zona. Cauchos quemados, piedras, restos de lacrimógenas y negocios saqueados eran parte del panorama que retrataba lo acontecido en el lugar durante todo el día.  Aún a esa hora los militares y algunos colectivos disparaban. Las camionetas último modelo seguían recorriendo el pueblo, pero esta vez escoltaban varios autobuses vinotinto con personas que gritaban a todo pulmón que esa ayuda no pasaría.  Fue un espectáculo que se prolongó un buen rato.

Los rezagados de la caravana, los que se quedaron solos luego que todo el mundo regresó, tuvieron que tomar decisiones. O emprender el retorno caminando, lo que lucía muy peligroso dada la presencia de colectivos en la zona, o el refugio en alguna posada. Esta última fue la opción para seis de ellos. Un cuarto con al menos 20 camas en el sótano de una de las casas los albergó durante una noche que se sabía que podría ser muy larga. Afuera se escuchaban los disparos. La certeza de que permanecer en la redoma sería un atraco seguro y algo quizás peor, incrementaba las gracias a Dios por haber conseguido donde pernoctar.  Nuevamente la solidaridad afloró y hubo quien asumió el pago por la mayoría con el compromiso de la cancelación posterior, pues muchos habían costeado unos gastos previos que los dejaron sin un bolívar.

Por Carolina González – leer completo en El Carabobeño