viernes 30 septiembre, 2022
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«En el Darién nos perdimos por varias horas» (II)

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Omar asegura que durante su paso por la extensa selva no escuchó nada malo, no vio animales salvajes ni grupos armados, pero es algo que “no se lo recomienda a nadie»
Con apenas 19 años, fue víctima de una confusión por parte del sistema judicial del país

Ya había pasado más de una semana desde que Omar, su novia y su primo salieron de Chile con el propósito de llegar a Estados Unidos. Cuando los tres jóvenes llegaron a la selva del Darién, comenzó para ellos un camino difícil y tortuoso. Recorrer 575 mil hectáreas y saber que se puede perder la vida, no es sencillo de asimilar.

Cuando llegaron a la selva, el guía los contó y les dio un número a cada uno, debían entregárselo a un indio que los esperaba unos kilómetros más adelante, en una aldea.

Adentrados en el Darién, dos guías comandaban el recorrido. Uno iba adelante dirigiendo el camino, y el otro iba atrás procurando que nadie se quedara y se perdiera.

Empezaron a subir la primera montaña y todo marchaba bien. Estaban cansados, pero podían seguir caminando. Cuando ya llevaban cinco horas en la selva, se encontraron con la montaña La Llorona, y fue ahí donde comenzó la odisea.

Antes de comenzar a subir La Llorona vieron gente que se quedó varada en la selva. Omar comentó que hay un señor con muchas llagas en las nalgas y las piernas que no puedo continuar porque supuestamente se le habían explotado unas varices.

Junto al señor estaba una señora que también estaba muy enferma y se hacían compañía, las personas que iban de paso les dejaban comida, provisiones, pero nadie se frenaba por mucho tiempo porque no querían perderse en la selva.

Se dice que a la montaña le llaman La Llorona por la leyenda originaria de México que, según la historia, es el alma en pena de una mujer que ahogó a sus hijos y luego arrepentida, los busca por las noches asustando con su llanto.

Sin embargo, hay otra teoría, y es que la Llorona hace llorar hasta al hombre más fuerte. Súper inclinada, extensa, resbalosa, llena de lodo y con muchas ramas y árboles espinosos.

Omar dice que durante su paso por la extensa selva no escuchó nada malo, no vio animales salvajes ni grupos armados, pero es algo que “no se lo recomienda a nadie». 

Cuando los tres llegaron a la cima de la Llorona, pensaron que ya habían pasado la parte más “candela” y se sintieron un poco tristes y desanimados porque aún les quedaba mucho camino por recorrer. 

“Bajar La Llorona es más peligroso todavía. Había mecates que estaban amarrados de árboles para que la gente prácticamente termine de escalar sin protección. Nos tocó bajar casi que pegaditos, hasta con las nalgas. Llegando al río le dimos muchas gracias a dios porque muchas personas casi perdieron la vida”, contó Omar.

Luego que pasaron la segunda montaña les tocó acampar porque cayó la noche y llovió fuertemente. Bajando la montaña, el morral de Omar se rompió por completo, pero ahí mismo consiguió uno abandonado, mejor que el que tenía. Guardó sus cosas y a las 6:00 am ya estaban desayunando una galleta con jugo para continuar la travesía.

En ese momento ya solo contaban con la mitad de la bolsa de pan, tres latas de atún y dos sopas instantáneas.

Lea: “Estar preso por error en Venezuela da más miedo que cruzar el Darién” (I)

Comiendo poco para que les rindiera la comida que les quedaba, subieron y bajaron montañas, cruzaron ríos, caminos pantanosos, y recorrieron cientos de metros.

“Continuamos el camino hasta que oscureció. Acampamos, logramos comer otro poquito y dormir. Nos tocó tomar agua del río porque ya no teníamos. Al segundo día en la selva le tuve que decir a un guía que me prestara su cocina portátil para hacer la sopa y menos mal porque esas sopas fueron las que nos dieron vida”, comentó.

Omar y su novia se perdieron en la selva por más de una hora. Relató que lo que hicieron fue seguir las huellas que había en el camino hasta que llegaron a un río y se consiguieron con otras ocho personas que también estaban perdidas. En ese momento llegó un guía que iba de regreso y les indicó por dónde debían seguir.

Según información de  Chamos Noticias Panamá, la cifra de venezolanos desaparecidos hasta el 17 de julio de 2022 asciende a 76 personas, de ellos siete son niños.

Julio de 2022 se ha convertido en el mes en el que se han registrado más muertes de venezolanos en el Darién. Al menos 14 personas fallecieron. Sin embargo, no existe una cifra oficial sobre los muertos debido a que muchos cuerpos son abandonados en la selva o no llegan a ser identificados.

La luz al final del Darién

Ya habían pasado seis días en la selva del Darién, cuando finalmente llegaron al campamento del Abuelo, hambrientos, deshidratados, cansados y sin fuerzas. Les alegraba que ya faltaba muy poco para salir del «infierno del Darién», como muchos migrantes han denominado a la región.

Las plagas los devoraban, pero eso no fue impedimento para que esa noche descansaran y recargaran sus energías. Cuando Omar despertó y vio que muchas personas del grupo no llegaron, le agradeció profundamente a Dios por el hecho de estar vivo.

Para continuar el camino debieron tomar una piragua, una embarcación pequeña que les cobró 25$ por persona para que los llevara a un campamento de la ONU donde se tenían que quedar para que las autoridades panameñas los registraran. Luego otra piragua los sacaría totalmente de la selva.

Fueron cuatro horas de camino y ahí sí escucharon monos salvajes que rugían como tigres. El primo de Omar vio una anaconda que estaba por el río y aunque solo se le veía parte del cuerpo, dijo que era gigantesca.

Lejos del Darién, agarraron un camión que les cobró 40$ por persona, pero no pensaron dos veces en pagar el dinero porque el ambiente se veía bastante peligroso.

El comisionado de la Secretaría General de la OEA para la crisis de migrantes y refugiados venezolanos, David Smolansky, indicó a través de su cuenta en Twitter que más de 28 mil migrantes venezolanos han cruzado la selva del Darién en el primer semestre de 2022.

Para Omar, haber atravesado casi toda latinoamérica y la selva del Darién no fue tan peligroso como todo lo que tuvo que vivir en la Penitenciaría General de Venezuela (PGV), en San Juan de los Morros, estado Guárico.

Con apenas 19 años, dice haber sido víctima de una confusión por parte del sistema judicial del país. Llevar el mismo nombre de un homicida y vivir en La Dolorita, municipio Sucre del estado Miranda, fue el pase directo a la cárcel.

“La selva del Darién sí me dio miedo, pero no tanto como la cárcel en Venezuela. Ahí a la gente le daban tiros delante de mí. Uno tenía que ver cómo “derretían”, derretir es que le meten cualquier cantidad de tiros en la cabeza a alguien por comerse algo ajeno o hacer algo indebido, como le abrían huecos en las manos a los presos con tiros y como se entraban a cuchillo”, comentó González.

Su paso por Centroamérica

En Costa Rica agarraron un taxi para llegar hasta San José, la capital. Cuando llegaron, el terminal estaba cerrado. Les tocó pernoctar a las afueras hasta las cuatro de la mañana, hora que salía el primer autobús con destino a la frontera con Nicaragua.

En la frontera con Nicaragua tuvieron que pagarle a un coyote para que los guiara y los pasara por la trocha. Dos horas caminando, más el cansancio acumulado que les dejó el, Darién les destrozaron los pies, pero aún así, siguieron para poder cruzar la frontera.

“Cuando pasamos el río en unas balsitas, que llegamos a Nicaragua, fue otra locura: charcos negros, agua estancada, mosquitos, súper asqueroso, pantano”, dijo Omar.

Llegaron a Nicaragua y varias personas los ayudaron. De aquel grupo de 40 personas solo quedaban cinco, Omar, la novia, el primo y dos más. La meta, en ese momento, era llegar a Managua, pero antes de agarrar el carro que los llevaría al pueblo de San Carlos, tuvieron que meterse por una finca privada para evitar un punto de control fronterizo. 

“Era de noche, estaba lloviendo, duramos como una hora escondidos en el monte hasta que pasó una gandola y nos dio la cola. Nos enfermamos por la lluvia y el maltrato de tantos días viajando. El camión nos dejó en Managua, ahí sí nos tuvimos que hospedar porque ya no aguantábamos más. Estaba súper cansado, enfermo, me dolía todo…”, dijo.

En este punto de la travesía de Omar, ya había logrado dejar atrás ocho países, pero su cuerpo le empezaba a  pasar factura por tantos días sin dormir bien, de comer a deshoras y poco, de tanto caminar y esfuerzo físico constante. Tenía, tos, gripe, fiebre, dolor de cabeza y en todo el cuerpo. 

A Omar solo lo reconfortaba el hecho de saber que estaba a tres países de llegar a Estados Unidos. Aunque sabía que le faltaba bastante camino por recorrer y enfrentarse con otros desafíos, su ánimo y fe en dios lo impulsaban a seguir avanzando, caminando, pidiendo colas y evitando controles fronterizos, tal como si se tratara de un videojuego en el cual la meta es llegar a Norteamérica.

A Omar y su grupo todavía le falta enfrentarse a las fronteras de Honduras, Guatemala y México, y también al río Bravo, de aguas profundas y heladas y fuertes corrientes. La frontera de Estados Unidos todavía estaba lejos.

Yeannaly Fermin / @Yeannalyfermin

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