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Las Delicias: más que un refugio, un bálsamo para los caminantes venezolanos

Salida de los caminantes hacia la trocha.

Por Astrid Anselmi y José Capacho

Texto y fotos


Preparación de la sopa.

Nadie iba a pensar que el crujir del hambre de cientos de venezolanos iba a ser apaciguado, por apenas 30 arepas que un grupo de vecinos organizados empezaron a repartir frente a sus casas, donde se empezó a dibujar la ruta de los caminantes.

Las arepitas, bien amasadas y calientes, apenas representaron el inicio de una loable labor que le dio luz a una comunidad para alumbrar el camino de quienes en las peores condiciones buscan salir de Venezuela.

La acción no se quedó solo en una arepa, día tras día se reforzó gracias al tejido de una comunidad dispuesta a brindar abrigo a cientos de personas en estado de vulnerabilidad.

Las horas del día se hacen insuficientes para contabilizar la ola de venezolanos que atraviesa diariamente las carreteras del país, dejando todo a su paso y manteniendo la ilusión de mejorar las condiciones de vidas lejos de su tierra. Pero ni la magnitud de las dificultades, ni la pandemia de covid-19, impidieron que un servicial grupo de vecinos del barrio Las Delicias, ubicado en Capacho Viejo -antiguo municipio Libertad-, tomara la decisión de ofrecer hospedaje y comida a los caminantes.

Lo que inició como un pequeño gesto de amabilidad, se convirtió en un propósito para la comunidad, pues las condiciones de quienes buscan emigrar despertaron un sentido de servicio por el prójimo.

Ver a familias con niños, incluso bebés, pasar descalzos, sedientos, hambrientos e insolados, impulsó a los habitantes de Las Delicias a ponerse en acción.

Fachada de la cancha de Las Delicias.

Una cancha de unos 420 metros cuadrados se convirtió, desde el pasado 9 de octubre, en una parada de alimentación y descanso para miles de venezolanos, en su mayoría provenientes del centro del país. La comunidad nunca imaginó que en el improvisado espacio se llegara a acoger a más de 600 personas diariamente, y mucho menos que se convertirían en una parada de referencia entre quienes caminan desde todas partes de Venezuela.

Para José Carreño y Enrique Depablos, la jornada inicia a las 7 de la mañana, con el lavado del piso de la cancha, escaleras y baños, una tarea que hacen a diario para comenzar a recibir con las mejores condiciones a otros hermanos venezolanos.

Con el pasar del día comienzan a llegar los llamados caminantes que, por referencia de habitantes del municipio e incluso de autoridades, dan con el refugio, un lugar en el que esperan recobrar alientos, al menos durante un par de horas, para continuar con su travesía hacia la frontera.

Al caer la tarde, los encargados del lugar recomiendan a los caminantes no continuar con el recorrido, pues desde Capacho Viejo hasta el municipio fronterizo de Bolívar (San Antonio del Táchira) son aproximadamente cinco horas a pie. Así que quienes llegan luego de las 4:00 p.m. son recibidos para pernoctar en la cancha hasta las 5:00 a.m. del siguiente día.

Al momento de partir son guiados por un camino, una especie de trocha repleta de escaleras que tiene salida a la carretera hacia la frontera, en la que pueden esperar un aventón y esquivar el punto de control de la Guardia Nacional, ubicado a la salida del municipio.

Todo por el prójimo

Letrero de bienvenida al refugio.

“Ánimo, Dios está contigo”, es el mensaje de bienvenida para cada una de las personas que ingresan a la cancha de la comunidad y avistan en los cartones del suelo una pausa al cansancio acumulado luego de tantos kilómetros de recorrido.

No pasan más de cinco minutos cuando los encargados del refugio ofrecen a los caminantes baños para asearse, un espacio para lavar la ropa, descansar y, por supuesto, un plato de sopa caliente para amortiguar el hambre y reponer las fuerzas perdidas.

Después de este ofrecimiento, Jairo Depablos, otro de los voluntarios del lugar, inicia la movilización para conseguir los ingredientes que llenen la olla para el hervido, popular alimento que consiste en una sopa a la cual se le agrega alguna proteína y diversas hortalizas y verduras, cocinada a la leña que horas antes han buscado los encargados del refugio y cortado en los senderos cercanos. Paralelamente, otro de los vecinos asignados va al mercado local a recibir los donativos de los vendedores, que, casi a diario, llenan uno o dos costales con carnes y verduras.

Cuando el escenario ideal se ve interrumpido por la crisis, la movilización en busca de insumos y alimentos es interna. Se va tocando de puerta en puerta, entre vecinos, y recolectan lo que tengan en sus despensas para no dejar de realizar la acostumbrada sopa que apacigua el crujir del hambre de niños, adultos y ancianos caminantes.

Limpieza del recinto. JPG.crdownload

En otro escenario, pero en el mismo ambiente, es fácil divisar la premura por recolectar las monedas y billetes que salen de los bolsillos de todos los voluntarios, quienes se desesperan por conseguir la cantidad de dinero necesaria para obtener los alimentos.

“Yo tengo mil”, dice uno; “yo pongo cuatro mil”, grita el otro. Este acto se repite cada vez que no cuentan con donaciones para realizar la comida solidaria.

De lo físico a lo emocional

 

Los voluntarios de Las Delicias se cargan de energía durante la noche para enfrentar las complejas realidades que a diario les conmueven. El servicio no solo es físico, también emocional. Comprender los problemas que impulsan a los hermanos venezolanos a irse del país y escuchar las contrariedades que resisten en el camino estremecen el sentir de toda la comunidad…hay lágrimas y suspiros entre una historia y otra.

Aunque el sufrir de todos los caminantes es amortiguado en el refugio, el grupo de vecinos siente especial sensibilidad hacia los niños que siguen los pasos de sus padres y marchan sin entender muy bien la realidad que están confrontando.

Leche, pañales, medicinas y otros tipos de atenciones son inmediatas cuando un pequeño lo requiere. La inocencia, representada en risas, juegos y travesuras, reafirma la disposición de todos los involucrados para continuar en la noble labor y no robar la alegría de los más pequeños.   

El refugio Las Delicias no solo brinda alimento, baño, descanso o una pastilla para el dolor de cabeza, también concede esperanza y palabras de fortaleza.

Reina Silva se desvive por escuchar y atender las necesidades de quienes se encuentran, a lo mejor, en su estado más desolador. Desde el despuntar del día aguarda a las afueras de la cancha y recibe a todas las personas con la cordialidad propia del tachirense.

Si alguien no tiene zapatos o su ropa se encuentra deteriorada por las circunstancias, Traki, como popularmente es conocida Reina, está presta para solucionarles. La señora Reina se ha dedicado a recolectar vestimenta, que lava a mano con su propio jabón y la ordena por sexo y talla, para facilitar la atención a quienes necesiten algún tipo de prenda.

“A veces paso de Traki a Marly (nombre de una reconocida zapatería local), porque me quedan solo zapatos”, dice entre carcajadas, pero con la esperanza de seguir recolectando más ropa, especialmente para los niños, a los que ha visto sufrir por temperaturas a las que no están acostumbrados.

Lo trágico

La complejidad del fenómeno migratorio ha llevado a miles de venezolanos a situaciones que comprometen el bienestar. Cuando llegan personas enfermas son referidas a la medicatura de la localidad, gracias a la ayuda de Carlos Chacón, empleado del lugar y vecino de Las Delicias. La mayoría presenta cuadros de deshidratación, desnutrición e insolación.

Otro de los graves problemas que se ven a diario dentro del refugio, es el caso de niños perdidos y abandonados, un escenario común, según relatan los encargados del lugar.

Marta Betancourt, una de las trabajadoras del lugar de abrigo, cuenta que han dejado niños abandonados en el lugar porque sus padres no tienen cómo mantenerlos. Algunas personas han dejado a sus hijos al cuidado de otros durante la noche y en la mañana ya no aparecen. Para evitar esta situación, los vecinos decidieron cerrar la cancha al anochecer y así también resguardar la seguridad del grupo.

Manifiestan una preocupación constante por el paradero de los niños que han pretendido regalarlos a los encargados del lugar, pues al negarse esta responsabilidad, los propios padres advierten que en el camino dejarán a sus hijos, comentó la mujer con notable sorpresa.

“Una señora quería regalar un bebé de 11 meses y dijo que, si no lo recibíamos, en Cúcuta se lo iba a dar a alguien, porque no tenía cómo mantenerlo”.

En auxilio, las Hermanas Marianas -congregación religiosa presente en la localidad- se pusieron a disposición para estos casos, al contar con casas- hogares y poder mediar con las autoridades la protección de los menores abandonados. Ellas son partícipes en la intención de algunas familias que buscan adoptarlos.

Ningún obstáculo es lo suficientemente grande para frenar la labor que se realiza en Las Delicias. Con la fe puesta en la protección de Dios, no temen al contagio de covid-19.

“La pandemia ha sido fuerte, pero Dios nos tiene cubiertos”, dice una de las benefactoras del lugar, Iris Martínez, convencida por la obra que hacen por el prójimo.

En vista de las limitaciones que han presentado por no contar con recursos de manera constante, distintas organizaciones, como Construyendo Conciencias, Cruz Roja, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) y la Organización Panamericana de la Salud (OPS), han respaldado su labor con alimentación y materiales de bioseguridad, a favor de los involucrados y beneficiados.

A pesar de las circunstancias actuales, el trabajo realizado en Las Delicias es una muestra de solidaridad y hermandad. Sin prejuicios de ninguna clase, cada uno de los caminantes que deja a su paso el refugio de Capacho Viejo se despide con el calor y el sabor del último hogar venezolano de acogida.

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