martes 17 mayo, 2022
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Ni la era digital ni la economía han cortado las alas a los libros

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Lejos de lo que se cree, el libro físico no está interpretando su “canto de cisne”, como lo corroboran sus persistentes defensores y algunos reportes; sin embargo, las nuevas realidades del país y del mundo han cambiado su inserción en la realidad, misma que emite preocupantes índices, como el cierre de las librerías y el ostensible alejamiento del lector de las bibliotecas. Pero en su rebeldía ha salido a la calle, al encuentro de quienes ansiosamente lo buscan.


El dato…

Pese a factores restrictivos como el cierre de las librerías y bibliotecas, y el predominio del soporte digital, entre otros, el libro físico aún sigue siendo una joya apetecida.


El 23 de abril es una fecha tan emblemática como el Día del Trabajador, la Navidad y el Año Nuevo –el Día del Padre y la Madre, según el país cambia su fecha-, pero se diferencia de aquellos, entre otras cosas, en que ha recibido multiplicidad de nombres, cuando no el alargamiento de su apellido: “Día del Idioma”, “Día de las Lenguas”, “Día del Libro y la Lectura” y “Día Internacional de los Derechos de Autor”.

Y, más que un exceso de títulos nobiliarios, esto nos habla de que no podemos ensalzar al idioma, ni invocar la defensa del mismo, sin antes poner de relieve los elementos que contribuyen a su evolución, sean estos la exploración concienzuda de todas la posibilidades que el español nos puede dar, a través de la escritura creativa o el discurso coherente bien dicho y bien redactado; a la forma más noble de ejercitarlo, y con ella el entrenamiento de la mente, a través de la lectura, y a la salvaguarda de todo lo anterior mencionado -entre otras funciones-, a través de sus registros materiales, que en libro tiene el sustrato más noble y mejor alcanzado.

Más allá de la apología al libro, como instrumento de la intelectualidad y la creatividad, valga considerarlo como artilugio mágico, no solo partícipe del ritual de la lectura, sino aquel que sucede, en muy distintos eventos aunque correlacionados, desde su nacimiento en la escritura, pasando por la producción del “objeto”, su distribución, su resguardo, y su lucha por conservar  su “temporal” inmortalidad.

Librerías de historia

Como nos cuenta el cronista de San Cristóbal, Luis Hernández, más allá de los nombres mencionados, la historia de las librerías en la capital tachirense se remonta, hasta donde lo permiten los registros documentales actuales, hasta el último cuarto del siglo XIX.

—El dato más antiguo que poseo sobre la existencia de una “venta de libros” en SC data de abril de 1876. Un surtido de libros era ofrecido por la Botica Alemana de Van Dissel en la ciudad, por ese entonces. El Dr. J.J. Villamizar Molina, en su libro “Instantes del Camino”, hace referencia a la primera librería como tal (sin estar vinculada a otro establecimiento), que fue fundada por Rafael María Niño en octubre de 1877, y aún funcionaba al lustro. Una Librería Tachirense es anunciada en la prensa regional en abril de 1879, y en marzo de 1879 se reseña el catálogo de la Gran Librería de Curazao, a través del cual se podían solicitar ejemplares al gusto del lector.  A principios del siglo. en la botica de Lamus y Oquendo se podían conseguir libros, mientras la barbería de Ezequiel Torrealba tenía adjunta su librería. con secciones de temas religiosos, históricos, poéticos y novelescos, relató Hernández.

La proliferación de librerías entre los años 20 y 50 del siglo XX dice mucho de la urgencia del tachirense por contemplar, desde las ventanas desplegadas por los libros, un panorama mundial, en permanente conflagración y cambio, así como un entorno nacional de profundas transformaciones políticas, y una literatura universal sometida a profundas revoluciones.

—La Librería del Carmen, propiedad de Manuel Acosta, funcionaba en 1921. Para los años treinta existía la Librería Bolívar. Manuel Osorio Velasco y Ramón J. Velásquez fundaron la Librería San Cristóbal, que funcionaba en mayo de 1943. De fines de los años 30 es la Librería El Incendio de don Carlos Ramírez Altuve, muy célebre en el centro de la ciudad.  De 1937 era la librería y papelería El Libro, propiedad de don Tito J. Sánchez y Sánchez, contador técnico y maestro masón, dirigente de la logia Sol del Táchira. Leonardo Ruiz Pineda abrió en febrero de 1944, en la calle 9, la Editorial Mundo Libre que ofrecía libros. El merideño Emilio Menotti Spósito fundó en febrero de 1945 la Librería Venezolana y la Casa Villafañe, antes El Libro, estaba abierta en marzo de 1947, anotó Hernández.

Desde los años sesenta y setenta, la inserción del Táchira al sistema de educación superior con la creación de la UCAT, el IUT, el Iufront, la UNET y la ULA-Táchira, obliga el protagonismo de nuevas librerías-

—De los años sesenta son la Librería LUZ, frente al grupo escolar Carlos Rangel Lamus, donde sus propietarios, los señores Albacete de origen español, construyeron su edificio. La Librería Ibérica estuvo en la carrera 6 con calle 5, cerca del diario Vanguardia; la Librería LEO se ubicó en la calle 11 con la carrera 8, la Librería CULTURA estuvo entre las calles 11 y 12, entre el templo del Perpetuo Socorro y el Liceo Simón Bolívar, mientras que la Librería Universitaria de la ULA abrió puertas en el edificio Francisco Cárdenas, en septiembre de 1981. Ya para 1986 nacería la Librería Sin Límite, y posteriormente la Librería de Nacho, agregó.

Entre el apocalipsis y la utopía

Que el libro, como objeto físico, está a punto de desaparecer; que ya no se lee -y por lo tanto, ya no se piensa, al menos por cuenta propia-, son las admoniciones que, en aparente ironía, se repiten y se difunden por las redes sociales, que consideramos adversarios del libro y la lectura, o al menos las buenas lecturas, pues sin esta no podríamos estar en línea con un mundo virtual, y bañarnos de su aparente tsunami informativo.

De otro lado, contrario a profecías agoreras, en este año se ha reportado un resurgir global del libro físico, adjudicado a la pandemia, que nos volcó al refugio en nosotros mismos; aunque desde una realidad más local, han sido los apagones los que han callado las pantallas, han abierto páginas, que solo requiere la luz de nuestra inteligencia e imaginación. Un titilar de la llama que podría no pasar de eso, o podría representar la recuperación de su valor académico, intelectual y recreativo.

Si lo comparamos con la gran masa demográfica, el público lector tachirense puede que sea pequeño, aunque con una fidelidad a toda prueba; a tal punto que se ha acusado a la población de la región de cierta aversión por la lectura, y se ha culpado directamente a la educación de ese mal. Acusación muy ligera, pues el público lector tachirenses está a la altura, o al menos cerca, del larense, merideño, zuliano o caraqueño.

La caída abrupta del mercado lector, producto de la maligna componenda del hechizo digital, la crisis económica, y una pandemia que bajó santamarías, negadas luego a levantarse, han puesto casi al borde de la extinción a las librerías en San Cristóbal.

En la actualidad, en San Cristóbal, la San Pablo, como local, dedicadas exclusivamente a este rubro, se sostienen en la causa, cuando en un lapso de dos décadas atrás aproximadamente existían otras más de gran prestigio, como la Librería Sin Límite en Barrio Obrero, Tecni Ciencia en el Sambil, la CCN al lado del Cine Pirineos, la Proveeduría del Libro Universitario, ubicada en la antigua sede de la ULA Táchira, y la Librería del Sur en Barrio Obrero. En el caso de la Librería de Nacho y el Centro del Libro, se han enfocado más al negocio de la papelería, aunque siguen ofreciendo algunos títulos.

Ernesto Román: Si hay un trabajo en que yo fui libre, fue el de librero

“Ser librero es un sacerdocio”

Dentro del Salón de Lectura, Ateneo del Táchira, funcionó por los años noventa la sede en el Táchira de la Librería Kuai Mare, que fue administrada por el poeta Ernesto Román.

Para él no fue un trabajo más, y eso lo deducimos de la emoción reflejada al remontarse a aquellos años. Además de su reconocimiento nacional e internacional como escritor, el libro lo ha lanzado a múltiples aventuras, entre ellas el haber sido responsable del Árbol Editores junto a Adolfo Segundo Medina, quien también fue el librero de la ULA-Táchira y ahora está a cargo de Zócalo Editores.

—Para mí, el mejor oficio que he tenido en mi vida ha sido el del librero, y no es por el hecho de que te vean con un libro debajo del brazo o cargarlos por aquí y por allá, y todas esas extrañezas. El oficio de librero te enseña la responsabilidad que se tiene con el conocimiento y, al mismo tiempo, la libertad que implica ese conocimiento. Si hay un trabajo en que yo fui libre, fue el de librero. Es un sacerdocio, que tiene que ver con el compromiso del hombre, con eso que llamó Hörderlin, que tiene que ver con el oficio más inocente que hay, que es el ejercicio, no tanto de escribir poesía sino de lanzar una mirada poética al mundo, afirmó Román.

Eran tiempos en que muchos tachirenses tenían la posibilidad de “hacer mercado” de libros, y no se quedaban mirando el precio de uno solo, embargados por dudas presupuestarias.

—Con 6 mil bolívares montabas en ese entonces una librería. Era una época en que se vendía bastante. Si cargabas unos 20 bolívares, te llevabas unos cuantos títulos y te quedaba plata en el bolsillo. Si al Ateneo del Táchira entraban 20 personas diarias, 12 se dirigían a esa librería y de esas, 5 compraban. Yo tenía clientes como el defensor del Pueblo de Cúcuta, que todos los sábados me llamaba, pues en ese entonces no había librerías en esa ciudad, para enterarse de las novedades y de inmediato se venía desde allá. Yo tomaba la libertad, digamos así, de leerme las contraportadas de los libros, y ya los veía y sabía de qué se trataba, siempre pendiente cuando los compradores vinieran a consultarme. Un empresario tachirense también estaba muy pendiente y se llevaba una bolsa, o varias, como ocurrió una Navidad, pensando en regalar libros a sus familiares. Los profesores universitarios, algunos, no todos, eran enfermos de adquirir cuatro o tres bolsas de  libros. Eso era maravilloso de verdad, agregó Román.

“Es una pasión”

Treinta y tres años al frente de la Sin Límite cimentaron en Julieta Cantos un compromiso hacia la lectura, independientemente del formato del que se disponga para ejercerla. Para ella, más que una actividad que absorba en su totalidad la vida, debe ser complementaria a esta, a todas las facetas, entre las cuales, por supuesto, las artes y la cultura en general no se excluyen, para su desarrollo pleno y feliz.

—Mi incursión en el mundo del libro data desde que era muy niña, gracias a que tuve padres libreros, pero sobre todo tuve padres lectores, que me transmitieron su pasión por un mundo particularmente creativo y diverso: el de la lectura. Una de las grandes ventajas que ofrece el libro es la capacidad de imaginar, de enriquecer el vocabulario, de viajar, de transpolar experiencias, y sin necesidad de moverse. El mérito de leer en nuestra época cuando no existía el actual desarrollo tecnológico de los medios, no era gran cosa; el mérito es leer ahora, a pesar de la TV, de las actividades extracurriculares: música, deportes, idiomas, de los juguetes electrónicos, el internet, las redes y las computadoras. Y es que no se debe pretender ni querer que lo único que hagan nuestros niños y jóvenes sea leer. No. No se debe querer prohibir el resto de las maravillas a las que tienen derecho por pertenecer a la época que les corresponde vivir. El esfuerzo debe centrarse en que lean, a pesar de todo esto, afirmó Cantos.

Para Julieta Cantos, la creación de la Librería Sin Limite fue la pieza que faltaba y encajaba en una tierra que no se ha cansado de procrear artistas e intelectuales de primer orden.

—Eso es el libro: pasión, pero también debe tener norte. Diré algo que todos ustedes saben: San Cristóbal pertenece a una región que siempre ha estado vinculada al hecho cultural, y ha participado de forma importante y decisiva en la construcción y desarrollo del país, aportando poetas, escritores, artistas, músicos extraordinarios y políticos, muchos de ellos presidentes.

Gerson Bautista lleva cuarenta y cinco años con su quiosco a las afueras del edificio Uribante, vendiendo todo tipo de libros, nuevos y usados.

Poco a poco se levanta el mercado

El cierre de tantas librerías en ningún momento se traduce en la clausura del mercado del libro. Casetas y puestos tradicionales en el centro de San Cristóbal lo han llevado sobre sus hombros en estos tiempos de pandemia; también vendedores ambulantes, con textos sacados de sus propias bibliotecas o que le han regalado, han tirado sobre las aceras variedad de títulos pertenecientes a colecciones de los años 90, 80 y 70.

La otra alternativa la han constituido las ferias del libro, tanto para el intercambio como para la compraventa, al aire libre y en entorno cerrado, que han surgido esporádicamente o han contado con cierta regularidad, como la implementada por la Fundación Púrpura Poesía, que ha dado un ejemplo imitado por muchos.

Los dos quioscos más antiguos dedicados a la venta de libros nuevos y usados se ubican en la Quinta Avenida, a tres cuadras de distancia, el uno, entre calles 9 y 10, propiedad de Isis Rivera y su hermana Nirvana Rivera, y el otro en toda la entrada del edificio Uribante, propiedad de Gerson Bautista.

Julio César Rivera y Arusiris Prato hace casi cuarenta años fundaron el “Quiosco El Amigo Lector”, y cuando estos decidieron emprender otros rumbos fuera del país, sus hijas no dudaron ni por un momento retomarlo, pues ellas se criaron y crecieron entre montañas de libros encerradas en paredes metálicas. El negocio se extendió a San Antonio, sede que permanece cerrada, y el pionero ahora en la ciudad de Cali, Colombia, se dedica a algo similar.

—La pandemia fue fuerte, pero igual se vendían uno o tres libritos y ahora, gracias a Dios, se está mejorando mucho la venta. Se está volviendo a la lectura, tal vez la gente se aburre con estos apagones. Mi papá empezó con las revistas “vaqueras”, y poco a poco fue comprando libros usados y luego nuevos. A la gente le gusta leer, sobre todo mucha autoayuda y formación financiera, afirmó Isis Rivera.

Rivera adjudica el cierre de muchas librerías a los elevados costos que implica el libro nuevo, y esto ha intimidado a muchos lectores a tomar la opción del libro de segunda.

—Los libros son mentes abiertas para aprender muchas cosas, de historia, de filosofía, de espiritualidad. Los temas son infinitos -el libro nuevo es muy costoso, y seguimos sosteniendo el de segunda para que la gente no deje de comprarlos. Nosotros los recibimos, evaluamos su estado y, si hay que repararlos, lo hacemos aquí, agregó Rivera.

Por su parte, el quiosco de Gerson Bautista, con una existencia de 45 años, se ha hecho reconocible por la gran cantidad y variedad de textos escolares en uno de sus extremos, mientras que el otro constituye un rinconcito muy especial para los amantes de la lectura. Hubo un tiempo en que cuanto libro de autoayuda, especialmente, llegaba a sus manos, lo trajinaba, y también fue muy fanático de las Leyendas del Táchira de Lolita Robles de Mora, un auténtico best seller de la región. Hoy en día, las cataratas lo han apartado de ese placer.

—Con la venta de libros pude criar a mis 5 hijos. Yo le empecé a trabajar a un señor que vendía lotería, aquí mismo, me vendió el punto y seguí con él. Poquito a poquito, en estos días nos hemos levantados, y me sorprende ver a mucha gente joven, que tal vez ha leído el texto en internet; pero les ha gustado tanto que quieren tenerlo en físico, relató Bautista.

Con tres mil pesos en el bolsillo, ya la gente puede escoger el volumen de su predilección. En su concepto, la falta de dinero, más que el desinterés por la lectura, ha espantado a la clientela.

Freddy Omar Durán

 

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