Los integrantes del Ensamble de Percusión Par 21+, del Sistema de Orquestas, han forjado disciplina al aprender la ejecución de instrumentos. Sus padres aplauden la evolución. La inserción social, no obstante, continúa siendo una tarea pendiente


POR Daniel Pabón

Ejecutan más de un instrumento. Jesús, por ejemplo, toca redoblante y platillo, pero también la güira, como ahora. Otros más la batería, el vibráfono, las congas, los timbales y la campana que lleva los tiempos. A la cuenta de tres del profesor, todos se coordinan en uno y ‘La lambada’ se escucha perfecta desde la marimba. Sus padres, orgullosos, acompañan con las palmas. Claro que alguno se habrá aguantado las ganas de llorar de alegría.

“El alma no tiene discapacidad”, se lee en la franela de César Romero, uno de los dos directores del Ensamble de Percusión Par 21+, conformado por una nómina de 36 jóvenes tachirenses con diferentes condiciones como síndrome de Down, autismo, retardo, dificultad motriz y auditiva e incluso déficit visual.

Este domingo será el Día del Niño y muchos de ellos entraron precisamente siendo eso, niños, pero al cabo de nueve años se han vuelto adolescentes y jóvenes. Este es el tiempo que lleva prestando servicio esta agrupación adscrita al Programa de Educación Especial del Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela, la obra inmortal del José Antonio Abreu, el maestro fallecido hace cuatro meses.

“La música fue el despertar del alma en estos jóvenes para ponerlos al servicio de la sociedad: dejaron el yo interno y explotaron el yo externo para exhibirlo, como una vitrina, al mundo”, interpreta Gilberto Mogollón, padre de un muchacho con la alteración cromosómica conocida como síndrome de Down.

El cambio más positivo

El profesor Romero, a la izquierda, dirigiendo al grupo. (Foto/Tulia Buriticá)

La música es pilar fundamental para el desarrollo social de niños y adolescentes con condiciones especiales.

Llegan con timidez pero, desde que entran al grupo, cambian de actitud. La música los “despierta”. Se sienten incorporados, se saben útiles. Forjan mucha disciplina. No están ensimismados, ni en casa encerrados. Asumen una responsabilidad, porque con El Sistema dejan de ser alumnos para convertirse en músicos. Y crecen en pluralidad, no en singularidad. Todas son frases de los padres, certificadas en sus propias historias familiares.

“Esto es un trabajo de grupo y de familia, es una misión también que tenemos las madres y los padres de dejar nuestros trabajos y quehaceres en el hogar para dedicarles a ellos el tiempo que merecen”, valora la representante Nancy Martínez.

Vienen de El Piñal, de Rubio, de Santa Ana, de Capacho y de varias comunidades del área metropolitana de San Cristóbal. Algunos incluso a pie, por la crisis del transporte público, como Coromoto Vivas junto a su hijo con autismo. El muchacho es inquieto, intranquilo, pero la música fue su terapia. La madre se emociona cada vez que, en un concierto, él puede parecer distraído antes del acto, pero en el momento en que el director da comienzo, se concentra y sigue todas las instrucciones.

En el Ensamble ofrecen conciertos y galas con frecuencia. “El que no los ha visto no sabe lo que se pierde”, coinciden quienes ya les han aplaudido

Igual ocurre en casa, dicen otras representantes: a veces, cuando la ansiedad les puede, sus hijos agarran y ejecutan su instrumento musical; así se entretienen y relajan.

“Cuando uno los escucha tocar y ve lo que son capaces de hacer, para uno es todavía más orgullo tener un hijo con esa condición”, expresa Milena Cárdenas, representante de una joven que toca timbales.

Pero la inserción a la sociedad de estos niños y jóvenes parece más un vía crucis diario: en la parte educativa, no en todos los institutos -públicos y privados- los quieren recibir. “Hay mucha discriminación allí”, apunta Cárdenas. En materia de atención y formación, la emigración de profesionales especializados también afecta la consecución de unas terapias que, además, resultan cada vez más costosas. El acceso a los medicamentos ameritaría otro texto. Y, en lo social, son discriminados incluso en las colas. “Es muy lamentable que no se tenga conciencia de que ellos son tan ciudadanos como cualquier otra persona”.

Terapia de valientes

Compartiendo con el profesor Merchán, a la derecha. (Foto/Tulia Buriticá)

Cuando Félix Zambrano y su esposa conocieron que su hijo es autista, empezaron a buscarle formación especializada. Lo llevaron a una escuela pública, pero de allí lo sacaron. Su mujer siguió insistiendo, incluso acudiendo varias veces a El Sistema, y ahora ven que esa constancia ha rendido frutos. Ella, de hecho, decidió estudiar Educación Especial a raíz de esta bendición que llegó a casa. Ya se graduó con honores.

“Tenemos que pregonar lo que nosotros hemos hecho de nuestros hijos; hay otros niños que se quedaron sin salir porque los padres se quedaron en la casa, como dicen a veces, para no pasar pena”, considera Zambrano.

“El alma no tiene discapacidad”, es su lema

La música ciertamente para los muchachos es una terapia, coinciden César Romero y Franco Merchán, directores del Ensamble. Cuentan que algunos, por su condición, les costaba autocontrolarse, pero con el paso del tiempo han ido corrigiendo su conducta. También la música incide positivamente en la parte social; muchos que antes eran introvertidos ahora se abrazan y quieren como amigos.

Los instructores de los muchachos, Franco Merchán y César Romero. (Foto/Tulia Buriticá)

Con 21 años cada uno, Merchán estudia ingeniería y Romero música en la UNET. Merchán se inició con clases de percusión a los 14, junto a César Contreras, el maestro al que ahora hacen el relevo como instructores del Ensamble. Romero comenzó en el Sistema desde pequeñito, cuando eligió ser percusionista. Ambos formaron parte de la orquesta regional.

Una gran familia musical

En preparativos para ensayar. (Foto/Tulia Buriticá)

Desde que la sede del Parque de los Escritores, detrás del centro comercial El Tamá, fue hace tiempo víctima de varios actos vandálicos, el grupo ensaya dos veces por semana en el Teatro Luis Gilberto Mendoza de la Unidad Vecinal, donde también cumplen sus prácticas otras agrupaciones.

Algunos padres y representantes piden que les dejen reunirse dentro de la sede, porque a veces han tenido que esperar a las afueras el transcurso de los ensayos. Todos, se nota desde el primer momento, se han convertido en una gran familia que comparte experiencias de cómo evolucionan y crecen sus hijos.

De los 36 en lista, sin embargo, no están asistiendo todos. La emigración o los problemas de transporte público los han tocado. Uno, por ejemplo, no pudo seguir viniendo desde Santa Ana no solo por la dificultad con la buseta, sino porque debe trabajar para aportar a la casa.

Con el tiempo se han dañado algunos instrumentos. Antes tenían 20 pares de baquetas para los muchachos, y ahora son menos. En conversaciones con los representantes, estos han ayudado a reponer y componer algunos. Los instructores también han puesto de su dinero para acometer reparaciones de los instrumentos.

Docentes y padres quisieran que los actos no fuesen prácticamente para los familiares, que cuando la sociedad tachirense se entere de un nuevo concierto de los que con frecuencia por lo menos trimestral hace esta agrupación del Programa de Educación Especial del Sistema, sean muchos más quienes asistan, se deleiten y aplaudan. Todos lo comentan: quienes no han visto a estos músicos en acción, no saben lo que se están perdiendo.