domingo 16 mayo, 2021
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Se caen a pedazos los templos de las artes

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Existen los cuerpos biológicos que a toda costa intentamos poner bajo resguardo en estos días en que la salud se prioriza; y existen los cuerpos culturales sometidos a la pandemia del olvido, tal vez con menos dolientes y menos capacidad de sembrar el pánico.

De alguna manera, las tres edificaciones más emblemáticas de la cultura en San Cristóbal comparten vecindad, dentro de un territorio más afín a la lucha por la supervivencia, y bajo un régimen de cuarentena que hace intermitente su activación social y económica.

El Salón de Lectura-Ateneo del Táchira, la Casa Steinvorth y el Museo de Artes Visuales y del Espacio van unidos de la mano por una misma vía, a trechos peatonal, la discreta Sexta avenida, y un mismo sueño que algunos le han puesto por nombre el “Corredor Chucho Corrales”, el cual incluiría la plaza Bolívar, el Centro Cívico, y a unas cuantas cuadras más de distancia, la Biblioteca Pública Leonardo Ruiz Pineda y el antiguo liceo Alberto Adriani.

Un territorio que incluso ha sufrido radicales transformaciones en su propia naturaleza comercial, obligando a la reinvención de los negocios allí presentes, con preferencia ahora por los artículos básicos de la cesta familiar. Pero, tal vez dentro de esa reinvención del centro de San Cristóbal, es precisamente ahora cuando la cultura debería asumir un rol primordial, en la búsqueda de un atractivo que acreciente el número de visitantes al sector. Tal vez con el ajetreo comercial disminuido vuelvan a sonar las retretas y conciertos en la plaza Bolívar o el Centro Cívico, el contemplar tranquilo del arte o de los objetos dotados de profundo significado cultural, el alborotado ajetreo de los montajes teatrales o la concentrada ejecución del performance.

Tal vez sea la cultura la que acalle los atronadores parlantes cantando las ofertas de locales desesperados por captar la clientela y que a punta de reggaetón a todo volumen pretenden romper el silencio preocupado en que nos han sumido la crisis económica y la pandemia.

En el caso del Mavet y la Casa Steinvoth, ya sea a puerta cerrada o con acceso al público en general, cuando la cuarentena flexible lo permite, desde agosto del año pasado han intentado normalizar su agenda y no descuidar el mantenimiento y la limpieza de sus instalaciones; pero otra cosa sucede con el Ateneo del Táchira, donde los únicos visitantes han sido los murciélagos, que han cubierto de excremento sus pasillos, mientras la humedad sigue su trabajo destructor, levantando la pintura y los frisos, ante la presencia desmelenada de un jardín interior en estado de abandono.

Abrir para conservar el arte

Para Belkis Candiales, el Museo de Artes Visuales y del Espacio no podía resignarse al cierre indefinido, aguardando el fin de la pandemia, por múltiples razones. La primera, la autorización del Gobierno Nacional de laborar en este tipo de instituciones, siempre y cuando se cumpla con los periodos de cuarentena flexible y las medidas de bioseguridad.

La segunda corresponde al cuidado contra la humedad, que amerita una colección de casi 500 obras de arte, un patrimonio cultural del estado que incluye a artistas regionales con premios nacionales, como Hugo Batista, Freddy Pereira, Humberto Jaimes, Manuel Osorio Velasco y Mateo Manaure, para lo cual se necesita la activación de equipos deshumidificadores.

En tercer lugar, no quiere correr el riesgo de desaparecer de la memoria regional y ser depuesta por una virtualidad que exime al público del contacto vivo y en vivo con las manifestaciones creativas y formativas del ser humano.

—Si esta institución hubiese permanecido cerrada por mucho tiempo más –afirmó Candiales- se hubiese dañado toda la colección de 29 años de trabajo; se hubiese afectado el inmueble, que de alguna manera se sostiene por el calor humano.

Ganar como sede un inmueble que data de 1894, con tanta historia, donde alguna vez funcionaron el Palacio de Gobierno, el Cuartel de Prisiones y la Dirección de Educación, fue un triunfo y un reto, pues se trata de instalaciones antiguas que han dado preocupantes signos de deterioro, teniéndose que inhabilitar algunas áreas, como la que iba a ser destinada para el museo de la arquitectura, en la cual se desplomó por completo el friso de una pared. Las diversas goteras también han representado un dolor de cabeza.

—El Museo se divide en 4 sectores: al ‘A’, que fue restaurado, le faltan las canales, pintura y restaurar algunas ventanas; en el sector ‘B’ se deben cambiar los techos; el sector ‘C’, que son los espacios de la Escuela Wanda, requerimos que nos sea entregado. El sector ‘D’ sí requiere de intervención y para eso hemos llamado a todos lados, sin recibir respuesta—puntualizó Candiales.

Cerrado por pandemia

De las tres edificaciones, el cierre más radical, en prevención de que el personal -7 trabajadores- no sufra el contagio del covid-19, ha sido en el Salón de Lectura-Ateneo del Táchira. Y de esta clausura de más de un año no ha salido indemne, pues en su interior reinan el desaseo y el descuido: los murciélagos han “hecho” de las suyas y el ornato vegetal ha mudado en deslucida foresta.

Pero tan preocupante como esta falta de mantenimiento, el progresivo desgaste de frisos y pinturas, por efecto de la humedad, ha estado echando a perder una restauración concluida en 2016, a un costo de 140 millones de bolívares –alrededor de 200 mil dólares. Esta acción devastadora ha inhabilitado la sala de exposiciones y ha dejado inoperativos los baños. Paredes desconchadas y columnas con grietas, en las que incluso cabe un dedo, les restan dignidad a las instalaciones.

Ernesto Román, coordinador general del Ateneo del Táchira, espera que la pandemia termine, para tomar cartas en este asunto y otros de pendiente resolución.

—Esperemos que esto pase -dijo Román-, para que el gobierno -nacional y regional- disponga si al menos no da una restauración, o al menos otras medidas para sanar las heridas que dejó el tiempo. El otro problema es la delincuencia que tenemos aquí. Nosotros hemos sido víctimas de ella fuertemente y no tenemos a quién acudir. Entre 2018 y 2019 se nos han metido 16 veces, llevándose un televisor que usábamos para las conferencias, una pulidora industrial, una cocina, el módem, que era un bien público de Cantv y distribuía wifi gratis para la plaza Bolívar

Muchedumbres sin extrañar

Con una edificación con delicados fallos en su estructura, la Casa Steinvorth no extraña las muchedumbres, visiblemente afectado por la plaga y la humedad. Situación que poco ha cambiado en relación a hace más de un año, cuando la alertó Diario La Nación.

El personal del Gabinete de la Cultura ha aprovechado la cuarentena para una profunda labor de limpieza; pero de sus manos escapan las labores de restauración, albañilería y supervisión de obras que requerirían una millonaria inversión, solo asumible por entes regionales o nacionales. En su entrada se ha permitido a las mujeres artesanas exhibir su producción y recientemente, allí se rindió homenaje a la cumpleañera San Cristóbal

Aunque se ha tratado de mitigar los peligros en la estructura, el barandal en la segunda planta aún representa un peligro latente para los transeúntes y especialmente para los informales, que insisten en ubicarse en su cercanía. Un arbusto sobresale por una de las grietas de la pared, además afeada por uno u otro grafiti.

Misiones e historia

Aunque son representantes de la cultura regional, el cumplir una labor similar no hace semejantes al Ateneo del Táchira, el Mavet y la Casa Steinvorth, y, precisamente, en sus diferencias está la capacidad que tienen de articularse en pro del crecimiento espiritual tachirense. Ubicados en el mismo sector de San Cristóbal, la Biblioteca Pública Leonardo Ruiz Pineda y el antiguo Alberto Adriani, sede de la Escuela Regional de Teatro, serían otros escenarios en sintonía con un megacomplejo cultural, eco de lo que alguna vez fue el futurístico proyecto del Centro Cívico, del que hoy solo queda un edificio con el rostro aún quemado.

Museo de Artes Visuales y del Espacio:

Desde sus comienzos, en 1992, en una reducido local del Centro Cívico, la misión del Funmavet ha sido la de coleccionar, conservar, exhibir, educar, investigar y difundir y  recrear sobre las artes visuales y del espacio en el país y el mundo; pero al serle entregada en comodato la casona 25, en la esquina de la carrera 6 y calle 4, su funcionalidad se multiplicó, disponiendo de un área de 240 metros cuadrados, distribuida entre varias salas de exposición y salones de clase, donde se imparten diversos cursos relacionados con el arte, un auditorio, cafetería, una tienda-museo y una biblioteca especializada en la plástica.

Ateneo del Táchira Salón de Lectura:

Símbolo de la cultura tachirense por excelencia, por muchos años. La actual sede del Salón de Lectura, de arquitectura neocolonial, ha sido referencia nacional e internacional desde su levantamiento, en la tercera década del siglo pasado. No hay evento trascendental en la historia regional del que no haya sido testigo su solemne estructura. Si bien nació para alimentar a través de libros y publicaciones, de hecho su biblioteca y hemeroteca guardan valiosos tesoros, sala de teatro María Santos Stella y su sala de exposiciones han vibrado con históricos acontecimientos culturales. Fue objeto de una millonaria restauración entre los años 2015-2016, que conllevó una muy publicitada reinauguración que contó con la presencia de representantes del gobierno nacional y regional.

Casa Steinvorth:

Parte de la fachada de la Casa Steinvorth. (Foto/Gustavo Delgado)

Fachada de la Casa Steinvorth. (Foto/Gustavo Delgado)

Luego de que el artista Guillermo Nossa, a través del arte del performance, llamara la atención en el año 1999 sobre las utilidades culturales que podrían prestar las ruinas de lo que fue una de las más importantes comercializadoras alemanas de café a finales del siglo XIX y principios del XX, se remozó la edificación respetando su original arquitectura. La inauguración de la nueva Casa Steinvorth, en el año 2005, gozaría de una gran cobertura de medios, aunque en la actualidad ese evento haya quedado casi en el olvido. Su administración correría por cuenta de la ya desaparecida Fundación Cultural Banfoandes, para luego naufragar en un cierto limbo, hasta que el Gabinete de la Cultura Táchira asentó allí su base administrativa. Ubicada en todo el corazón de la ciudad, sus espacios pueden operar como sala de conferencias y de exposición; pero en la actualidad ha establecido alianzas con el sector artesanal de la región, que ya ha tenido presencia en el corredor sobre la Sexta avenida, entre la plaza Bolívar y la calle 10.

Freddy Omar Durán

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