jueves 24 septiembre, 2020
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El caso del “Catire Henry” llevó por la calle de la amargura a investigadores e investigados

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Jesús Alberto Berro, uno de los investigadores del caso, considera que aun cuando el homicidio del adolescente fue resuelto, desde el punto de vista policial, quedaron algunas cosas por aclarar y aspectos que atentaron contra la investigación, que termina presentando a tribunales un caso con débiles y precarios elementos de convicción


Armando Hernández

Fue uno de los hechos criminales de mayor trascendencia en la historia de la criminalidad regional. Por espacio de varios meses, el homicidio de un joven, ocurrido en la población de Táriba, municipio Cárdenas, en octubre de 1987, captó la atención de la población, que día a día esperaba con impaciencia los periódicos para conocer detalles de un caso sobre el cual existían grandes expectativas y que se había convertido en un verdadero reto para los funcionarios policiales de la época, que debieron enfrentar desinformación destinada a cambiar el curso de la investigación y  la implicación de numerosas personas que nada tenían que ver, pero que incidentalmente se vieron vinculadas por diversas razones.

El exfuncionario policial y actualmente profesional del Derecho, Jesús Alberto Berro, recuerda que el cadáver del “Catire Henry”, como quedó denominado el caso, fue encontrado en un sector cercano al puente Libertador, entrada a Táriba, por un grupo de obreros que había sido contratado para la limpieza de un terreno. Horrorizados, notificaron a la policía el hallazgo de un cuerpo desnudo, en avanzado estado de descomposición y amarrado con cables.

Poco después decenas de policías se apersonaban al sitio para conocer detalles sobre lo que parecía ser un homicidio que se salía de lo común. El cadáver, desconocido, por carecer de documentación, parecía ser de un adolescente, premisa que quedó confirmada poco después, en la morgue del cementerio Municipal de San Cristóbal, donde fueron practicadas las primeras experticias forenses.

Los funcionarios del Cicpc dieron inicio a una investigación aplicando técnicas y procedimientos propios para este tipo de casos, pero rápidamente las cosas se desdibujaron y tomaron rumbos errados, llevando a detectives e investigados por la ruta de la amargura, pues todo se trastocó desde un principio.

Cadáver mutilado

Jesús Alberto Berro recuerda que el cuerpo del “Catire Henry” fue encontrado en un paraje solitario y enmontado, en la entrada a Táriba, y que los funcionarios de la Brigada Contra Homicidios de la otrora Policía Técnica Judicial proceden al levantamiento aplicando la metodología correspondiente a un cadáver descompuesto; y en las primeras acciones se determina que existía un supuesto desmembramiento en sus partes íntimas. “Eso no quedó claro”, explica el exfuncionario, que fue comisionado tiempo después para sumarse al equipo de investigadores. “No encontré informe que dijera si eso había sido producto de los animales, la descomposición o si realmente fue mutilado al momento de ocurrir el crimen” aclaró luego.

Explica que un trabajo de reconstrucción de los pulpejos dactilares permite la identificación de la víctima, que resulta ser un adolescente que trabajaba como vendedor de perros calientes en la Plazuela de Táriba. Allí van los investigadores para indagar más sobre el Catire, conocer aspectos relacionados con sus actividades personales y círculo de amigos, pues existía el pálpito que de allí saldría la clave parea aclarar el caso.

Tesis del homosexualismo

El conocido profesional del Derecho dijo que inmediatamente comenzó a generarse la tesis del homosexualismo, se decía que, posiblemente debido a su físico, el jovencito era captado por personas que tenían tendencias de esa naturaleza y que posiblemente alrededor de ese entorno pudiese estar el responsable de la autoría en la comisión de este homicidio.

Inmediatamente empiezan a surgir nombres de personas de relevancia social, porque fue una tesis que se manejó cuando se comenzó a trabajar con base en informaciones confidenciales. Los funcionarios comenzaron a contactar a personajes por su posible vinculación y relación con la víctima, en Táriba y San Cristóbal. Incluso se hizo un extenso trabajo de inteligencia en las denominadas “zonas rosadas”.

—Acudimos a centros nocturnos que eran frecuentados por personas de tendencia homosexual para captar información y averiguar quiénes pudieran estar vinculados con el homicidio, pero eso nunca quedó claro. Se practicaron allanamientos, visitas domiciliarias a varios personajes, buscando elementos probatorios, pero eso tampoco prosperó.

Engaños y venganzas

El caso del “Catire Henry” fue tomando cada día más notoriedad a nivel de los medios, hasta el punto que los periódicos que reseñaban el caso se agotaban en cuestión de minutos. Los periodistas hicieron seguimiento, sus propias investigaciones y, de alguna manera, se las ingeniaban para obtener información, a pesar de las limitantes del “secreto sumarial”.

Algunos investigadores recuerdan aristas de este caso y dicen que el crimen del Catire se convirtió en un elemento para el engaño y la venganza, que de alguna manera afectó la investigación policial e hizo pasar momentos muy desagradables a numerosas personas, que de manera anónima o directa fueron denunciadas. Muchos fueron los ciudadanos que debieron acudir a declarar o enfrentar un proceso investigativo sin tener absolutamente nada que ver con lo ocurrido.

Algunas de ellas eran denunciadas por rivalidades o enemistad, o simplemente por maldad. Varios de los investigados se complicaron cuando negaron conocer al Catire y los detectives lograron probar que existía una relación de amistad.  Esto los convertía en sospechosos y justificaba el proceso de investigación. Por su complejidad, nadie quería verse vinculado a este hecho y pretendían marcar distancia, negando todo.

Estas situaciones se convirtieron en una pérdida de tiempo y entrabaron el caso, confundiendo las investigaciones y permitiendo que por algún tiempo se transitara por una senda equivocada, perjudicando a personas inocentes.

Investigación contaminada

El doctor Berro admite que efectivamente se contaminó la investigación, se involucraron elementos que no eran de utilidad para el proceso, se orientaron distintas texturas, distintas hipótesis de trabajo, distintos investigadores, y cuando unas investigaciones tienen esa característica, lo más seguro es que se desnaturalicen.

Se platearon muchas hipótesis irreales y, para colmo de males, se presentó una comisión de la División Contra Homicidios de Caracas, que vino con una metodología completamente distinta, menospreciaba y subestimada los planteamientos de los equipos regionales, y todas esas cosas contribuyeron a que no se fortaleciera la posible cadena indiciaria, que sale débil y vulnerable, acota el antiguo inspector de PTJ.

En estas condiciones avanza la investigación y se llega a un inmueble en Táriba, donde habitaba la persona que después resultara vinculada, procesada y pasada a órdenes de tribunales. “En esa casa se hizo una visita domiciliaria y bien recuerdo que se aplicó una técnica colorimétrica, que para ese entonces era tenida como de cierta precisión, y luego eventualmente descalificada. Se trataba de la denominada luminiscencia, a base de luminol, que en criminalística y ciencia forense te orienta, una técnica de posibilidad sobre la presencia de manchas hemáticas. Se comprobó luego que el luminol puede reaccionar positivamente con animales, vegetales, incluso con minerales y con productos químicos de uso en el hogar, lo que dejaba un altísimo margen de error”, comentó nuestro declarante.

Pero resulta que allí, en el garaje de la casa, donde guardaban un carro, se obtuvo un resultado positivo. También recuerda Berro que se hizo un trabajo que fue orientador, el anudamiento. Como la víctima fue maniatada, los cordeles se mantuvieron y la forma de hacer los nudos. En el inmueble allanado se localizaron anudamientos de similares características. —De ello se hizo una pericia, recuerdo yo, y también resultó ser de mera apreciación subjetiva, que no tenía certeza desde el punto de vista de la cientificidad, resultó ser también de mera orientación—.

—Esto nos sirvió de acopio para una cadena de elementos indiciarios y se supo, aparte, que el joven al parecer tenía una relación personal con la esposa de la persona que estaba siendo investigada y varios testigos dijeron que los habían visto juntos. Eso fue la base para que se diera por esclarecido el caso -justificó el Dr. Berro-.

Como eran tan débiles y tan precarios los elementos de convicción o la pluralidad de indicios que para ese entonces se exigía a nivel judicial, no hubo la posibilidad de que esa muestra probatoria, de tipo policial, tuviera la suficiente vocación como para que se convirtiera en prueba judicial y el sospechoso fue liberado.

Berro considera el caso aclarado desde el punto de vista policial y que el posible móvil fue de tipo pasional. “Se puede entender así”, dice, no muy convencido. “Sí hubo esclarecimiento, se puede entender así, pero el dilema no es que un investigador pueda sentirse satisfecho, no es el hecho que esté convencido, sino que su investigación convenza al fiscal y a los tribunales. Si esto se frustra, tú no puedes decir que está esclarecido, porque se fomentó impunidad”.

—¿Se puede decir que las personas detenidas por ese caso eran inocentes, porque así lo determina la sentencia?

—Sí, entiéndase que nosotros tenemos un gran principio en el debido proceso, que es la presunción de inocencia. La persona es inocente hasta que se demuestre lo contrario, argumentó finalmente Jesús Alberto Berro.

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