lunes 29 junio, 2020
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Anémona de balcón: El relato de un tachirense que lo llevó al reconocimiento

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A continuación Diario La Nación, con permiso de su autor, trae a sus lectores el relato seleccionado por los escritores Silda Cordoliani, Blanca Strepponi, y Juan Carlos Chirinos, para formar parte del libro digital 2020-SOS, una convocatoria mundial a todos los escritores para a partir del tema de la pandemia, Anémonas de Balcón de Luis José Glod Sánchez.

Un reciente reconocimiento que ni siquiera este joven tachirense había acabado de disfrutar cuando recibe la buena noticia de haber ganado el primer concurso nacional de teatro humorístico Aquiles Nazoa, con motivo del centenario de tan ilustre hombre de las letras y los medios de comunicación.

Este año ha sido el suyo pues también en febrero se le reconoció su labor en poesía con el primer lugar en un concurso Descubriendo Poetas (2020) organizado en Ciudad Guyana por la Organización Buscadores de Libros, a los cuales se suma el primer lugar en el concurso Juan Pérez Ávila (2018), y finalista en el concurso Rafael Cadenas (2018).

En Anémonas de Balcón tenemos una visión lúcida y apocalíptica de la pandemia, y nos demuestra que más allá de los riesgos que corren nuestros cuerpos, la invasión que este causa en nuestras mentes y emociones puede ser aún más peligrosa. Esta escrito el relato en un ágil lenguaje y una florida imaginación que de inmediato nos engancha y no nos suelta sino hasta el punto final.

Anémona de balcón

Comparto con ustedes estás páginas sueltas que conseguí mientras recogía las pertenencias de una persona muy importante para mí. Transcribo lo que encontré escrito de su puño y letra: 

“…antes de entrar en cuarentena Rafael me regaló un bulbo de anémonas coronarias. Él dice que tener una planta me hará sentir mejor. Lo sembré, pero… yo no quiero sentirme mejor. Solo quiero dejar de sentir. Esta planta es otro peldaño suelto para mi ansiedad. Ahora estoy diariamente detrás de un matero, regando mí esperanza en una supuesta tierra fértil, dando chance a que allí florezcan mis ganas de vivir. ¿Cuándo las perdí? ¿Dónde las encuentro? ¿Alguna vez las tuve?  Necesito un árbol de tranquilidad creciendo en mi jardín de balcón.

Martes 31 de Marzo.

Otra vez escribo a oscuras. Las horas de electricidad son tan limitadas como mis impulsos creativos. La gente corre en la calle por miedo al virus. Todos llevan tapabocas, no saben que nuestros destinos no aceptan ningún tipo de protección. Si los astros sellaron tu camino, ni siquiera la vacuna va a dibujarte atajos. Podría asegurar que soy el único ser pensante que no le teme a la muerte. He jugado con ella tantas veces que ya me preparé lo suficiente para cuando pierda definitivamente. Las cuchillas de afeitar de papá, las pastillas rojas de la abuela, el lazo verde que colgaba del portón del edificio, en ninguno de esos intentos pude atravesar el suelo, siempre hubo alguien tomándome la mano para impedirlo.

Lunes 13 de Abril.

No he podido detener el ruido que hace mi cabeza rodando por todo el apartamento. Es muy difícil no pensar en la muerte cuando vives en un piso dieciocho. Mucho menos ahora que todo se resume en cifras millonarias de decesos. Yo quiero ser un número más. Los abismos se han convertido en una tentación. Mis pensamientos no dejan dormir ni a mi gato ni a mis vecinos. La oscuridad se carga de silencio y yo me atiborro de tantas cosas que se me hace imposible no hacer ruido. Mis tripas cantan un aria. Los huesos rechinan bajo las pocas palabras que digo para moverme. El escándalo de mi cuerpo apenas me permitió regar las plantas ¿Cómo Rafael pretende que me aferre a la vida si ni siquiera puedo hacer florecer un bulbo de anémonas?

Viernes 24 de abril.

Hoy tuve todas las ganas del mundo de no hacer nada.  De morirme, específicamente. Mientras levantaba mi torso de la cama repetía a modo de mantra: Voy a atraer la muerte, y si no llega, la haré venir por mis propios medios. Rafa se mantiene presente con mensajes, pero yo lo aparto, creo que esta cuarentena produjo que me brotaran espinas. Las anemonas siguen sucumbidas bajo la tierra. No hay ni siquiera una muestra de esperanza en el matero.

Martes 05 de Mayo. Miércoles 06 de Mayo.

Los miércoles huelen a tierra mojada. Tienen el mismo sabor que queda en la lengua después de lamer una piedra. Anoche quería escribir, pero mis manos temblaban tanto que no fue posible organizar mis pensamientos. El maldito matero estaba ahí saludándome, solo para recordarme que aún no tenía anemonas.

En plena madrugada recobré la consciencia con el pijama embarrado, ascendiendo a mi apartamento en un maldito aparato que parece una caja fuerte. El vigilante del edificio me tomaba por el brazo del mismo modo que me devolvían a la cama en los centros mentales, cubriendo el límite superior entre el bíceps y el codo. Yo lo llamo la zona de crisis, la que pertenece a médicos y enfermeras.  Me dio una vaso con agua para sumergirse en una pregunta inocente – ¿Eres sonámbula? – Sonreí por primera vez en días, quizá en meses. Esa pregunta era más bien una palabra de aliento. Ni siquiera Rafa la hubiese hecho. El señor vigilante no me creía loca, solo veía mis impulsos de destrucción como un trastorno del sueño. Tampoco venía a darme una pastilla.

Lunes 15 de Junio

Este podría ser el diario de una persona que no cambió el mundo. Pero yo no escribo todos los días así que deja de ser un diario. Esto solo son los escritos de una loca depresiva cansada de escuchar a sus vecinas lamentar las muertes por la peste. ¿Por qué mierdas dicen que cuando morimos nos encontramos con otras personas en el cielo? ¡Estúpidas! ¡Malditas! ¡Come mierda! La muerte debe ser oscura, no debe tener nada, debe ser como deshabitarte.  

Sábado 22 de Agosto.

Desde hace meses olvidé por completo las plantas, ni yo me había bañado ¿con que ánimos iba a regar un montón de tierra? El vecino del 1804 se murió por el virus.  Yo ni siquiera tengo tos, aún me mantengo sana.  No sé para que sigo escribiendo esto. Ya no me río ni de mis intentos fallidos por parecerme a Anna Frank. Entendí que solo coincidimos en ser mujeres y en la convicción de escribir mierda. Pero esto no lo va a publicar nadie, no tengo quince años ni hago metáforas tan maravillosas. Todo lo contrario, escribo como una maldita porquería.

Domingo 13 de septiembre.

Soñé de nuevo con Navarro. No soporto este tipo de pesadillas. Ni siquiera durmiendo encuentro razones para vivir. Quiero salir corriendo sobre nubes que me permitan el abismo. Una caída libre infinita. Eso quiero. Pero si me lo propongo todo va a terminar como la última vez que quise hacer algo bueno por mi cabeza: sorprendida por el vigilante que me creía sonámbula mientras cavaba mi propia tumba en el jardín del edificio. Ese día pensaba descubrir por qué las anemonas no querían florecer. Sentí la necesidad enterrarme, como esos bulbos. Esperando que alguien me regara, que alguien todos los días pensara en mí, en mi encierro, y pasara para regalarme unas lágrimas, al menos a llorar sobre mí, dándome el puesto que merezco en la sociedad: una tumba.

Martes 15 de Septiembre.

Los martes me siento mejor. Hoy me arriesgaré a subir a la azotea. Desde hace cuatro días que no tomo medicación, ya no podemos salir de casa. La vecina del 1702 murió ayer, hoy la del 1404. Yo sigo sola en el 1801. Voy a subir contra todo pronóstico, sin permiso, sin tapabocas, desprotegida. Hay un caos en mi jardín de balcón. El abono está esparcido por el piso y las paredes, así deben ser las tumbas. Hasta mi gato escapó, no lo he escuchado en días. El matero con los bulbos en el suelo. Y yo sola maldita sea. Fingiendo que me siento mejor, porque no me siento bien una mierda. Ni siquiera me siento. Rafael me dijo que todo el mundo le teme a la muerte, eso puede ser verdad, pero yo no soy parte del mundo. Espero que por fin nadie pueda oponerse.”

            Todo el mundo dentro de sus casas cumplía con la cuarentena. Protegiéndose y protegiendo a los otros. Temiéndole a los estragos del virus. Esta vez nada pudo oponerse.

            Vuelvo a asegurar que nadie, nunca, dejará de temer a la muerte. Quizá Magdalena descubrió su miedo demasiado tarde, cuando ya no había manera de construir un freno en el aire. Fui a su apartamento para recoger las pertenecías y el gato aún no había vuelto, al parecer los animales presienten la muerte. El tiempo de la peste se llevó a mi amiga, ahora es una flor de pétalos blancos y corazón negro que crece en mi jardín de balcón.

Luis José Glod Sánchez.

Relato seleccionado por los escritores Silda Cordoliani, Blanca Strepponi, y Juan Carlos Chirinos, para formar parte del libro digital 2020-SOS

Mayo 2020, Caracas/ New York/ Madrid