domingo 25 octubre, 2020
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Al ancianato de Ureña no ha ingresado la covid-19

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Los pasillos del ancianato del municipio fronterizo de Pedro María Ureña se han mantenido alejados de la covid-19. De los 38 abuelos que viven en estas instalaciones, ninguno ha resultado contagiado con el virus. El no recibir visitas, y las estrictas normas de bioseguridad implementadas por los trabajadores, los ha blindado.

Al entrar al recinto, se ven inquilinos dispersos: algunos sentados, otros caminando por ciertos rincones del ancianato. Sus arrugas denotan las marcas del tiempo, mientras sus miradas, algo perdidas, dan la sensación de que se quedaron estancados en algún instante de sus vidas, quizás en el más memorable.

Los bastones, sillas de ruedas y otros instrumentos, son sus aliados.  El silencio reina. Del mundo exterior saben muy poco o nada. De la covid-19, desconocen lo escurridiza que es, y hasta el impacto que ha generado en el mundo. Están en una especie de burbuja, donde las manecillas del reloj parecieran ser más lentas. 

Ver caras nuevas no les causa impresión. Algunos murmuran palabras, casi imperceptibles; otros no pueden, pero sí están conectados con la tranquilidad de los días que transcurren allí; la mayoría de veces, alejados o, mejor dicho, olvidados por los suyos. Sus nombres ya no navegan por sus memorias, pues fueron arropadas por la senilidad.

Al momento de la comida: desayuno, almuerzo o cena, un grupo, pequeño va al comedor. También están, y son mayoría, quienes por diversas razones posan sus humanidades frente a las mesas ubicadas afuera de cada habitación. El almuerzo, por ejemplo, siempre va acompañado de su sopa y seco.

“Queremos ser autosustentables”

Lorna Katiuska Ferrer, directora del centro geriátrico, lleva año y medio dirigiendo las instalaciones. “No hay muertos, no hay enfermos, no hay nada por covid-19”, dijo quien decidió, antes que el Gobierno anunciara las medidas, cerrar las puertas de la sede para evitar los contagios entre los trabajadores y abuelos.

En este sentido, agradeció el espaldarazo que ha recibido por parte de los médicos cubanos, quienes han aplicado, en varias oportunidades, las pruebas. “La doctora Amelia Fressel, autoridad única de Salud en el Táchira, ha sido muy buena con nosotros”, acotó.

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“Ha sido un gran aprendizaje para mí. A veces, como familia, fallamos. Los hijos olvidan a los padres, y viceversa.  Aquí han venido a colaborar adventistas, católicos, evangélicos, del chavismo, de la oposición. Yo los recibo a todos mientras quieran sumar”, aclaró quien es conocida como la comandante Katiuska.

Desde su perspectiva, el ancianato puede llegar a ser un lugar autosustentable. “El que tenga, que pague por el cuidado de su familiar; el que no, no paga”, añadió al tiempo que resaltaba el compromiso del equipo, pese a las adversidades que hay.

“Para mí lo importante es la unidad. Todos me colaboran. Nuestro geriátrico es un ícono de la frontera, con 43 años. Necesitamos pintura,  queremos ponerlo bonito, arreglar las ambulancias. Hay una iglesia y quiero hacer una capilla velatoria”, subrayó.

Organizaciones internacionales

El ancianato de Ureña también ha contado con la colaboración de organizaciones internacionales, como es el caso de ACNUR. Recientemente fueron entregadas nuevas baterías de baños, así como el área de lavandería, donde fueron instaladas nuevas máquinas.

“María Cristancho, de ACNUR, nos ha adoptado. Al principio fue duro. Logramos que ACNUR y otras organizaciones nos ayuden”, enfatizó a modo de agradecimiento Ferrer, quien recordó que el sistema de agua también fue resuelto con la instalación de un área hidroneumática.

“En lo concerniente a la comida, desde el central azucarero, donde distribuyen alimentos hacia los PASI, también nos están mandando”, aseveró para luego rematar: “gracias a Dios, no nos ha faltado”.

Jonathan Maldonado

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