martes 7 diciembre, 2021
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“¡Cuidamos su carro!”: el grito que retorna a la frontera

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El Dato

El servicio de transporte en las zonas adyacentes a la avenida Venezuela ha aumentado notablemente en las últimas semanas, incluidos los “piratas”


Jonathan Maldonado


Los cauchos, conos, lazos y otros tipos de objetos retornaron a las calles de San Antonio del Táchira, y en especial a las cercanas a la avenida Venezuela, para ir marcando el espacio que le toca a cada vecino, comerciante o migrante interno que, frente a la reactivación del paso peatonal, ven idóneo reimpulsar el servicio de cuidar carros y motos.

Desde tempranas horas de la mañana y hasta la tarde o noche, el grupo de trabajadores informales se pone en marcha para captar a los clientes. La mayoría ya había probado en 2019, año sin pandemia, el trabajo de calle y la cantidad de vehículos que podían vigilar en cada jornada laboral.

Los avisos, como “se cuida su carro, su moto” o “servicio de baño”, pululan en una frontera cuya economía informal está volviendo a tomar fuerza, desde el 25 de octubre, cuando se restableció el paso peatonal sobre el puente internacional Simón Bolívar, tras casi dos años de permanecer cerrado y con excepciones para los casos sanitarios y estudiantiles.

Los avisos refuerzan el grito de algunos ciudadanos que, en cada oportunidad, profieren, a vox populi, las frases que resuenan en las calles y carreras. “Dejen su carro aquí, aquí está seguro”, prosiguen con la certeza de que la llegada de vehículos irá en ascenso con el

arribo de la Navidad.
Pero el asfalto no es el único espacio usado para tal oficio, también están los locales amplios, que otrora exhibieron variedad de productos para la diversidad de clientes que transitaban por las aceras. No obstante, el cierre de los pasos formales, desde el 2015, generó el declive de un área comercial formal que ha obligado a muchos a reinventarse, y bajo el sello informal.

Hay locales que solo permiten el ingreso de motos, por su tamaño. En esos casos, el encargado o dueño va enfilando, de la manera más organizada, las motocicletas con el propósito de que entre la mayor cantidad y así obtener buenas ganancias durante el día. La competencia crece, pero hay para todos.

El escenario no es el mismo que en 2019. Aunque se ve la diferencia en el número de carros que está circulando por la jurisdicción fronteriza, aún es tímido, si se compara con meses anteriores a la pandemia, cuando existían picos de hasta 30 mil personas que cruzaban a diario el puente Simón Bolívar, en una especie de migración pendular: van a Colombia, en horas de la mañana, y regresan en la tarde o noche.

La mayoría de los cuidadores o vigilantes de carros y motos usan sombreros o gorras, y unas mangas que se adhieren a la franela o camisa que portan, con el objetivo de protegerse del sol inclemente de una zona que, en gran parte del año, mantiene sus altas temperaturas, como sello de su naturaleza.

De comerciante formal a informal

A sus 79 años, Carmen de Chacón, comerciante, se mantiene activa, vigorosa. Así lo demuestra en cada jornada laboral, que inicia a las 8:00 a.m. y culmina a las 2:00 o 3:00 p.m., sentada en la fachada de su negocio, en el barrio Lagunitas, donde cuida carros a un precio que se establece de acuerdo al tiempo que dure estacionado.
Por décadas, la septuagenaria vendió electrodomésticos en su negocio, pero el mismo fue decayendo, a un punto que ya no lo abre, razón que la empujó a cambiar de oficio y dedicarse a ofrecer un servicio informal: cuidar carros en compañía de su hija, quien también cuenta con sus espacios para estacionarlos.
“No es algo como para decirte que estamos contentos; lo que pasa es que hay que vivir la situación, y la situación es cuidar carros”, recalcó la dama al hacer alusión al restablecimiento del paso peatonal por el puente de San Antonio. “Aún tengo electrodomésticos en mi local, pero para qué abrirlo”, se preguntó.
Chacón nunca imaginó tener que dedicarse a cuidar carros, una experiencia que le da la posibilidad de obtener ingresos en pesos. “Qué más se hace, si es lo que está dando, más o menos. Hay días buenos y días malos”, acotó la ciudadana, quien cuenta con la ayuda de un familiar. “Hay veces que el carro paga 1.000 pesos; otros pueden dar hasta 2.000 pesos, todo depende de las horas que pase estacionado”.
A modo de colofón, lamentó que los impuestos para los comerciantes de frontera, que siguen en Venezuela pese a las circunstancias difíciles, no estipulen rebajas que les permitan responder con mayor tranquilidad y comodidad, ya que las ventas se acabaron y los ingresos son muy bajos.

“Llevamos tres semanas abiertos”

 

El puente internacional Simón Bolívar reabre el paso para los patones y, de inmediato, muchas personas y grupos familiares se reactivaron. Camilo Claro fue uno de ellos. En el local de la esquina del Iufront, en el barrio Lagunitas, el caballero subió las santamarías y convirtió el espacio en un estacionamiento.
En sus manos carga constantemente los avisos: “se guardan carros” o “se guardan motos”, una invitación que no usa tan frecuentemente, pues la ubicación del sitio le permite gozar de gran flujo de carros y motos por las calles y carreras. “Tenemos tres semanas activos”, puntualizó el caballero.
Claro, llega a la zona a las 6:00 a.m. y se retira a las 9:00 p.m., lapso en el que logra llenar el espacio, donde suele guardar desde 10 a 13 carros y alrededor de 25 motos. “En este caso, la cercanía a la avenida Venezuela nos beneficia enormemente”, reiteró quien espera que la movilidad siga en aumento.
Al día, en este estacionamiento, se cancelan 7.000 pesos por carro y 2.000 por moto. “En la mayoría de días se llena el local”, explicó quien carga en sus manos el listín, en el cual va apuntando los vehículos que ingresan. “Mientras haya trabajito, aquí nos mantendremos”, especificó.
Frente a su negocio hay otro local que cuida exclusivamente motos, ya que el espacio no le da para incluir carros. A los motorizados, cuya diligencia no sobrepasa las dos horas, les cobra 1.000 pesos, mientras que los que duran tres o más horas deben pagar 2.000.

“Solo trabajo con taxistas”

Jesús Ayala es habitante de la frontera. En la esquina donde estaba ubicado su negocio formal suele cuidar carros. Allí arriban solo taxis de línea, pues no trabaja con carros particulares ni motos. “Comienzo a las 6:30 a.m. y me retiro, a más tardar, a las 4:30 p.m.”, enfatizó.

Aunque el movimiento subió con la reactivación peatonal sobre el puente, no ha llegado al pico que se registraba en el 2019, según comentó Ayala. “Yo tengo mis clientes y trabajo tranquilo con ellos”, prosiguió, al tiempo que resaltó la importancia de mantener limpios los espacios utilizados.

El ciudadano, quien llegó a la frontera en el año 92, proveniente de Caracas, se ha adaptado a los virajes drásticos de la zona, pues tras varios lustros de formalidad, desempeña en la actualidad un oficio informal que nunca pasó por su cabeza. “Hay que salir a buscar la comida”, apuntó.

Su esposa e hijos dependen de lo que Ayala suele ganar a diario con los carros que cuida. A medida que va saliendo un taxi, se dispone a acomodar los conos y cauchos, para evitar que un vehículo particular o moto emplee el espacio compartido con otros vecinos que, frente al actual escenario, buscan entradas en pesos.

Ante este panorama, lamentó que la mayoría de los negocios formales sigan cerrados en San Antonio del Táchira, donde, hasta los momentos solo se ha beneficiado el nicho informal.

“Nos volvimosa reactivar”


Nelson Eduardo Balza vive con sus hermanos en San Antonio del Táchira. A las afueras de la casa materna, pone a diario tres letreros en los que deja por sentado el oficio informal que ofrece: “vigilancia de carros”. Los vecinos le cedieron gran parte de los espacios para que este grupo familiar siga con el servicio.
“La gente confía en nosotros, por eso deja su carro en la calle y bajo nuestro cuidado”, enfatizó quien, desde antes de la pandemia, venía ofreciendo este servicio, que incluye el uso del baño para los clientes. “No se le cobra más, incluso le damos café o agua, si de esta manera lo desea”, dijo.
Para Balza, la honestidad y la transparencia juegan un rol primordial al instante de ofrecer un servicio, pues, a su juicio, son valores que permiten conectar de inmediato con los clientes. “Soy jubilado de un cuerpo policial”, recordó el caballero, sexagenario, durante la entrevista concedida al equipo reporteril de La Nación.
La comodidad de estar en su casa le da la ventaja de no depender de un horario. El cliente puede llegar temprano, irse al vecino país, y retornar en la noche, sin la preocupación de que le vayan a cerrar el estacionamiento. “Cobramos 10 mil pesos por el día, un precio bastante cómodo”, subrayó.
En 2019, rememoró, cuidaban entre 15 a 18 carros al día; en la actualidad, no sobrepasan los cinco vehículos vigilados. “Esperamos que, con el transcurrir de los días, el escenario mejore y aumente el número de vehículos para cuidar”, manifestó con la fe puesta en Dios, “mi gran protector”.

 

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