miércoles 20 octubre, 2021
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El bolívar no volvió a circular en la frontera

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El bolívar no se ve en la frontera, ha desaparecido frente a un peso que arropó a todos los sectores económicos que aún hacen vida en San Antonio y Ureña


Por Jonathan Maldonado


 

Los letreros en las casas de cambio de La Parada, en Colombia, donde exhibían el valor del bolívar, ya sea para la compra o la venta, solo quedaron en la mente de los ciudadanos que solían recorrer estos establecimientos fronterizos, o en las imágenes de archivo. En la actualidad, solo muestran el valor del dólar o del euro.

La moneda venezolana, en febrero de 2020, antes del arribo de la pandemia, aún se veía en los municipios de frontera. Muchos de los ciudadanos que viajaban a la zona, desde diversas regiones de Venezuela, traían bolívares en sus bolsos o maletas con el fin de cambiarlos en el corregimiento colombiano por pesos.

Ya para esa fecha, en las jurisdicciones de Bolívar y Pedro María Ureña, la moneda venezolana circulaba muy poco, pues la gente ya había oficializado, por su cuenta, al peso, frente a una hiperinflación que no le permite al bolívar tener un respiro. Manejar grandes cantidades, incluso para comprar un solo artículo, generaba confusión y desazón entre los habitantes.

Lo común, ahora, es ver al peso en los bolsillos de los residentes. Ya nadie pregunta: ¿recibe bolívares? Esa interrogante quedó diluida ante una moneda extranjera que se fue filtrando, hasta arropar todos los sectores económicos que aún operan en las localidades, incluido el informal.

Los pocos negocios formales que abren sus puertas en el casco central de San Antonio marcan los precios de sus productos en pesos, al igual que los vendedores informales o cualquier trabajador ambulante que recorra las calles de la frontera. Algunos, para pagar ciertos servicios o renovar cierta mercancía, reciben pagos en bolívares, vía transferencia.

Con la llegada de la pandemia, en marzo de 2020, el bolívar físico terminó por extinguirse en la zona. Son muy pocos los que lo nombran, y están quienes lo buscan para tenerlo como recuerdo, frente a las reconversiones que se han establecido en los últimos años en el país. Con el transporte público pasa lo mismo.

Ningún sector de la economía fronteriza se escapa a esta realidad. El transporte público, ya sea en rutas urbanas o suburbanas, fija sus precios en pesos. Si algún pasajero, sobre todo en las rutas que salen del municipio con destino a San Cristóbal o La Fría, desea pagar en dólares, también son recibidos por los conductores.

Esta radiografía da muestra de las decisiones que se han tomado desde lo interno de las comunidades fronterizas, las cuales, al igual que en el resto del país, buscan oficializar una moneda extranjera sin esperar algún decreto gubernamental. Son virajes que los grupos sociales han hecho valer para poder subsistir, en medio de unos puentes cerrados y un panorama desolador del lado venezolano.

“Solo 2 % de puntos de venta”

Además de la desaparición del bolívar en frontera, solo el 2 % de los negocios formales manejan puntos de venta, aseguró la presidenta de la Cámara de Comercio de San Antonio del Táchira, Isabel Castillo: “Los pocos que están funcionando, en muchas oportunidades, presentan fallas debido a la inestabilidad de la plataforma”, subrayó.

Isabel Castillo, presidenta de la Cámara de Comercio de San Antonio.

Para Castillo, el bolívar en la frontera dejó de manejarse, ya “no es reconocido por sus habitantes”, quienes en su mayoría reciben pesos y no están negados a recibir dólares, si el cliente así lo prefiere. “Manejar bolívares significa tener exorbitantes cantidades para poder adquirir cualquier producto”, dijo.

Puso como ejemplo las pensiones de los adultos mayores, cantidad que a su juicio no alcanza ni para comprar sus medicinas. “El salario mínimo en Venezuela no está acorde con la realidad que se vive actualmente en la nación, es irrisoria la cifra”, apuntó, para luego hacer énfasis en que en ninguna parte están recibiendo los bolívares.

“Es una situación muy complicada, pues estamos en Venezuela y debemos manejar una moneda extranjera. Debe haber una ley especial. Aspiramos a que el bolívar retome su valor, pues hay una gran realidad entre el peso y el bolívar”, subrayó durante la entrevista realizada vía telefónica.

Castillo tienen esperanza en que el panorama mejore con la apertura de los puentes internacionales, Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander. “Lo beneficioso del caso sería que nuestra moneda vuelva a generar solidez”, resaltó.

“No volvimos a ver los bolívares”

Javier Cárdenas.

En el barrio Lagunitas, en San Antonio del Táchira, el movimiento de vehículos particulares y de taxis es aún mayor que en otros sectores, debido a su cercanía con la entrada de las trochas. En esta zona hay varios estacionamientos, legalmente constituidos, donde prestan servicios a las personas que lo requieren.

Javier Cárdenas, de 63 años, recalcó que en lo que va de pandemia, y antes, no ha vuelto a ver los bolívares en el estacionamiento que maneja. “Acá solo llegan los clientes con pesos”, destacó el caballero, mientras lamentaba la falta de poder adquisitivo para quienes solo reciben un sueldo en bolívares.

Al comienzo de la pandemia, Cárdenas, junto a su socio, se vio en la obligación de cerrar el estacionamiento, pues la soledad que se vivía en las calles y la normas por la cuarentena no le permitían tener las instalaciones abiertas. En la actualidad, en las semanas flexibles, el escenario ha mejorado un poco.

“Así como recibo solo pesos, aunque en algunas ocasiones los clientes prefieren pagar en dólares, cuando voy a hacer mis compras, ya sea de alimentos o de cualquier otro tipo, solo uso los pesos para pagar, y veo que en el resto de la población se da el mismo comportamiento. El bolívar, por acá, pasó a la historia”, apuntó.

El ciudadano subrayó que frente a una moneda que no genera confianza y tranquilidad para los habitantes, el peso ha sido la opción que provoca más sosiego entre los diversos sectores económicos, pues no se devalúa de un día para otro.

“Todos los productos son colombianos”

Deysi Mejías, vendedora informal.

Deysi Mejías, de 34 años, tiene su puesto de venta de refrescos, agua, café y chucherías cerca de la plaza Bolívar. Allí llega, de lunes a domingo, a las 7:00 a.m. y se retira a las 7:00 p.m.  Son 12 horas en las que sus principales clientes son los transeúntes o conductores que pasan a diario por la zona.

“Aquí no se ve otra moneda distinta al peso”, remarcó la dama mientras mostraba la mercancía que ofrece en su pequeño tarantín. “Vendo agua a 500 o 1.000 pesos; el refresco a 1.200 pesos; el café a 500 pesos; chucherías desde los 100 a 1.000 pesos, y el Speed a 1.500 pesos”, enumeró.

Mejías aclaró que todos sus productos provienen de Colombia, adonde va semanalmente, por medio de las trochas, para ir renovando su inventario. “A veces me acompaña uno de mis hijos, pero gran parte de la mercancía que compro, que no es mucha, la cargo yo misma”, aseguró la dama.

Al momento de preguntarle cuándo fue la última vez que vio los bolívares, soltó una risa que denotaba que el tiempo es largo y que la mente no le permite precisar la fecha exacta. “El peso se ha convertido en nuestra moneda, nadie habla de bolívares, ni los mencionan cuando vienen a comprarme algo”, dijo.

La ciudadana detalló que hablar de la moneda oficial venezolana en la frontera causa extrañeza, pues no circula en ninguna de sus denominaciones. “Es nuestra moneda, pero ya nadie habla de ella”, puntualizó.

“No tenemos punto de venta”

Milady León.

La mayoría de negocios formales que aún abren en la frontera no cuentan con puntos de venta, ni reciben transferencias. “Los precios de nuestros relojes, lentes o arreglos, están estipulados en pesos”, recalcó Milady León, de 40 años, quien atiende un local en el centro de San Antonio.

El establecimiento, que ha cerrado por algunos lapsos frente a la soledad que impera en la zona, reabrió sus puertas hace dos meses, con mercancía que tenían en existencia. “Otros productos los hemos comprado en Colombia, para tener las vitrinas lo más surtidas posible”, acotó.

León, al igual que la mayoría, se ha ajustado a las nuevas realidades. Los precios de los relojes van desde los 5.000 hasta los 60.000 o 70.000 pesos. “Años atrás, acá se vendían relojes originales, pero todo ha cambiado y ya nadie los compra. La gente busca productos económicos”, enfatizó.

La dama, junto a Nelson Flores, relojero, atiende el negocio. “En semana flexible se vende un poco más, hay más gente”, resaltó, quien extraña el movimiento de antaño, cuando, a veces se hacía complicado atender tantos clientes, y el bolívar aún era fuerte.

Nelson Flores, relojero.

“El bolívar está como los clientes, no se ven”, ironizó, con la fe puesta en una pronta apertura de la frontera, que le ofrezca más dinamismo al casco central de la ciudad de San Antonio.

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