martes 30 junio, 2020
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El viacrucis de los viajeros del rebusque

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La mayoría de los “viajeros del rebusque” arriban a la frontera en un encava que alquilan en grupos, cuyos objetivos son los mismos.

Estos viajeros suelen vender los productos -adquiridos en Colombia- a clientes que pagan en dólares.


Jonathan Maldonado

Los “viajeros del rebusque” abundan en la frontera. Arriban de diversas regiones del país del oro negro para comprar productos de primera necesidad y así venderlos en sus ciudades o pueblos. Cada costal repleto de comida los identifica. La mayoría prefiere hacer sus diligencias en La Parada, Colombia, para no gastar en pasajes hacia el centro de Cúcuta.

Una vez adquiridos los productos, suelen contratar a un “carretillero” o “trochero” para trasladar la mercancía por el puente internacional Simón Bolívar. En ese tramo comienza lo que ellos han calificado como el “matraqueo”.

Toneladas de productos van de San Antonio del Táchira a todo el país
Toneladas de productos van de San Antonio del Táchira a todo el país

Márquez, en esta ocasión, compró jabón en polvo, harina de trigo, jabón panela, desodorantes y otros artículos al mayor. “Todos los productos ocuparon cinco costales”, precisó el joven de 28 años, padre de una niña de cuatro años y de un niño de seis. “Los funcionarios  estaban cobrando 10.000 pesos por cada costal, pero hoy (miércoles 22 de enero) me quitaron 15.000 por saco”, lamentó.

En total, especificó, pagó 75.000 pesos para poder pasar la mercancía, sin problemas, hacia San Antonio del Táchira. “Cada día los funcionarios se aprovechan más de nosotros y quienes terminan pagando las consecuencias son los consumidores, pues esos gastos tenemos que sumarlos al momento de colocar los precios,para evitar pérdidas”, confesó.

Márquez viaja dos veces a la semana a la frontera, y cuando los productos no salen rápido o se le presenta algún percance, una sola vez.  En este vaivén, cumplió ya tres años. “Esto da solo para subsistir, comer. Fíjese el tiempo que tengo y soy el mismo, tengo lo mismo, no he conseguido una adquisición importante; solo sobrevivir”, subrayó.

Recordó, con nostalgia, que hace seis años empezó la construcción de su casa, meta que no ha logrado culminar debido a la crisis. “No he podido pegar un bloque más”, puntualizó quien se siente algo frustrado ante los escenarios que a diario se le presentan en el camino. “También están los peligros en la vía, las carreteras están muy deterioradas; es un riesgo”.

Los cobros a los que se ve expuesto no se acaban al terminar de cruzar el puente, pues al emprender viaje de regreso a Barinas, 12 alcabalas lo esperan. “Ya en estos puntos nos cobran es por buseta y en pesos o dólares”, aclaró, para luego indicar que la cantidad es según “el criterio del guardia o policía. Pueden ser 30.000, 50.000 o hasta 100.000 pesos”.

Glender Márquez contrata los servicios de un encava, junto a otros ciudadanos dedicados a lo mismo. Cada pasajero paga 30.000 pesos,ida y vuelta.

“Tuvimos que vender la finca”

Antes de la debacle económica, Márquez tenía un negocio familiar. Junto a su padre y hermano, era dueño de una finca y se dedicaba exclusivamente a la agricultura. Este oficio fue decayendo y se vio obligado a llegar a un consenso con sus parientes: vender la propiedad.

Con el orgullo de haber desempañado el trabajo de campo, en el que sembraba plátano, yuca, maíz, ají dulce, caraotas y fríjoles, el joven evoca aquellos tiempos donde el poder adquisitivo le permitía tener una vida más estable; en ese entonces, la palabra sobrevivir aún no lo había marcado.

“Realmente, los insumos eran mucho dinero y no nos daba la base, ya que la inflación no dejaba de subir. Cuando sembrabas, vendías el producto y volvías al procedimiento, el dinero no alcanzaba. Ya uno lo que hacía era trabajar a pérdidas”, dijo.

Una finca, arguyó, debe mantenerse con lo que produce y, con el tiempo, “no fue el caso de la nuestra; entonces comenzamos a trabajar por fuera, a buscar alimentos para vender acá. Al final, mientras decidíamos, hicimos una especie de conuco, solo para el consumo familiar”.

Tras haber hecho este viaje al pasado, el caballero retornó a su presente, “donde la necesidad tiene cara de perro, y uno se ve empujado a recorrer estos trayectos para sobrevivir”. Trajo a colación un cliente que aún le debe dinero, pues lo que vendió mediante el Sistema Biopago no se lo han reembolsado.

Márquez, en su afán por contar sus peripecias, sin que se le escapara algún detalle, lamentó no haber cumplido con la adquisición de un bolso para los estudios de su niño. “Lo que me pidieron los funcionarios me descuadró todo”, aseguró.

“Hay que tener platica para aflojar la tuerca”

 La periodicidad con la que María Ávila va a la frontera depende de qué tan rápido salen los productos que lleva de Colombia. Hay momentos en los que suele pautar dos viajes a la semana y, en otras oportunidades, solo uno. En el trayecto la acompañan un yerno y una nuera, quienes también están inmersos en el rebusque.

“Aquí hay que tener platica para aflojar la tuerca”, dijo en relación con los pagos que hace en las diversas alcabalas, en donde los uniformados requisan el encava en el que viaja.

Ávila retomósu rebusque en el mes de diciembre, tras haber hecho una pausa para dedicarse al cuidado de su hijo, quien tuvo que ser operado de emergencia. “Ahí se me fue todo lo que tenía y quedé endeudada”, manifestó con el llanto como recuerdo de tan doloroso episodio. “Dios quiso que mi hijo siguiera viviendo”, sentenció.

En el trayecto hacia la frontera, la dama carga ajonjolí para venderlo una vez llega al centro de Cúcuta. “Nos es mucho lo que nos queda, pero algo es algo”, dijo para luego añadir: “esto que estamos haciendo los venezolanos es muy fuerte, pues en cada alcabala los funcionarios cobran. La mayoría se porta rebelde, renuente con uno”.

Para Ávila, las opciones son mínimas: o hacer esto o aguantar hambre junto a su esposo, un hombre de 72 años que ya no puede valerse por sí mismo. “De mi bolsillo, de lo que hago, depende él. Yo aún me pregunto, cómo hace la gente que gana en bolívares. Yo, pese a que rasguño aquí y allá, me veo corta”, añadió.

Lo que más suele pasar por el puente, tras su jornada de compras en Cúcuta, es harina de trigo y jabón en polvo. “Uno ya tiene cuadrado con el cliente lo que necesita. Así es más seguro”, enfatizó mientras daba gracias a la Providencia por el comportamiento de los efectivos de la “GNB, quienes nos perdonaron. Pese a que llevábamos bastante mercancía: la de mi nuera, yerno y la mía, nos dejaron pasar sin pagar. Nos dijeron que era la última vez, que ya sabíamos para la próxima”.

“Vengo a la frontera cada 15 días”

Gustavo Sánchez, de 57 años, viaja cada 15 días desde Barina hasta la frontera, con el propósito de comprar alimentos, tanto para el consumo propio como para la venta. “Se nos hace más fácil llegar hasta acá y adquirir ciertas cosas para subsistir”, comentó.

“Yo llevo lo más cotidiano de la cocina: arroz, azúcar y caraotas. También llevo papel sanitario y otras cosas que nos venden en La Parada”, localidad que el quincuagenario suele visitar con más frecuencia para evitar gastar en pasajes. “A veces, uno piensa que las cosas son más económicas en el centro de Cúcuta y no es así”, advirtió.

En este rebusque, ya ha acumulado 12 meses, con experiencias que le permitirían escribir un libro. “Es complicado por los trasnochos y las bromas que uno lleva en el camino”, relató quien rechaza las acciones de los funcionarios que se aprovechan de la situación.

“Las autoridades en el camino deberían colaborarnos, pero hacen todo lo contrario; hablando vulgarmente, nos ‘matraquean’ mucho y, si uno no les da lo que piden, proceden a quitarnos la mercancía”, aseveró quien recibe remesas de uno de sus hijos.

En su experiencia como “viajero del rebusque”, está claro en que el esfuerzo realizado solo le permite subsistir. “Lo que más se vende es el arroz, la harina, así como el papeltoilet y el jabón en polvo”, detalló con la propiedad que le ha otorgado el tiempo.

“En estos días estábamos asustados porque pensábamos que iban a cerrar la frontera, y muchos sobrevivimos con este trabajo”, enfatizó, ya con los costales listos para ser montados en una buseta que, de regreso, iba con sobrepeso.

Al igual que Glender, compañero de viaje, en cada ocasión que pasa por el puente con mercancía paga una cuota para que la dejen transitar con sus productos.

Sánchez recordó que gracias a esto y a lo que le envía su hijo desde Ecuador, su familia ha logrado sobrevivir. De no ser así, “ya muchos estaríamos bajo tierra”.

“Los venezolanos son nuestros principales clientes”

La mayoría de vendedores informales y formales de La Parada, en Colombia, son conscientes de que esa zona comercial ha tenido gran auge gracias a su principal cliente: el venezolano. Muchos acuden a la localidad a comprar productos al mayor. “Harina, arroz, azúcar y jabón en polvo, es lo que la gente suele llevar en mayor cantidad”, aseguró Zulay Estupiñán, encargada de un negocio.

El bulto de arroz, especificó, trae 24 unidades y cuesta 58.000 pesos, mientras que el de azúcar sale en 57.000. “El de harina, que contiene 20 unidades, tiene un valor de 51.000 pesos”, recalcó al tiempo que hizo énfasis en la importancia que juega el cliente venezolano en el dinamismo del corregimiento.

“Cuando cierran el puente, esto es solo, casi no se registran ventas”, soltó como refuerzo de lo que había asegurado sobre los miles de clientes que arriban a diario a La Parada, provenientes de diversos estados venezolanos.

Otro producto, que también suelen llevar por bultos, es la papa. “Hay bastante demanda. Llevan harta papa de acá de La Parada, o de Cenabastos, en Cúcuta”, señaló Édgar Zambrano en su puesto.

Rodeado del tubérculo, Zambrano destacó que cuando el venezolano necesita varios bultos de papa, se dirige a Cenabastos, donde sale un poco más económico. “Allá lo pueden conseguir hasta en 31.000 pesos”, apuntó.

Según el comerciante, cada bulto pesa entre 48-50 kilos, pero al final es menos, ya que se debe retirar la que sale dañada. “En mi local, el bulto lo vendo a 35.000 pesos. Hay personas que lo llevan. Al día puedo vender dos o tres, pero me sale más por kilo”, dijo.