Desacuerdos pedagógicos

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Ni los supuestos expertos en materia educativa se ponen de acuerdo a la hora de definir el papel protagónico de la escuela en la formación de las generaciones. Frente a cada propuesta abundan los desafectos, críticos y renuentes. Los adherentes suelen quedar en orfandad a la hora de ejecutar las directrices y principios de cada modelo educativo. Ni el poder del Estado puede contrarrestar la divergencia. Los Gobiernos proponen. Los intereses disponen. La idea es unánime: la escuela está obligada a cambiar. No puede seguir siendo como hasta ahora. El clamor se escucha en todos los ámbitos. Pero no se logran consensos en torno a la filosofía, fundamentos o cimientos del currículo, ni frente a los métodos o la didáctica escolar, ni frente a ningún cambio posible.
Tampoco hay voluntad colectiva para construir nuevos derroteros en la educación. El conflicto de intereses quiebra cualquier propuesta, sea reforma o transformación. En la mesa de discusión todo mundo se muestra partidario del cambio pedagógico. Nadie quiere aparecer a la zaga. Otra cosa es la ejecución dentro del aula o la escuela…
¿Cuáles son los aprendizajes más importantes a desarrollar en los centros educativos: competencias, capacidades, habilidades o conocimientos disciplinares? ¿En el diseño de la clase debe prevalecer el cultivo de valores, el cumplimiento de objetivos o la internalización de contenidos disciplinares? ¿El deporte, la cultura, la investigación, la creatividad, la innovación, la formación para el trabajo o el uso de tecnologías, entre otras opciones, se consideran aprendizajes complementarios o centrales en el currículo? ¿La mejor opción es la integración de las áreas o la fragmentación del saber en disciplinadas especializadas? Pueden plantearse otras tantas interrogantes. Las respuestas, con seguridad, marcan la disparidad en la interpretación de la razón de ser de la educación. No todos los actores clave del proceso escolar comparten la misma visión sobre la proyección y utilidad de los aprendizajes. Es realmente difícil lograr la cohesión y la comunidad de intereses dentro del mundo educativo. El desencuentro pedagógico se identifica en las cuestiones cruciales del sistema educativo y en las cosas sencillas de la dinámica escolar.
El profesor, por ejemplo, plantea del desarrollo de la clase a partir del análisis crítico de contenidos. El representante se desvela en casa en la construcción de cuestionarios, con la idea de asegurar el aprendizaje memorístico del tema. El estudiante, en cambio, espera explotar el talento a través del uso de herramientas y producciones digitales. El público desea ver en cada estudiante una enciclopedia ambulante. Véase otro ejemplo sencillo. El currículo destaca el deporte como actividad lúdica y recreativa. El profesor (incluyendo directivos, autoridades y representantes) aspira a sacar campeones mundiales en dos o cuatro horas de clase a la semana. El estudiante solo quiere emular las jugadas de las grandes estrellas de la televisión. ¿Servirá el deporte para cultivar el respeto a la vida, el cumplimiento de reglas, el trabajo en equipo, la disciplina y el espíritu de superación?
Similares planteamientos pueden formularse frente a cualquier situación escolar, enseñanza curricular o situación didáctica. Lo único seguro es la diversidad de interpretaciones. Más difícil resulta llegar a acuerdos pedagógicos entre los profanos. (José de la Cruz García Mora) /
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