lunes 24 enero, 2022
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El país sin luces

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Mario Valero Martínez

¿Cómo está la situación en tu país? Esta es la interrogante que se repite en las comunicaciones de algunos amigos que viven en otras latitudes. Ante la respuesta descriptiva y detallada de nuestra cotidianidad venezolana retornan los mensajes de asombro y en algún caso se desliza incredulidad. Les cuesta imaginar el actual paisaje devastado del otrora país petrolero, sumido en el colapso total, hundido en una crisis humanitaria, a la gente naufragando en la incertidumbre, más allá del pánico causado por la pandemia. Intento explicar que una parte de Venezuela, especialmente en las geografías fronterizas y en los Andes venezolanos, desde hace varios años vivimos con limitados desplazamientos, restricciones en las actividades productivas, educativas, culturales. Por estos territorios lentamente se fue imponiendo el forzado asilamiento, el encierro “voluntario” causado por el racionamiento en el suministro de gasolina, electricidad, ni qué decir del costo de la vida o de la carencia de otros servicios básicos. Un país literalmente pobre y empobrecido.

En uno de nuestros ámbitos de interés surge la obligada alusión al estado de la educación y particularmente hacemos referencia al deplorable estado en que se encuentran las universidades, la inexistencia de presupuestos para la investigación, la deserción estudiantil y nuestra amarga sobrevivencia como profesores universitarios. En este renglón comento las amenazas realizadas desde el poder usurpador a la Academia de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales por publicar y aportar en riguroso informe sobre el COVID-19. Este relato causa indignación. Todo esto, señalo, es la expresión del desprecio a la educación, la investigación y en cierto modo el miedo al saber, al conocimiento que está presente en la estructura del poder dictatorial y cuartelero.  Así vamos definiendo a Venezuela como un país desmembrado, sin luces.

Otro tema que nos atañe, objeto de nuestras afinidades indagatorias, son los espacios de fronteras. Sobre este tópico, que adquiere especial interés en sus interpretaciones actuales por las decisiones nacionales relacionadas con cierre de las fronteras justificadas en la expansión de la pandemia, describo el uso y abuso mediático que se hace de estos espacios en los informes diarios del poder usurpador sobre los casos de afectados por el COVID-19, al resaltar que la mayoría de casos son importados. La palabra importados se subraya para deslizar la culpabilidad  en Brasil y Colombia, calificados como países que amenazan de contagio a Venezuela. Este es un perverso manejo geopolítico de la pandemia que intencionalmente obvia el origen del problema mundial, para enfocarse en las disputas vecinales, distractoras de profunda crisis del sector salud. A eso se suma la constante alusión peyorativa sobre los migrantes retornados de los diferentes países de América del Sur que ingresan por estos espacios fronterizos. La reacción ante estas y otras precisiones enardecen.  Así vamos describiendo el desolado paisaje donde habitamos.

En medio de este intercambio de opiniones en cuarentena leo un libro que tenía pendiente desde hace años, una corta y densa novela del escritor estadounidense Paul Auster que lleva por título El país de las últimas cosas. En la carta que escribe Anna Blume, personaje principal de la novela, narra sus travesías por la ciudad derruida, nos sumerge en la miseria humana y nos aturde con la ficción del país devastado, cerrado, controlado y sin posibilidad de huir.

Es lo que sentimos con la lectura de esta magnífica obraliteraria. Las proyecciones sobre nuestra realidad no sé cómo calificarlas, pero allí surgieron varias imágenes tormentosas. Citemos, por ejemplo, “Lo que realmente asombra no es que todo esté derrumbado, sino la gran cantidad de cosas que siguen de pie. Se necesita un tiempo muy largo para que un mundo desaparezca, mucho más de lo que se puede imaginar. Continuamos viviendo nuestras vidas y cada uno de nosotros sigue siendo testigo de su propio drama”. Entonces, siento que me desplazo sin límites entre la ficción del libro y esta, nuestra verdad cotidiana.

En otra parte del secuencial fragmento citado de la novela, Anna Blume relata la descomposición y las ruinas del país imaginado, los controles mafiosos y los privilegios que gozan unos pocos, todo en un ambiente de oscuras calles, y se pregunta “Pero ¿es eso a lo que llamamos vida? Dejemos que todo se derrumbe y luego veamos qué queda. Tal vez esta sea la cuestión más interesante de todas, saber qué ocurriría si no quedara nada y si, aun así, sobreviviremos”. Confieso que un tanto agotado entre las borrosas barreras de la ficción y la realidad decidí sugerir a mis amigos la lectura de la novela de Paul Auster. @mariovalerom

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