martes 18 enero, 2022
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La historia de los inocentes

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Néstor Melani Orozco


Luis Arturo Domínguez, autor del “Velorio del Angelito” y profesor antiguo, hizo una preciosa manifestación en El Universal de Caracas, más de sus vivencias en aquella Grita Tachirense, en un folclor de los páramos y de los gritos de amor eterno…
Y vino, de tantas Nochebuenas, el Día de los Inocentes, donde se conmemoraba en los siglos la orden de Herodes de sacrificar los niños menores de dos años.

Y entre la esquina de Don Juan Salcedo, allí hicieron un trono para el rey de Antipas y a José Velasco, el locutor y periodista, lo vistieron de soberano de Jerusalén y muchachos vestidos de soldados judíos decapitaban muñecos de caucho y las mujeres lloraban en el interesante teatro creado por Francisco Octavio Sosa, un señor del teatro que vino a La Grita y se casó con Lina Moncada, eterna profesora del Liceo Militar Jáuregui.

Más de aquel acontecimiento en el portal del alguacil del juzgado, D. Heriberto Díaz se creaba un portal con arcos de Jericó y Doña Ramona Mora de Manrique vestía a sus tres hijas de ángeles del cielo, más al fondo de la casa se dejaba sentir el sonar del saxofón con melodías de la “Jazz Band” del Dr. Julio Mora, y mucho más la inmensa presencia del pueblo acompañando a los tres Reyes Magos montados en los caballos del niño Alfredo Gandica, como una representación del teatro religioso de aquellos diciembre de años pasados muy lejos.

Mientras en un lugar de la plaza mayor, San José y la Virgen esperaban la comitiva de los viajeros de Yahveh.

Y en la Plaza del Llano dejaban sonar la vieja campana, rota por el coronel Correa en los años de la independencia.

Mientras de gracias hermosas, los globos del capitán Antonio Ramón Moreno, el Guarapero, se contemplaban en las noches cuando la Banda Municipal, dirigida por el maestro Jesús Liscano, amenizada la jerga gloriosa y festiva.

Y en un zurrón de cuero cuadraban las mistelas. Ramón Díaz dirigía el encierro en la calle de las Ánimas, desde el can del puente del Cementerio hasta la esquina del Botiquín de Gabino, porque los peseros querían hacer una “Capea” con toros criollos.
¡Pólvora, voladores y morteros!

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