jueves 9 diciembre, 2021
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La tarea de educar (I)

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Eliseo Suárez Buitrago 

 Con las actuaciones y comportamientos que observamos en las demás personas puede cumplirse parte de la importante tarea de aprender y, junto con los nuestros, enseñar. Ciertamente, el comportamiento personal de los miembros de la comunidad donde vivimos debe ser buena escuela, pues en ella aprendemos y, al sumarle el nuestro, la enriquecemos y mejoran las enseñanzas que nos proponemos trasmitir.

Entonces, todos podemos y debemos ser, a la vez, educadores y educandos. Ello nos lleva a hacer esta otra afirmación: la educación es tan antigua como el mismo ser humano. Los primeros hombres no contaron con instructores, pero, ante la necesidad de aprender, se valieron de sí mismos para enfrentar las impredecibles situaciones y rudos padecimientos que confrontaban en aquellos tan lejanos tiempos.

Sí, estimados lectores, la necesidad no ha sido solo de vivir, sino de convivir, lo cual obliga a compartir con los compañeros de ruta, tanto lo bueno como las posibles penurias que advienen; así fueron los primeros aprendizajes adquiridos. Allí empezó  una  preparación en común para enfrentar las duras situaciones que se padecían. También fueron aquellos primitivos hombres, con sus ensayos y errores, los creadores de la más antigua cultura.  Percibieron muy bien que la educación es una imperiosa necesidad, en todo y para todo. Lo ya apuntado nos da la idea de una educación no planificada, ni sometida a disciplina alguna, como tampoco guiada por profesionales de la educación. A ella se le denomina educación informal o asistemática, como quedó reseñado en el artículo de semanas antes.

No podemos obviar la gran educación hogareña, aunque informal, pero de importancia trascendental para toda la vida. Y, desde allí, y sin desprenderse del hogar, los niños iban dando sus pasos iniciales hacia la educación escolar formal, pedagógicamente planificada y dirigida, es la que denominamos   sistemática. Esta es la contemplada constitucionalmente dentro de la estructura del Estado y asentada formalmente en la respectiva ley y sus reglamentos, que establecen el funcionamiento del sistema educativo.

La educación bien planificada y dirigida es base fundamental para cumplir una importante tarea en bien del país, como lo es la preparación técnica y profesional de personal que ha de desempeñarse eficazmente en tan digno trabajo.

Desde hace largo tiempo percibimos que en Venezuela, deliberadamente, se le está restando importancia a la educación. Una cosa es lo establecido en los instrumentos legales, y otra el cumplimiento formal de los objetivos propuestos. Hacemos esta observación por cuanto observamos que la educación venezolana está en sus peores momentos. La profunda (y nos parece que es deliberada) crisis socioeconómica y cultural que afecta al país se ha hecho sentir poderosamente en la educación.

Muy importante señalar que los bien calificados docentes han emigrado en búsqueda de mejor vida; asimismo, niños, jóvenes y adolescentes,   desnutridos por su pobre  alimentación, no cuentan con la mejor aptitud para asimilar los conocimientos programáticos, como tampoco proveerse de los necesarios útiles e implementos escolares. En fin, así como no se deben improvisar ministros de Educación, tampoco improvisar docentes. Venezuela contó con excelentes escuelas normales e institutos pedagógicos formadores de calificados maestros y profesores. Hoy solo quedan algunos institutos pedagógicos y las escuelas de Educación de las universidades. Más tarde nos encaminamos   a la universidad, donde cursamos otros estudios.

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