jueves 28 octubre, 2021
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Aguja, hilo y creatividad acompañan a Mariana Serpa

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Norma Pérez


Mariana de los Ángeles Serpa de Hernández atravesaba por circunstancias difíciles cuando su madre se encontró en un transporte público una aguja de tejer con un pequeño tejido. Desde ese momento, hasta hoy, transcurrieron un poco más de diez años y lo que fue una actividad de distracción se convirtió en un emprendimiento familiar.

“Comencé a tejer por necesidad; mi hijo varón nació con pie equino y cuando cumplió siete años fue una etapa muy fuerte, pues fueron seis meses continuos en diferentes consultas y tratamientos con especialistas, hasta que lo operaron, y después vinieron las terapias”.

En esta situación, aprender algo que la mantuviera ocupada durante las largas esperas en las salas de hospital, fue para ella de gran ayuda, ya que le permitió mantener la serenidad.

“Cuando aprendí a tejer vivía en Buenavista, cerca de Las Dantas; allí, mi esposo trabajaba en una parcela. Mi mamá se encontró en una buseta una aguja de tejer y un tejido pequeño de unos cuatro centímetros. Llegué del hospital y ella me dio la aguja y el tejido, Así fue como me animé a empezar. Acudí donde una vecina que sabía tejer y me indicó cómo hacer una cadeneta y un punto bajo, en una lección de quince minutos”.

A partir de ahí practicaba a diario, para que no se le olvidara lo aprendido; y como lo hacía cuando iba hacia su casa en transporte público, algunas pasajeras le daban indicaciones acerca de las puntadas que debía realizar. “Fueron muchas las personas que me ayudaron, algunas desconocidas, y paso a paso he ido mejorando las técnicas”.

Mientras aguardaba para que atendieran a su hijo, comenzó a tejer piezas sencillas, como colitas para el cabello y bolsos pequeños. Era una especie de distracción para hacer más cortos los lapsos de espera en los centros asistenciales, y allí mismo la gente se acercaba y los adquiría.

Aprender y enseñar

Aunque nació en Caracas, Mariana Serpa ya suma más de dos décadas en el estado Táchira. Es madre de tres hijos, y ama de casa. Su esposo es pastor de una iglesia cristiana en Rubio, municipio Junín.

“Hace diez años no pensaba que iba a ser capaz de tejer un peluche, zapatos o ropa. Son difíciles, pero con la ayuda y la bendición de Dios, todo es posible.  Siempre llevo en mi bolso hilo y aguja, aprovecho el tiempo que tengo para adelantar”.

Aunque no recibió clases formales ni hizo cursos, ahora dedica parte de su tiempo a enseñar, y ya son varias las discípulas que aprendieron con ella. “He enseñado a muchas personas, pero recuerdo a las tres primeras jóvenes, muchachas de campo, que a los pocos meses hacían trabajos impecables; porque aquí es muy importante la creatividad. Deseo que la gente aprenda; así como el tejido me ha ayudado tanto, quiero que más personas se den cuenta de que sí se puede aprender”.

Sus hijas, Valentina de 20 años, y Jhudarkys, de 13, siguieron las enseñanzas de su mamá y aprendieron a tejer desde muy corta edad.  Ellas también son parte integral del pequeño negocio familiar.

Valentina recuerda que incursionó en el tejido con apenas diez años de edad, pero en ese momento le aburría tener que concentrarse en esta tarea. Ahora es toda una experta que teje con una y dos agujas igual que su mamá.

Es estudiante de segundo semestre de ingeniería agroindustrial en la Universidad Nacional Experimental del Táchira, y en sus ratos libres atiende el puesto de venta donde los transeúntes pueden observarla haciendo unos escarpines, una bufanda o cintillo.

Para Mariana, es un orgullo que sus hijas la apoyen y decidieran aprender: “me siento muy contenta porque no pensé llegar a dónde estoy, Dios nos enseña que cada día hay algo nuevo por aprender. Mis hijas captan todo con mucha facilidad y tienen mucho ingenio para crear”.

En una oportunidad, un amigo de la familia le prestó por tres meses un pequeño local, ubicado en el mercado Municipal, donde pudieron mostrar sus productos. Ahora lo hacen a un costado del Salón de Lectura de Rubio, en una mesita que colocan al aire libre, aunque dice que esto tiene sus implicaciones, pues están a merced de sol y lluvia y algunas veces no les permiten pararse en el lugar. Aun así, prosigue incansable con su labor.

Trabaja con dos materiales: crochet y guaral. Explica que el primero, por su suavidad se utiliza para ropa de bebé; mientras que el segundo se usa para elaborar muñecos o bolsos. “El guaral ofrece resistencia, se consigue delgado o más grueso, de acuerdo a lo que se requiera”.

“Lo más difícil de tejer es que se maltratan las manos, no es una tarea sencilla, pero es muy grato ver la obra terminada, que puede ser de utilidad para los adultos o de alegría cuando se trata de un niño”.

Actualmente, Mariana domina el amigurumi, técnica japonesa para tejer figuras en crochet o ganchillo. Su colección crece y las posibilidades se multiplican.

“La creatividad nos lleva a imaginar lo que podemos hacer. De ahí salieron bolsos, zapatos y muchas figuras. A veces veo comiquitas, pongo atención a los personajes y los elaboro con todos sus detalles. Es hacer las cosas con cariño, trabajar lo mejor posible y dar a cada objeto su forma especial”.

En momentos complejos surgen alternativas inesperadas. Como le ocurrió a Mariana Serpa; quien supo aprovechar la oportunidad que como dice “Dios y la vida le brindaron”. Ahora, junto a su núcleo familiar, continúa haciendo frente a los retos de cada día con sus inseparables agujas, hilos, y una enorme dedicación.

 

 

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