viernes 21 enero, 2022
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Entre pozos y cisternas se abastecen de agua los habitantes de Ureña

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Rosalinda Hernández C.

Tres kilómetros, desde el centro de Ureña hasta las nacientes de las aguas termales, en la parroquia Nueva Arcadia de Aguas Calientes, camina Juan José, de ida y regreso. Sube arrastrando una carreta con recipientes vacíos, que luego baja cargados de agua.

El viaje se ha hecho rutinario, cada dos o tres veces por semana. No es agradable, pero sí lo ve muy necesario. “No tengo 100 mil pesos o más para pagar el carro-tanque de agua. Tampoco puedo esperar semanas para que Hidrosuroeste llene el tanque de la casa. Si no la busco, pues no tenemos para cocinar, bañarnos, ni para comer”.

Como la mayoría de los habitantes de la zona, Juan José ha tenido que romper la cuarentena y el aislamiento social, porque la necesidad obliga. La escasez de agua en el municipio fronterizo sobrepasa cualquiera de las demás deficiencias de servicios públicos, incluyendo los cortes eléctricos de hasta 24 horas, escasez de gas y gasolina.

La llegada de agua a Ureña a través de las tuberías del Acueducto Regional del Táchira (ART) es casi milagrosa, dijo Jesús Parra, otro miembro de la localidad.

En el sector donde habita han pasado hasta tres meses sin recibir agua por los grifos. Aun así, dice sentirse menos desafortunado, porque existen barriadas en donde transcurren hasta cinco meses sin recibir el líquido por tubería.

El agua como negocio

La compra de cisternas es casi la única solución para que llegue el agua a los hogares, lamentó Jesús Parra. Aunque existen otras alternativas menos costosas, pero resultan complicadas para la salud pública de los habitantes de frontera, sobre todo en tiempos de la Covid-19.

Los precios de las cisternas oscilan entre 120.000 y 150.000 pesos colombianos, dependiendo la capacidad de almacenamiento. Este monto es casi imposible de pagar por quienes no tienen los recursos económicos suficientes. “Ellos son los que más sufren”.

El prefecto del municipio Pedro María Ureña, Urley Moreno, catalogó de inclemente el tratamiento que le está dando la empresa Hidrosuroeste a los habitantes de Ureña.

La autoridad civil denunció que las personas han tenido que pernoctar desde la madrugada en el centro de abastecimiento de agua de la empresa hídrica para acceder al servicio.

Moreno contabilizó entre 300 a 400 personas, vecinos de diversos sectores e integrantes de consejos comunales, que esperan para ingresar a una lista de despacho, que tampoco garantiza que el suministro les llegue a la casa. “Con la lista solo se busca poner un paño de agua tibia al problema, porque 2.000 litros de agua no es mucho para una familia numerosa”.

Otros administran el agua

El prefecto reprochó que la distribución del agua potable no esté en manos de funcionarios adscritos a la empresa hídrica, sino en personas ajenas a la institución del Estado venezolano y desconocidas en la población. “Ellos hacen las listas y disponen a quienes sí y a quienes no se les lleva agua a la casa. Su actuación cuenta con la anuencia de las autoridades locales”.

Otro obstáculo señalado por Moreno es que no se puede acudir con regularidad a solicitar el cupo. Se corre el riesgo, después de hacer horas de cola, que le nieguen el servicio, porque 15 días atrás ya se lo habían otorgado.

Moreno criticó que se repartan los 500 tickets para distribuir agua a 100 familias cada día. “A cambio piden una colaboración de 2.000 pesos”.

La opción más económica, pero que genera desgaste, es caminar hasta las nacientes o pozos, donde la población llena botellones, tobos o pequeños recipientes y los empujan en carretillas o bicicletas hasta los hogares, como lo hace Juan José.

En esos mismos pozos de agua se abastecen los camiones cisternas que luego comercializan el líquido, que no ha recibido ningún tipo de tratamiento para considerarse potable.

Según Jesús Parra, “lo más triste de todo esto es que uno se va acostumbrando y se adapta a vivir de esa manera. Ya no nos afecta tener que buscar agua, sabemos que tenemos que hacerlo. Nos hemos vuelto conformistas”.

Lo que fue…

Ureña fue reconocida en sus mejores tiempos como una de las fronteras más activas de Latinoamérica.

La cifra por intercambio comercial que llegaron a mover Ureña y San Antonio del Táchira, hace poco más de una década, alcanzó los 7 mil millones de dólares anuales. Ahora está en cero, de acuerdo con los registros que guarda la Cámara de Comercio de San Antonio.

El complejo industrial y las calles de una de las poblaciones más productivas de Venezuela se muestran desolados y por ellos deambulan familias completas (inmigrantes) pidiendo algo de alimentos para saciar las necesidades del momento, indicó Jesús Parra, habitante de la zona.

Para este tachirense, la población industrial fronteriza ha pasado a ser historia. Las empresas han cerrado. Es poco el industrial que aún queda, y el habitante de Ureña vive de la economía de Cúcuta, porque de este lado poco se puede hacer, agregó.

El prefecto, Urley Moreno, reconoció que el lamento y la incertidumbre se han convertido en parte del día a día de los ciudadanos. La calidad de vida se ha reducido durante la cuarentena obligatoria, debido a las recurrentes fallas en los servicios públicos.

En Ureña se vive sin gas, cocinando con leña, sin electricidad, incomunicados y sin poder saber qué pasa en Venezuela, porque no se puede ver televisión, ni escuchar radio o al menos compartir un mensaje telefónico porque tampoco hay internet. Para el prefecto Moreno, la habitabilidad en la población es cada día más difícil.

El conformismo parece ganar terreno en la población fronteriza con Colombia, mientras se suman más acompañantes a las filas de Juan José, que por ahora no avizora una solución al carreteo diario de agua del pozo a la casa.

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