Sequía energética agobia a los tachirenses

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Como una reacción bipolar, sin mayor contundencia en la realidad social pero sin con la capacidad de desmoronar la psiquis, los tachirenses viven “distraídos” en la angustia de una sequía energética que no da tregua, por la que a veces se adopta la resignación y otras vez la actuación inmediata.

Quien espera la cola, un pensamiento no se cansa de rondarle  la cabeza: saber si al llegar a casa o al trabajo tienen luz, y no olvidarse de preguntarle al vecino “que han dicho del gas”. Otra aspiración –porque ya las aspiraciones se han convertido en la resolución de lo inmediato- consiste en saber si hay señal en su teléfono, si hay internet, si hay punto de venta; pero ya estas, sin ser preocupantes, han pasado a un segundo plano.

En lo que respecta a las colas de gasolina, mientras oficialmente se dice que se le está dando poder al pueblo para que imponga algo de orden al caos; otros sencillamente interpretan esos anuncios como una manera elegante y olímpica de lavarse las manos.

Pero lo cierto, es que los conductores que por días han estado en las colas esperando por gasolina, se han tomado muy en serio esas atribuciones contraloras, no sin ciertas resistencias alimentadas por la decisión de no permitir un coleado más…

Por otro lado, están los que trancan las calles para reclamar gas, problema que no excluye el anterior sino que lo complementa,  quienes actúan más por su iniciativa, y no esperan que nadie autorice su protesta cuando por el contrario, como han denunciado a los medios de comunicación, se han visto rondados y presionados por factores adversos a la misma.

En ambos casos los episodios de agresividad no han estado ausentes, ante los cuales, se prefiere estar resguardado en casa antes de arriesgarse al peligro, ya no solo proveniente de un antisocial, sino de personas alteradas, fuera del control propio de estar fuera del límite psicológico a causa del stress. Pero aún en su propia zona confort, una intempestiva “ida de luz” desafía el poco de ecuanimidad que alguien pueda conservar, y tal vez se le escape para sí mismo algún insulto que todo el día se abstuvieron de soltar.

Aquí solo entran los que hacen cola

De algo si están seguros, los aguerridos “guardianes de las colas” que solo van a echar los que en ellas y están y han compartido el mismo calvario de una espera indefinida.

De entre tantas cosas que le han robado las colas a los ciudadanos, una ha sido el glamour. La cabellera desordenada, el rostro quemado por el sol, y las ojeras de dormir mal en los automóviles, ya son símbolos físicos de la crisis de gasolina, entre quienes se han apostado en estaciones de servicio, que aunque cerradas, se dice que de un momento a otro arribará la gandola. Símbolos físicos acompañados de signos psicológicos, como la irritabilidad, y la intransigencia frente a los que de una u otra manera se las quieren “tirar de avivatos”, o de quienes con razones válidas para una atención de emergencia deben también esperar así sea un rato.

El control militar prácticamente se ha apartado de las estaciones mismas de servicio; los funcionarios de seguridad han asumido el papel que siempre le ha sido natural, como es el de prevenir alteraciones del orden público. Son los conductores los que han tomado  el poder, y cuando eso sucede otros “poderes” pretenden sobreponérseles, como relatan en su experiencia de los recientes días.

De un lado la resistencia se aplica a aquellos que aludiendo a las prerrogativas de su “rango oficial” vienen en sus vehículos oficiales ha de pasar por encima de la cola. Ningún status ni político ni militar, los amedrenta, teniendo en cuenta que para los funcionarios públicos ya hay asignadas estaciones de servicio, a las cuales igual han dejado de venir las gandolas. Incluso para los vehículos oficiales se ponen condiciones, como ir pasando de a poco, luego de cierto avance de la cola.

Los enfrentamientos también han sido protagonizados por las comunidades que rodean las estaciones de servicio. No faltan los vecinos que han exigido una cuota en la cola; justificando de que ellos además de padecer por la escasez, deben aguantar, incluso frente a sus casas, el desorden público, el desaseo, la inseguridad y el ruido que les ha traído las colas, hasta impidiendo el acceso a su hogar. Ante esto no son pocos los conductores que afirman “la comunidad son los que hacen la cola y más nada”. Se señala que entre los que se dicen vecinos, la viveza está a la orden del día, y algunos intentan echar gasolina varias veces con su propio vehículo o el de otros, o guardarle puesto a otros.

Olvidado el pico y placa, olvidado prácticamente el Tag, lo único que ha quedado es marcar y llevar lista, un método de control que hay que revisar continuamente. Sin embargo, la contraloría social de la gasolina, no ha dejado de sorprenderse de la manera cómo muchos intentan pasar por encima de quien sea, muchas veces sin disimular y “a la brava” si es necesario. Con ese control ha buscado prevenir al avivato que guarda su puesto, echa en otro lado, descarga un poco de combustible en pimpinas, y regresan a la cola.  Eso delata que con dificultades y todo la reventa con garras y dientes lucha por permanecer, y no falta quien reclama que se haga una inspección casa a casa para ver quien anda en esos oscuros negocios. Dicen que en el estado Táchira, el costo de la pimpina llegó al mismo precio que en Cúcuta cuando se ofrece a 40 mil pesos; pero la especulación ha cobrado ribetes peores, pues por ella se ha pedido hasta 80 mil e incluso 100 mil pesos. Esos montos los han debido pagar, choferes que estando en cero, al menos necesitan contar con un poco de combustible para allegarse a la fila.

Dicen los contralores sociales que es injusto que haya personas que en una misma semana puedan llenar su tanque varias veces en una semana; mientras unos lleven una semana para abastecer el suyo, y que hay que hacerle el seguimiento a esos casos. Aseguran que la organización que ellos mantienen impide la formación de “colas paralelas”, entre las que se ha repartido un “boleto VIP”: un conductor, que gustosamente se sumó a la contraloría, relató cómo estando a dos cuadras de una estación de servicio, cercana al centro de San Cristóbal, tuvo que esperar 4 horas para ser atendido por culpa de esas colas agazapadas.

Las mujeres conductoras han llevado los pantalones en el trajín de contrarrestar tanta irregularidad, ya que ellas han podido contener la agresividad de muchos varones; sin embargo, no  por ello el riesgo ha cesado, y sin importarle su condición han sido objeto muchas veces de vejaciones.

Hasta los momentos los que siguen en espera, solo han escuchado que las gandolas no hay llegado por las protestas en las vías que impiden su movilización; pero ellos no se moverán de allí hasta no lograr su objetivo de tener su automóvil bien apertrechado, para el cumplimiento  de las mil tareas diarias que deben cumplir para sus asuntos familiares y laborales.

Freddy Omar Durán