Precisan de medicamentos y pañales, pues son 80 los ancianos de la casa
que el sábado completará seis décadas de historia. Se alimentan, en gran medida,
de la caridad del pueblo y los bienhechores. “Dios multiplica”, aseguran
las religiosas que lo administran, quienes ahora, por la crisis del país,
cuentan con menos personal


POR Daniel Pabón

El Hogar San Pablo entra, como sus habitantes, en la tercera edad. 60 años cumplirá el próximo sábado 29 de junio, día de la solemnidad conjunta de San Pedro y San Pablo. Los medicamentos, la comida, un suministro más continuo de gas para cocinar, los insumos de aseo personal o de limpieza y hasta gasolina para el vehículo de la casa se cuentan entre sus requerimientos. Pero, aún con necesidades, la obra es indetenible.

El stock de medicinas debería ser mayor. (Foto/Gustavo Delgado)

Encargada de la enfermería, sor Marta enseña el inventario de medicinas. Se ve poco; en algunos estantes, vacío. Los fármacos que más hacen falta son para diarrea, vómito, dolores, gripes y antibióticos, así como insumos para hacer curas. Igualmente siempre requieren los tratamientos permanentes de la hipertensión.

Cuando las religiosas que regentan el Hogar podían comprar aquí los medicamentos, lo hacían. Pero ahora muchas veces les toca traerlos de Colombia. En la casa hermana de Cúcuta, donde donan fármacos, cuando pueden les buscan y les asisten.

Es alto el gasto de pañales desechables en el día, pero, en vista de su escasez y altos costos, en la noche ha tocado convertir ropa vieja en pañales de trapo que se lavan al día siguiente. Los productos de aseo personal igualmente representan una necesidad constante.

En la cocina, Dios multiplica. (Foto/Gustavo Delgado)

Encargada de la cocina, sor Mónica sabe que le toca administrar los alimentos en tiempos de crisis e hiperinflación. Lo que hay, tiene que rendir para 100 desayunos, 100 almuerzos y 100 cenas. A diario utilizan más o menos seis kilos de cada producto.

“¿Que cómo hago? Pues la gente trae de a poquito en poquito, y ya luego se va multiplicando”, calcula. “Aquí la mano de Dios es la que multiplica, a veces uno necesita cosas y llegan; no tenemos en montón, pero Dios nos pone lo necesario para el día”, agradece al cielo. Ese poquito a poquito llega de manos de bienhechores anónimos del pueblo.

Con 24 años, sor Mónica es “la más chiquita” de la casa. Ya hizo sus votos temporales, con la certidumbre de que le encanta lo que hace. “De la congregación me gusta que es muy uniforme, me gusta su misión: primero, el seguimiento a Jesús, y luego, el servicio a la gente, uno lo hace feliz”, cuenta la joven de origen colombiano, que lleva ocho meses en el Táchira. “Aquí se ve mucho cómo es la gente de solidaria y acogedora”, le gusta.

Una familia grande

En el Hogar San Pablo viven 80 adultos mayores, más o menos igual repartidos entre hombres y mujeres. De ellos, saben las hermanas, los parientes de unos 20 -apenas- contestarán el teléfono ante alguna necesidad. Son bastantes quienes no tienen ningún familiar conocido.

El papá de Leslie Cacique es uno de los 80. Dos de los hijos están en el Táchira, uno en el exterior y ella vive en Margarita, pero vino a San Cristóbal a visitarlo. “Sí hace falta venir a verlos, ellos cuando lo ven a uno se alegran”, comenta la hija, al calificar de “excelente” el trato hacia ellos en el Hogar.

Las hermanas, siempre pendientes. (Foto/Gustavo Delgado)

Para cuidarlos están seis religiosas de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados. Esta, de la avenida España con principal de Pueblo Nuevo, es la única casa que tiene la congregación en el Táchira.

Son ellas la madre Olivia, superiora de la casa; junto a Sor Cecilia, encargada de la postulación, o pedir la colecta en la calle, además de la parte de los hombres; sor Imelda, que colabora en el baño de abuelitas, en la puerta y la sacristía; sor Marta, encargada del pabellón de los hombres; sor María Aracely, pendiente en la ropería; y sor Mónica, en la cocina.

Les acompañan en la faena diaria cinco empleados fijos; dedicados dos a la cocina, una en el lavadero, uno en la limpieza en la parte de hombres y un conductor.

Antes llegaron a tener 12 en nómina, pero han renunciado debido a la crisis del país. Entre ellos, una chica que vivía en Capacho y que, aunque algunos días pernoctaba en el Hogar, terminó ganando el salario únicamente para pagar los pasajes del transporte público. Ahora hace falta ayuda, por ejemplo, para la parte de las mujeres.

Una historia entrañable

“¡Ay, mamá Inés!, ¡Ay, mamá Inés! / Todos los negros tomamos café”.

Cuántos ancianos han recibido el calor del Hogar San Pablo en más de 21.000 días continuos de servicio y acogida. Algunos entrañables, como Elenita, una mujer muy inteligente que solía entrar a la cocina cantando este coro de la clásica canción caribeña “Ay, mamá Inés”, como una forma de pedir café. “¿Verdad que yo estoy linda?”, decía también al mirarse al espejo. Aunque, a la hora de la santa misa, guardaba respeto y silencio.

Con cuadros de retratos, la sala del Hogar San Pablo rinde tributo a sus primeros bienhechores; los mismos que, hace 60 años, en la San Cristóbal de junio del año 1958, dieron el primer impulso para extender en el Táchira la obra de la congregación de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, que a finales del siglo XIX fundaron en España el sacerdote Saturnino López Novoa junto a Santa Teresa de Jesús Jornet e Ibars.

Bienhechores como Pedro César Omaña, quien colaboraba con reses de su hacienda y levantó uno de los pabellones de la sede. O como Belarmino Santos Salas (a quien Elenita llamaba “mi papá”, porque así lo sentía) y Pedro María Aguilar, igualmente dispuestos en la construcción.

Sor María Aracely en la entrada de la institución. (Foto/Gustavo Delgado)

Evoca estas anécdotas sor María Aracely, la religiosa con más tiempo en el Hogar. Aunque muchas cosas han cambiado, el trabajo siempre ha sido el mismo, firme: servir al desamparado. En su caso, durante 40 años salió a postular, o la acción de recorrer las calles y recoger colectas y donaciones para el sostenimiento de la casa: “La mayor parte de la gente decía que sí; poco o mucho, pero daban”, recuerda.

Sor María Aracely, la mayor de las hermanitas en el Hogar San Pablo, aplaude que “siempre el tachirense ha sido colaborador”. Y sor Mónica, la menor, está segura de que es Dios quien maneja la obra, “y eso le aumenta a uno la fe”. El próximo viernes 29, sábado 30 y domingo 1º celebrarán 60 años de una historia que no envejece.


¿Cómo colaborar con la obra? | LEA TAMBIÉN: Este 29 de junio el Hogar San Pablo arribará a sus 60 años de fundación


“Se vive tranquilo aquí y las hermanas son de oro”

La sede con su capilla, en la España con principal de Pueblo Nuevo. (Foto/Gustavo Delgado)

En un día en el Hogar San Pablo es tradición el café al despertar, la santa misa de la mañana en su hermosa capilla y, claro, las tres comidas. “Se vive tranquilo aquí y las hermanas son de oro”, coinciden Dalia, Rosa y María, internas las tres. Leen, se recrean, pasean por las áreas verdes o ven televisión (ahora los varones más futboleros no se pierden los juegos del Mundial de Rusia).

Los fanáticos del fútbol no se pierden el Mundial. (Foto/Gustavo Delgado)

Estudiantes de bachillerato suelen hacer su labor social en el recinto. Haría falta un médico que asista con regularidad a pasar consulta; el que va lo hace de forma voluntaria.

José Ángel es el más longevo de los habitantes del Hogar San Pablo. Tiene 106 años de edad, según su ficha de ingreso. Añora trabajar, como en sus tiempos de cría de ganado y siembra de la tierra. “Lo único que no aprendí en la vida fue a robar. El trabajo para uno es lo más favorable ante Dios y la Virgen, porque trabajando uno no se desespera”, dice fuerte y claro.

Nativa de Rubio, Adela cumplirá 100 años en diciembre próximo. Es la segunda más longeva de la casa y, entre las mujeres, la de más edad. Desde su habitación, cuenta que le gustaría que su familia la visitara más. Su vecina de cuarto, María Josefina, tiene una fuerza de voluntad admirable para ordenar y tender la cama a diario, aunque ya le cueste caminar sola.

Siendo los dos mayores, cuando hace un par de años hicieron un concurso de baile en el contexto de las actividades recreativas que se desarrollan, los ganadores en los renglones masculino y femenino fueron precisamente José Ángel y Adela. “Son muy buenos bailarines”, comentan las monjas.