miércoles 5 agosto, 2020
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“El primer fallecido nos agarró por sorpresa”

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“Habilitamos un espacio para los muertos por covid-19. Ahí se coloca el nombre del fallecido, para que sus familiares puedan visitarlo y traerle flores”


Miriam Bustos

Son múltiples los cambios que la humanidad ha experimentado a nivel mundial con la presencia devastadora de la covid-19: Aislamiento social, miedo al ver la muerte a los ojos, o la temida e inesperada pérdida de un ser querido.

Como si fuera poco, cuando esta última ocurre, el consuelo de darle a tiempo el último adiós a un pariente a punto de fallecer por el virus y  acompañarlo hasta la que será su morada final, ya no es posible. Esa despedida, en la que en el velorio, cultural y religiosamente, se ruega por la vida eterna del que se fue y con el que la familia empieza el proceso de duelo, en época de pandemia, no es opción.

Eso es lo que estamos viviendo, el ritual invaluable de despedirnos se está haciendo en vida, ya no hay otra manera de decirles adiós. Ni siquiera una misa, la bendición de un sacerdote  o una oración de cuerpo presente, es posible, para evitar riesgos de contagio.  De la cama del hospital a la morgue, y de allí al crematorio o al cementerio. Definitivamente, el coronavirus no solo cambió la forma de vivir, también la de morir.

Precisamente en los cementerios, último eslabón de esta corta y tortuosa cadena del condenado por el covid-19, es importante saber de qué manera la pandemia les ha obligado a alterar su operatividad y cómo manejan estos cambios.

René Pérez, por dos años y medio administrador del cementerio Municipal de San Cristóbal, a cargo de la alcaldía de la capital tachirense, explicó algunos de estos cambios. Para su fortuna, vive muy cerca del camposanto, en el sector La Ermita, por lo que la escasez de gasolina no le afecta.

Llega poco antes de la hora de abrir el cementerio, que actualmente funciona desde las 7:00 de la mañana, hasta la 1:45 de la tarde. Junto con él, en el área administrativa, trabajan tres personas más, además de tres sepultureros, dos obreros de mantenimiento y tres vigilantes privados.

Su trabajo como administrador consiste en verificar, en todos los sentidos, el buen funcionamiento del camposanto: que los arrendatarios paguen a tiempo los cánones de arrendamiento; que se cumpla con toda la documentación para las inhumaciones y exhumaciones de cuerpos, y además, ahora con la pandemia, velar por el protocolo de bioseguridad, establecido en un decreto emanado del ayuntamiento capitalino, para evitar riesgos de contagio.

Adaptaron horarios

Cuando empezó la cuarentena, en marzo, el cementerio duró dos meses cerrado. Se reabrió parcialmente en mayo, un día antes del Día de la Madre.

Durante esos dos primeros meses de cuarentena solo se permitía que ingresaran los cuerpos, la familia, la carroza fúnebre, y directamente a la inhumación (entierro); estamos hablando de personas fallecidas por causas distintas al covid-19. Prácticamente a puerta cerrada, solamente con presencia del personal que trabaja allí, se abría para que ingresara el entierro.

—Con el primer fallecido por esa enfermedad, se cerraron todas las puertas del cementerio, como a mediados de junio. No hubo muchos cambios, porque los muertos por covid-19 se sepultan a las 4:00 de la tarde, cuando ya las puertas del cementerio están cerradas. Se activa el protocolo de seguridad en funcionamiento, ingresa solo la carroza fúnebre con el ataúd. Están los sepultureros y personal de Protección Civil. En estos casos no pueden entrar los familiares. Prácticamente, ellos despiden a su ser querido desde que lo ingresan a aislamiento— explicó con detalles.

René Pérez, por dos años y medio ha sido el administrador del cementerio Municipal de San Cristóbal.

El cementerio Municipal de San Cristóbal, fundado el 1 de mayo de 1857, consta de cuatro hectáreas de terreno. La cifra de muertos allí enterrados se perdió hace mucho tiempo. Está muy cerca de colapsar, en cuanto a espacio se refiere. En la zona denominada Tierras del Municipio o Reservas Municipales, propiedad de la alcaldía, donde precisamente hoy, ante la pandemia, también están sepultando a las víctimas del coronavirus.

“Allí se sepulta a personas que no tienen propiedad o que no tienen dónde sepultar a sus seres queridos. Habilitamos un espacio para los muertos por covid-19. Ahí se coloca el nombre del fallecido, para que sus familiares puedan visitarlo y traerle flores. Si la fosa para un fallecido por causa diferente al covid-19 es de aproximadamente un metro de profundidad, las sepulturas para los que sí mueren por el virus se profundiza unos 50 centímetros más, aun a sabiendas de que el virus no se esparce por el aire”, explicó.

Hasta este miércoles, y hasta donde se conoce, cinco personas, cuatro masculinos y una femenina, entre los 59 y 84 años de edad, han muerto por covid-19, en distintos municipios del Táchira, y han sido enterradas en el cementerio Municipal. Una dama de 85 años de edad, fallecida a comienzos de semana, cuya última morada sería esa misma, presuntamente fue cremada por disposición de la familia.

Bien equipados, no hay temor

Con el equipo adecuado, los sepultureros del camposanto capitalino son quienes han enterrado a los fallecidos por el covid-19.

“Cuando llegó el primer fallecido por covid-19 nos agarró por sorpresa. Era algo que no estaba previsto. Nos llamaron y nos avisaron, pero no hubo miedo, porque aquí estaba Protección Civil. Vinieron los doctores de Senamecf, que son los forenses, y pues ellos ya tienen el conocimiento de cómo se debía proceder”, narró.

“Yo imagino que al principio los muchachos, los sepultureros, estaban nerviosos, pero todo transcurrió normal porque había un equipo capacitado. Los funcionarios de Protección Civil fueron los que les dieron las instrucciones, incluso los vistieron, les proporcionaron sus tapabocas, sus guantes y les dijeron que no se preocuparan, que apenas terminara la inhumación, iban a ser desinfectados”, precisó.

Todo el personal del cementerio sancristobalense cuenta con trajes de bioseguridad, los de color blanco. Tienen un costo de unos 20 dólares americanos. Además, están dotados de máscaras con doble filtro, y debajo de ella deben colocarse dos tapabocas, al momento de esos procedimientos relacionados con el covid-19.

“Esos trajes, luego de usarlos, son desinfectados con hipoclorito, lavados con agua y expuestos al sol; pueden ser utilizados varias veces”, aseguró. 

Precisó que a la entrada del cementerio se encuentra un vigilante, atento a cualquier persona que vaya a ingresar, de que lleve el tapaboca y se lave las manos con el alcohol con cloro que suministran.

La misma medida cumplen los 42 comerciantes instalados en el estacionamiento del camposanto, que se dedican a la venta de flores, velas y artículos religiosos. Solo puede ingresar quien tenga un objetivo concreto, como visitar o llevar flores a una tumba.

Pese a estas medidas, confesó que adicionalmente, a diario, hace gárgaras de agua con sal y bebedizos de limonaria.  Es católico, pero no tiene ritual alguno que realice para lidiar todos los días con su trabajo: los muertos.

Agradece la preocupación del alcalde capitalino y apoyo prestado al personal del cementerio. Como reflexión, exhortó a la familia venezolana, no solo a cuidarse de la enfermedad, sino a unirse, respetarse, expresar el amor que se siente por cada miembro, porque no sabemos cuándo podría ser la última vez que podamos hacerlo.

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